A un año exacto de su llegada a la Dirección de Socicultur, que habría de convertirse luego en el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, el poeta Alejandro Aura se dispone a aguzar el ingenio para sacar adelante sus programas y proyectos, a partir de un drástico recorte presupuestal.
Este redujo literalmente a ceros las partidas destinadas al Centro Cultural Tezozómoc, al Museo de Historia Natural, al Museo de la Ciudad de México (con la reinstalación y exhibición Museo de la Ciudad), a la Excárcel de Mujeres y a la rehabilitación y ampliación de la infraestructura cultural.
De hecho, de un presupuesto solicitado de 390.74 millones de pesos, el Instituto de Cultura de la Ciudad de México (ICCM) a su cargo recibirá este año solamente 164.19 millones de pesos. En particular, de los 273.90 millones de pesos solicitados para la realización de actividades culturales, el organismo cultural del gobierno capitalino recibirá únicamente 142.99 millones de pesos.
Sin embargo, Aura asume en entrevista: “El recorte presupuestal decidido en el Congreso no quiere decir que nos hayan cortado las alas ni la voluntad ni la capacidad.”
Titular de la Dirección de Acción Social, Cívica y Cultural del gobierno de la Ciudad desde el 13 de marzo del año pasado, el poeta comenzó a trabajar desde entonces en la creación del ICCM, que comenzó a funcionar formalmente bajo su dirección en junio de 1998.
“Este año ha sido muy rapidito, rapidísimo”, dice: “Se van los días volados y no alcanzan. Me levanto temprano y me acuesto tarde, y no me queda tiempo para pasear, para visitar a mis amigos, para escribir, para leer, para muchas cosas que me gustaría hacer. No me queda tiempo, porque hay que atender infinidad de cosas de una ciudad tan grande…”
Explica enseguida:
“El presupuesto del Instituto de Cultura está reducido, no tanto como había quedado en la primera distribución, cuando sufrió un recorte tan drástico que nos dejaba prácticamente imposibilitados, maniatados, pero Cuauhtémoc Cárdenas está muy interesado en el cumplimiento de los servicios culturales, porque así lo ofreció en su campaña, porque creó un Instituto para atender específicamente los servicios culturales, y porque estos servicios han resultado de buena acogida por parte de la sociedad, tanto los programas muy vistosos como los programas de estructura”.
Entre los primeros, señala, el llamado “La calle es de todos” es un programa “muy amplio, muy notorio”, con actividades artísticas en las grandes plazas públicas de las delegaciones o en el Zócalo de la capital”.
Entre los programas que denomina “estructurales”, figuran el de “Teatro en atril” y el del “Libroclub de la Ciudad de México”.
La distribución de la pobreza
Aunque “la sociedad ha recibido de muy buen grado estos servicios”, y a pesar de la preocupación del jefe de Gobierno “por los recortes presupuestales y por las dificultades para las asignaciones del presupuesto tan castigado que tiene la ciudad por decisión de los diputados del PAN y del PRI, que pensaron castigar de esa manera a la Ciudad de México”, se tomó en cuenta que “hay cosas que son postergables y cosas que son impostergables”.
En este sentido, prosigue Aura, “la distribución de la pobreza, de los recortes presupuestales, evidentemente no podía ser equitativa, porque no se puede abastecer menos agua a la ciudad o poner menos focos a los semáforos”, de modo que “hay cosas que no se pueden disminuir y otras que sí, como los programas de calidad de vida, que resultan necesariamente afectados por una reducción así”.
Sin embargo, expone, “aunque el presupuesto está reducido, hay dinero para continuar con estos servicios”. Más aún, asegura, “lo que ha hecho en gran medida esta reducción severa es aguzar el ingenio y promover la solidaridad”.
Por ejemplo, explica, para disminuir lo menos posible el programa “Libroclub”, “contamos con la participación de la UNAM, de la UAM, del Fondo de Cultura Económica, que nos están dando buenas cantidades de libros de una manera generosa y desinteresada”.
