WASHINGTON, DC.- Le dicen simplemente La Racha.
La cadena de 56 juegos consecutivos pegando de hit –conseguida por Joe DiMaggio, en 1941– se ha convertido en el paradigma del récord deportivo. En las más de 50 temporadas de beisbol de Grandes Ligas que han transcurrido desde que el jardinero central de los Yanquis de Nueva York impuso esa marca, ningún pelotero ha amenazado con romperla.
La Racha, dicen, es imbatible.
Lo cierto es que vivirá más tiempo que su dueño, cosa que no ocurre con muchos récords deportivos, en esta época en que la ingeniería genética y los grandes incentivos comerciales impulsan a los atletas a cumplir cada vez más con la consigna citius, altius, fortius.
La época en que DiMaggio bateó de hit en 56 partidos consecutivos era sin duda distinta: Un pelotero no podía comprar en cualquier farmacia el suplemento nutricional androstenedione –prohibido en otros deportes, pero usado por el toletero Mark McGwire, quien batió el récord de jonrones el año pasado–; y si demandaba un aumento de sueldo, era común que el público lo castigara con una ducha fría de abucheos.
Con la muerte de DiMaggio, el lunes 8, La Racha se quedó congelada en el tiempo, como un elevado que nunca cae.
La única vez que la marca de DiMaggio se vio levemente asediada fue hace dos décadas, cuando Pete Rose eslabonó una cadena de 44 partidos consecutivos bateando al menos un hit. Aun así, a Rose le faltó completar casi una cuarta parte del camino que recorrió DiMaggio 37 años antes.
Desde 1978, solamente siete jugadores han conseguido llegar a 30 juegos consecutivos conectando al menos un imparable: Quien ha llegado más lejos es Paul Molitor, de los Cerveceros de Milwaukee, con 39 juegos, en 1987. En las dos últimas temporadas, tres jugadores más –Santos Alomar Jr., de los Indios de Cleveland; Eric Davis, de los Orioles de Baltimore, y Nomar Garciaparra, de los Medias Rojas de Boston– han hilado 30 juegos.
Aunque DiMaggio pasará a la historia por mucho más que una racha de bateo –su transfiguración de beisbolista en icono cultural fue plasmada por Ernest Hemingway en El viejo y el mar–, el récord siempre será un recordatorio de su destreza en el diamante y una vara para medir a los peloteros de todas las épocas.
A diferencia de dos marcas importantes que fueron rotas en temporadas recientes, la de partidos jugados de manera consecutiva, que detentaba el legendario Lou Gehrig, y la de más jonrones en una temporada, que hasta 1998 fue de Roger Maris, el récord logrado por DiMaggio exige una sincronización de constancia para jugar y eficacia para batear. Incluso el tiempo es un factor, pues la lluvia puede acotar un juego y romper la racha.
El llamado Yankee Clipper impuso su marca entre el 15 de mayo y el 16 de julio de 1941, en una temporada que aquí aún se considera de fábula y que terminó con el triunfo de los Yanquis en la Serie Mundial.
Las cosas que ocurrieron a DiMaggio durante La Racha han sido materia de varios libros.
El bat que venía usando DiMaggio, fue robado. Un grupo de aficionados recuperó el tolete y lo devolvió a su dueño, quien había usado un bat prestado para romper el récord de Willie Keeler, impuesto el siglo pasado, de 44 partidos seguidos pegando de hit.
En otro momento, el pitcher Johnny Babich, de los Atléticos de Filadelfia, trató de parar a DiMaggio haciéndole lanzamientos fuera de la zona de strike. En su último turno al bat del partido, con cuenta de tres bolas y cero strikes, DiMaggio recibió una señal de bateo libre de su manager, Joe McCarthy, y conectó de hit, entre las piernas de Babich.
El final de La Racha llegó el 17 de julio, en el estadio Municipal de Cleveland. DiMaggio por fin sucumbió ante el pitcheo de Jim Bagby y Al Smith y el fildeo del tercera base Ken Keltner, quien le robó dos hits. El juego terminó cuando DiMaggio roleteó para doble play. Al día siguiente comenzó una nueva racha, pero sólo de 16 juegos.








