Carnaval electorero

Se repite, se repite la canción cada seis años. Se repite, se repite, como se repite el sol, decía el estribillo de una canción de protesta juvenil allá por los años sesenta del siglo pasado. El panorama no ha variado gran cosa. Todo mundo buscaba acomodo para salir en la foto; se atenía a rituales no escritos para merecer ser incluido en el reparto de los puestos de la administración pública. Se alineaban los voraces, los convenencieros, los equilibristas, los parleros, los vividores, las sanguijuelas de la época. La gente útil, productiva; los paisanos que, con su fuerza de trabajo, sostienen las columnas del edificio, no entraban al denigrante espectáculo del viejo carnaval electorero. La danza de nuestros días tampoco los incluye. O sea que casi todo permanece igual.

En las grotescas escenas de hace cinco décadas su parafernalia se de-sataba al interior de un solo partido: el invicto, el invulnerable PRI. El gobierno y su partido comían en el mismo plato o eran lo mismo. Éste se encargaba cada sexenio de batir la sopa del dominó para repartir los puestos del gobierno. Era grande la tómbola, porque se enjuagaba toda la cobertura nacional. El modelito se repetía en los estados y en los municipios. Las loterías locales podían cambiar de temporada, por afectar circuitos parciales de la geografía. Pero jabonaban la tela con idéntica espuma. Lo que importaba era que todo el circo pasara por las instancias del partidazo.

Como se maquinan hoy estas cosas, los jóvenes no tienen muchas pistas para ajustar nuestro pasado. Hubo, por décadas, aparte del PRI, tres partidos: el PAN, el PARM y el PPS; los dos últimos desaparecieron, desgastaron su emblema. Pero el sistema tuvo cuidado de mantener vivo al PAN. Lo cuidó de la ignominia, pues todo el tiempo le sirvió de comparsa para lograr que, en los tablados del mundo, no apareciera el rostro cruel de la dictadura perfecta, como la calificó Vargas Llosa. Por los noventa el PAN y el PRI establecieron la alternancia. Se llamó concertacesión a su pacto de sangre. El nocivo efecto dura hasta nuestros días. Es lo que estamos viviendo.

Los chicos de hoy, que se interesan por participar en juegos electorales, ven tumultos de arrebatos y empujones por ingresar al reparto de la tómbola. Se inscriben ahora en el PRI, en el PAN, en el PRD y hasta con los enanitos toreros. Con la variedad, resulta más sencillo engatusarlos. Se tragan sin hacer gestos la rueda de molino de que hay auténtica disputa por puestos de elección. La mascarada de echar a andar partidos por nuestro mundo electorero funcionó bajo el principio del gatopardismo: aunque se diga que están devaluados, que han perdido prestigio, por ejes partidistas transitan todos los que han de ser relevistas en las instancias del gobierno.

La historia del PRD contiene un azaroso devenir que no es tan desconocido a la generación presente, pues es de origen reciente. Fundado apenas hace dos décadas, es producto del esfuerzo para evitar fraudes a la voluntad popular. El fraude de 1988, cuando fue impuesto Carlos Salinas de Gortari, resultó traumático. Al PRD lo conformaron grandes desprendimientos del PRI. Es historia conocida. También es conocido que, a pesar de sufrir toda suerte de calumnias y campañas sucias, se consolidó y logró convertirse en la tercera fuerza política nacional. Mas no pudo impedir que nos repitieran la dosis del fraude en 2006. AMLO reclamó su triunfo en las urnas. La oligarquía se empecinó en sentar en la silla a Felipe Calderón y ahí lo tenemos.

Movió a las huestes originarias del PRD no sólo el interés por impedir fraudes, que no ha podido conjurar, sino también la ilusión de construir un sistema de partidos en el que se desarrollara la esgrima electoral. Inscribir a los contendientes en listados claros y distintos para que los ciudadanos, recorriendo la pasarela, eligieran a sus predilectos. De conseguir implantar estas prácticas, se derivarían a futuro dinámicas democráticas que sepultarían no sólo los vicios de un partido de Estado, sino todas las simulaciones e imposturas colaterales que crecen como malsana vegetación alrededor de estas marañas. El quebranto social que no termina tendría un punto de apoyo para ser borneado. Y tal vez apareciera por fin la aurora de la democracia en el país, para las nuevas generaciones desde luego, ya que las viejas fuimos engañadas por tanto tiempo y de tantos modos.

Pero nuestro perverso carnaval electorero sobrevivió a tan bellas ilusiones. De la vieja farsa sólo cambió que el repartidor único fue suplido por tres reyes magos. Los partidos de los enanitos toreros no le sirven para nada a los ciudadanos, pero sí a sus franquiciados. Por eso siguen ahí vivitos y coleando. Quienes suspiran por puestos andan divididos en grumos. Al ser tres las instancias vendedoras de esperanzas de nómina, vemos tres cuencas de peregrinaciones de danzantes. El PRI, remozado y bullente, trae sonajas y chirimías como el más pintado. El PAN, antes desdeñoso de estas prácticas, ya colecciona también turbas de pedigüeños. Sus seguidores andan emplumados, con penachos en la cabeza y cascabeles en los pies, como priistas. A la gente de la izquierda se le vapulea de desordenada y de hosca. Se le incrimina de incivilizada, de violenta y mal portada. Pero también se le reservan espacios en la danza, los de los viejitos, los de los enmascarados, los de la ficción demoniaca. ¿Será por aquello de que no hay danza sin viejitos?

¿Qué ha cambiado pues, salvo la ficción de la alternancia, en estos juegos electoreros que tenemos que padecer con paciencia de santo todos los ciudadanos que no entramos al baile? ¿Sólo nos queda el aturdimiento de la legitimación con nuestro sufragio en las urnas el día de las votaciones? Si nos ponemos depresivos, diremos que hace 50 años era igual que hoy. Y que la dolencia de hace medio siglo repetía las mismas mentiras de su pasado. El poeta potosino Manuel José Othón (1858-1906) pintaba así la danza electorera de los grillos del tiempo de don Porfirio: idólatras del dinero / que, de la mentira en pos, / quieren su cinismo atroz / revestir con falso brillo / ¡porque es su patria el bolsillo / y el estómago su dios! ¿No les queda ajustado a nuestros grillos presentes este mismo traje porfirista a la mera medida? ¿No provienen entonces nuestras dolencias de males tan viejos, que no hemos sabido curar?