En ese motel ínfimo –Low rates day wk mo XXX movies– como en todas partes aparecían las cucarachas para recordarle que él era una víctima de lo más bajo entre lo bajo: wetbacks, beaners, boat people se llevaban todo lo que por derecho de nacimiento era suyo. Ahora iba a ser diferente: aparecería como noticia principal en el noticiero nocturno, el mundo entero conocería su nombre y su cara.
Duane Boggs, en uniforme de combate, esperó a que llegara el autobús escolar con la profesora y los niños, vietnamitas, camboyanos y laosianos, salvados de los kilings fields asiáticos y al parecer seguros en California, la tierra prometida. Subió al vehículo, disparó contra cada una y cada uno de ellos. Mató a dieciséis e hirió a cuatro y a su maestra. Lanzó un grito de victoria y se quitó la vida.
Una vez escritas, las palabras adquieren vida propia. Nadie sabe en cuál contexto impredecible serán leídas. Al hacer Equation for Evil (Harper Collins, 488 páginas) cómo iba a imaginarse Philip Caputo que su novela aparecería en la misma semana en que Thomas Hamilton entró en un kinder de Dunblane, Escocia, y asesinó sin causa ni motivo a dieciséis niños y a su profesora. La sombría buena suerte del autor de A Rumor of War, un recuento célebre de su experiencia en Vietnam, fue la desgracia de las conmemoraciones en torno a André Breton. A la hora de Dunblane se vuelve escalofriante repetir como hace setenta años: El acto surrealista por excelencia sería salir a la calle y disparar contra quienes pasen.
Violencia y racismo
Equation for Evil es un intento de explorar por qué nuestro mundo, no sólo Estados Unidos, se ha vuelto loco y por qué la última década del siglo y el último siglo del milenio terminan en una pesadilla de violencia y racismo. Un investigador de origen chino, Gabriel Chin, y un psiquiatra forense, Leander Heartwood, emprenden la búsqueda de las causas que condujeron a ese acto supremo de terrorismo.
Encuentran que, a pesar de todas las técnicas y tecnologías de que se dispone para controlar la criminalidad, los delitos cada día son peores. Ha surgido una nueva especie de asesinos inmunes al temor del castigo, incluso la ejecución, y sobre todo a prueba de cualquier sentimiento humano. Auténticos mutantes, hablan, caminan, se ven como personas. Sin embargo sus actos dan testimonio de que por dentro tienen algo muy diferente. La realidad que parecía tan sólida es tan insustancial como el humo y puede evaporarse en un segundo, en el tiempo que toma jalar el gatillo. Lo inimaginable se ha vuelto posible. Cada instante de nuestra vida es precario y por tanto más valioso que nunca.
Los prisioneros del siglo
La tierra entera se ha transformado en un campo de concentración donde vivimos presos bajo una red de cerrojos, cadenas, reflectores, alarmas. Los medios instantáneos, que por vez primera en la historia parecieron asegurar la siempre esperada fraternidad universal, más bien se diría que fomentan el odio y la rabia. El mismo que noche a noche conversa por internet con amigos lejanos en Pakistán y Bolivia puede levantarse de su computadora para asistir a una reunión de supremacistas blancos. El fanático de la música y la comida de un grupo étnico desea al mismo tiempo el exterminio de sus representantes concretos.
Ninguna explicación ya es suficiente. Hasta ayer se pensó que el asesino en serie era producto del desamor. Se odiaba a sí mismo y odiaba a los padres que lo golpearon y violaron. El en retribución ansiaba derramar la sangre de los extraños. Hoy ya no es necesario ser psicópata para cometer actos psicopáticos. Lo anormal se ha convertido en lo normal. Un aids, un ébola espiritual recorren la tierra y devastan todo a su paso. De algún modo la pesadilla, según Caputo, empezó en Vietnam. El absurdo, al que antes lograron mantener a raya la fe y la comunión de luchas y sufrimientos compartidos, ha penetrado en todas partes. De la frustración nace la amargura, la amargura engendra rabia y la rabia produce la brutalidad sin sentido.
El centro del vacío
Por medio de Heartwood, Caputo describe la capital del tercer mundo, Los Angeles. Ciudad artificial a la que sacaron de la nada estafadores y especuladores. Revoltijo de aire ponzoñoso, enferma por las placas de tránsito que obstruyen sus arterias de concreto. En ella hay cosas que no se pueden ver pero se sienten. Por ejemplo, la fraudulencia de sus promesas. Fue el Vaticano de las ilusiones, prometió la satisfacción de todas las necesidades y deseos, el cumplimiento –en el último extremo del nuevo mundo– de todas las esperanzas. Fue el lugar ideal con el clima perfecto. Los peregrinos llegaron a la celestial ciudad de Los Angeles en busca del sol y el aroma de los naranjos, el papel estelar en el cine, el gran negocio, el contrato con la fábrica que produce para la Defensa (¿en dónde hay más dinero: en el tráfico de drogas o en el tráfico de armas?), el condominio en la playa, la mansión en Beverly Hills, la casa con alberca en el valle. Y en qué depresiones se hundieron, cuáles resentimientos abrigaron cuando no hallaron lo que iban a buscar. O bien si lo obtuvieron, no fue lo que esperaban, no resultó bastante. Y ya no hay a dónde ir porque más adelante sólo está el gran océano gris y vacío.
