Evodio Escalante: Un mosquetero en Ixtapalapa

Evodio Escalante: La espuma del cazador. UNAM. México, 1998 (Coord. Humanidades, Diversa).
Desde hace 20 años existe el crítico de la doble E entre nosotros: Evodio Escalante, quien publicó en 1979 su José Revueltas; una literatura de lado moridor. De entonces para acá cuenta con una serie de libros misceláneos que reúnen ensayos de crítica literaria con enfoques, digamos, ideológicos, semiológicos, epistemológicos. Su otro trabajo crítico unitario es la muy decorosa edición de Los días terrenales para la tan irregular serie de Archivos de la UNESCO.
El año pasado Escalante vio publicados dos volúmenes compilatorios: Las metáforas de la crítica (Joaquín Mortiz) y esta La espuma del cazador (UNAM). Felicito a la universidad pues, con mucho, recibió en sus prensas el mejor volumen. Aquel de Las metáforas…, en mi opinión, está aquejado desde el texto inicial de peticiones de principio, falsas disyunciones y esquematizaciones sospechosas; amén de trastabilleos nada dignos de su nivel académico, como establecerse una noción, para hablar de Revueltas, con el Diccionario de Autoridades (E.E. no argumenta ni explica razones específicas para entroncar al duranguense del siglo XX con esa especie de Tesoro de principios del siglo XVIII) o buscar una etimología en el diccionario abreviado y no en el completo de don Joan Corominas…
En 20 años E.E. tiene identidad y perfil dentro del debate literario. Es un meta y un trans: metacrítico y metafísico del arte; tansideológo, trans-lector, y también un transgresor. Su asunto es leer con fruición la obra literaria y llevarla a terrenos conceptuales que la abarcan; es un apasionado perseguidor de proyecciones. Proyecta la pieza literaria en otros lenguajes de mayor abstracción. Concibe la obra como trama de signos; ahí busca –necesita saber– el sentido de los signos. Más que el entramado técnico y artístico, es sensible al fenómeno de que se trama. Aquí radica, creo yo, su identidad de estudioso: Se abstrae en el hecho en sí de que el texto que lo llama sea una correlación simbólica, un fenómeno de signos. No busquemos en E.E. el estudio del comportamiento estilístico de las palabras sino una energía nunca titubeante que descodifica y recodifica el texto.
Trama es intención: En consecuencia E.E. es un inquisidor de la obra. La arrincona y la obliga a que revele sus intenciones. Por esto, creo, E.E. tienen identidad de semiólogo, metafísico del arte, sociólogo, crítico ideológico. No hay obra inocente. No importa la voluntad explícita del artista; críticos como E.E. leen desde el eco y la reverberación los para qués y las consecuencias de las obras como trama deliberada de signos. Es aquí que el texto se revela en tanto fenómeno semiológico incrustado en el debate histórico-político de su momento y con postura ideológica.
Son debates, pues, y discusiones lo que él produce. Busca y merece sus interlocutores. Gente de amplias e “interdisciplinarias” lecturas para argüir en un mismo razonamiento en términos de filosofía alemana, de psicocrítica, de lucha de clases, ideología y ética. E.E. exige (a veces para su propia desgracia y a veces para congratular sus aseveraciones inusitadas) un lector que se vuelva su crítico y su adversario intelectual. Nadie que piense está exento de error. Y quien piensa con fogosidad puede caer en excesos merced a sus propias convicciones. Así, me inconformo con el texto que da nombre a Las metáforas de la crítica. Y en La espuma me pregunto hasta dónde su disgusto por Lukács no lo lleva a maniqueísmos abusivos para que “gane” su planteamiento. Es peculiar en E.E. la toma de partido. Felicitémonos de que son partidos y partidarismos intelectuales (se pelea contra y a favor de alemanes muertos la mayor parte de las veces): Esto explica y se combina con una modalidad periodística suya que es harto llamativa: el polemista de suplemento dominical. No creo que hay dolo: hay pasión en defender sus convicciones. El se ha propuesto, desde hace veinte años, ser un estudioso de la literatura; lo hace con ímpetu, con partidos y rivalidades intelectuales. Es un mosquetero en Ixtapalapa (su universidad y casa matriz).
La espuma del cazador se organiza en dos secciones. En la primera, ensayos de mediana extensión dedicados a varios de sus favoritos como Revueltas y Rulfo. Resplandece una noción de la narrativa como vehículo de alegoría social. Es característico de este estudioso complejo que perciba y destaque la fuerza expresiva del final de Pedro Páramo: subraya al Abundio Martínez trastabilleante que ultima a Páramo, y no entra en el verbo, en la particular  trama verbal –ritmo sintáctico, dilatación y elisión del tiempo en la misma escena, flujo entre descripción y voces directas e indirectas, cambios de puntos de vista, etcétera– desde la que se construye la alegoría parricida… la segunda parte contiene los ensayos más meritorios pues son el terreno propicio de E.E. Son discusiones conceptuales apasionadas y partidarias sobre Lukács, Orwell, Benjamin, Heidegger, Nietzsche.
De nuevo el autor se retrata en pleno en su texto sobre Nietzsche. Anuncia que disertará sobre el ensayo literario nietzscheano. Ocupa las páginas en glosar con pulcritud la condición estética nietzscheana (por ponerle etiqueta) y dice “concluyo” cuando está al borde de las condiciones técnicas específicas (es decir, estilísticas) para que “las palabras bailen”, según el decir ahí citado. E.E. aquí, como tantas veces, sabe y dice de qué se trata (que las palabras se entrelacen con vitalidad) (lo cual tal vez ya lo sabemos y a veces sin filósofos germanos) y calla al borde de cómo sucede eso. Son, pues, glosas conceptuales; a veces brillantes y a veces fatigosas.
Lector mío: soy testigo fisgón del ejemplar de E.E. de Muerte sin fin. Me constan los numerosos subrayados a sus danzas verbales. Me gustaría ver algún día la pasión de E.E. y su experiencia de veinte años en función del maravilloso hechizo que, a fin de cuentas, es lo que hace que la literatura sea; pues deslindar las filosofías e ideologías del texto es meritorio, pero éstas son plomo opaco sin el fulgor o danza del milagro estilístico. Pues el texto es –dígalo Mallarmé– “pirotécnia tanto como metafísica”.