En la tierra más fecunda y más hermosa del mundo aparece una nueva fealdad infinitamente más terrible que la de las “fábricas satánicas” contra las que escribió William Blake en el siglo XVIII, al comienzo de la revolución industrial. Son las inmensas construcciones abandonadas, las enormes plantas que hicieron la grandeza y el poderío de los Estados Unidos. Desiertas, llenas de grafitti y basura, constituyen, antes de que termine el último siglo del milenio, las ruinas de la modernidad, los despojos abandonados por el holocausto del progreso. Caputo no ve este paisaje como un panorama de marchito glamour sino como una implosión: “La tierra vacante de los sueños se está desplomando en el vacío que estuvo siempre en su centro”.
No hay refugio. La seguridad es imposible. No puede haber escape contra el sufrimiento. Caputo describe muy bien la nueva tierra baldía que ha sido el escenario lo mismo de la tragedia de Nicole y O. J. Simpson que de la agresión sin sentido contra los indocumentados de Riverside. Para colmo el verdadero villano del libro, Mace Weathers, es un joven universitario tan inteligente como el Unabomber Thedodore Kaczynski, también en buena parte producto de una California a que debemos las computadoras y los supermercados, la contracultura y Richard Nixon y Ronald Reagan.
La “celebridad” desechable
Hay una forma de llenar el vacío: el culto instantáneo y desechable de la “celebridad”. Esta sí se ha democratizado y ya no es privilegio de los ricos y famosos. Aunque sea por un instante, aunque sean lamentables, “celebridades” son Kato Kaelin: un don nadie, una nonada que tuvo la suerte de gorrearle alojamiento a Simpson la noche del crimen; o John Wayne Bobbit que vive de exhibir su pene restaurado; o la flor y nata del patetismo bicultural y binacional: Yolanda Saldívar, asesina de Selena. Desde luego, el camino más efectivo es el de Tim McVeigh o el de Kaczynski; pero también hay oportunidades de conquistar la “celebridad” enviando a la muerte a la hijita de seis años en una avioneta provista de videocámara que despega y se estrella bajo una tempestad porque tiene que llegar a la hora en que alcance a salir en las noticias.
Los nietos de los blancos pobres cuyo éxodo hacia California narró John Steinbeck son muchas veces los ángeles de la muerte y los supremacistas blancos que anhelan la limpieza étnica de California. La historia, aún la más inmediata, se borró como un texto en la pantalla cuando el disco duro se niega a seguir caminando. En la tira cómica en serio de Gary Trudeau el hijo de Doonesbury, un niño tan genial como todos los de ahora cuando se sienta al teclado y prende la pantalla, pregunta si Vietnam es un pueblo de Minessotta. Nadie quiere averiguar por qué están allí los vietnamitas, los camboyanos, los centroamericanos y, en primer término, nosotros: Wetbacks, beaners.
México fue deshecho y rehecho para complacer a los Estados Unidos. Las consecuencias, más caras para nosotros que las de una guerra con armas modernas, son el odio y la persecución de quienes van a hacer los trabajos que nadie quiere y las diarias protestas de agricultores y otros productores contra las mínimas importaciones mexicanas. Los indocumentados ¿serán más culpables del caos presente que Robert E. Allen, el chief executive officer de la AT&T que despidió a cuarenta mil trabajadores y se llevó a casa su propio pago de dieciséis millones de dólares?
La omnipresencia del prejuicio
Equation for Evil es, no sobra insistir, una respuesta valerosa a la violencia y una tentativa de llegar gracias a la novela a quienes no leen ensayos ni estudios académicos. Pero Caputo se manifiesta políticamente correcto con todos excepto con los mexicanos. Que esto ocurra en una novela con las intenciones de Equation for Evil muestra hasta qué punto está internalizado y se ha vuelto indesarraigable el prejuicio.
Debe de haber un libro en inglés en que las palabras españolas aparezcan bien deletreadas. Hasta el momento nadie ha podido hallarlo. Las empresas pagan a un copi editor para revisar todas estas materias. Lo grave no es que no sepa sino que no se preocupe por enterarse. (También se le fue el nombre de Cesare Lombroso, el criminólogo italiano, descendiente de Luis de Carvajal, que una y otra vez aparece escrito “Lambroso”.) “Poquito” se vuelve “pocito”; “inglés”, “ingles”; “esposa”, “espousa”; “no sé”, “no say”; “fuerte”, “forte”; “Yolanda”, “Ylonda”. La señora Alvarez, que lleva años en el país y alquila cuartos de su casa a norteamericanos, habla en el dialecto de la comicidad y el desprecio: “So whacha need?” “He doan leave no address”. “Oh chur”. “No espousa, no mama, papa, no kids”. Y así a continuación a lo largo de cuatro páginas. Por si fuera poco, la señora Alvarez fuma y come alimentos grasosos.
Caputo desde luego no está solo. En una biografía bien intencionada de Pancho Villa se puede leer este trozo de delicado lirismo acerca de los restos de la División del Norte a punto de ser rematada por Plutarco Elías Calles en Agua Prieta:
“Una multitud de mil quinientas almas, mujeres y niñas desarrolladas y niños, peones, indios y Dorados… Las mujeres amamantaban a sus chillantes bebés y cocinaban frijoles, las muchachas de senos como lunas hacían el promiscuo amor; los peones se atragantaban con sotol y por la inactividad llenaban sus cuerpos de manteca. La chusma de Villa incluía indios de largos cabellos, algunos de los cuales fumaban mariguana de noche o tenían ataques de cólera o danzaban salvajemente en derredor de las hogueras. Los acampados hedían a mugre y, lo que es peor, a glotonería y a pereza.”
Textos de esta índole, que año tras año aparecen por millares, son el equivalente de las balas disparadas por Duane Boggs en Equation for Evil.