Además, “si el año pasado podíamos pagar un ejército de lectores en voz alta para que atendiera los 200 libroclubes que abrimos, ahora hicimos una convocatoria para un voluntariado de lectores, y se han inscrito cientos de personas de buena fe, interesadas en el programa, que se están integrando ya a los libroclubes sin paga”.
Aunque precisa Aura que “si en algún momento se modifica nuestra situación, seguramente les pagaremos, porque lo deseable es que a todo el mundo se le pague por su trabajo”.
Asimismo, cuenta, “la comunidad teatral ha aceptado una reducción considerable en la paga de sus salarios, en relación con lo que cobraba el año pasado por cada representación del programa Teatro en Atril, que era el equivalente a una contratación ordinaria en teatro, de manera que podemos continuar con este programa para divulgar el arte escénico, para crear públicos teatrales y para fomentar la asistencia al teatro en beneficio de todos, de la ciudad y del teatro mismo”.
La calle es de todos
Para el director del ICCM, “La calle es de todos” es el programa en donde más habrá de resentirse la carencia de recursos. Este, advierte, “es un programa de grandes espectáculos públicos, que tiene el propósito de recuperar la calle para devolver a los vecinos el uso de la ciudad, no como riesgoso espacio de tránsito, sino como lugar de todos para el entretenimiento, para la fiesta, para la convivencia, para el descanso, y lo hemos logrado a través de las presentaciones en todas las delegaciones, en plazas públicas, de actividades artísticas, musicales, de danza, teatro, de performance y demás”.
Aquí sí, dice, “vamos a tener que disminuir considerablemente la acción del gobierno, por lo menos en lo que respecta a las contrataciones que puede hacer el Instituto de Cultura directamente”.
Explica entonces Aura:
“El recital de Joan Manuel Serrat en el Zócalo ante 70 mil personas, por ejemplo, fue resultado de una suma de generosidades. No hubo erogaciones del presupuesto del Instituto, porque la compañía que contrató a Serrat para cuatro recitales aceptó que diera tres en el Auditorio Nacional y uno gratis para la ciudad, a cambio de una excención de impuestos.”
No obstante, precisa, “el que se diga que alguien se presenta prácticamente sin paga no quiere decir que no se generen gastos; evidentemente, hay gastos de equipamiento, de divulgación, de músicos, de asistentes, en fin: de todo el ejército que trabaja para un artista y que no tiene por qué regalar su trabajo”.
Esta fórmula, que también fue empleada en el caso de la presentación de Silvio Rodríguez, “no se siguió siempre”, pondera Aura: “Celia Cruz, por ejemplo, fue contratada y se le pagaron 170 mil pesos, una cantidad muy razonable, que no es la misma que cobra en su show en Miami o en Las Vegas, porque también le interesaba el foro, el espacio del zócalo de la Ciudad de México”.
No obstante, aclara, “los impuestos que se deducen son los que cobra la Ciudad de México por concepto de espectáculos, porque el Gobierno de la Ciudad no tiene autoridad para exentar de impuestos federales a nadie; simplemente, la ciudad deja de ingresar esa cantidad, que de cualquier modo es menos de lo que se le pagaría normalmente a una de estas estrellas del espectáculo”.
Entonces, prosigue, “este programa seguirá adelante, sólo que ahora tenemos que trabajar más para buscar la colaboración de particulares, de otras instituciones o de empresas artísticas, para reducir los costos de modo que los gastos no salgan del presupuesto reducido del Instituto de Cultura”.
Por lo pronto, señala, “seguiremos con esta fórmula de descuento de impuestos, pero buscaremos también la participación de particulares, como sucedió en el caso del Carnaval de la Nueva Viga, donde los vendedores y bodegueros pusieron una parte considerable del gasto, y algunas marcas comerciales pusieron otra parte, y así pudimos contratar a Willie Colón, a Eugenia León, a la Orquesta Filarmónica de la Ciudad y a otros grupos, para hacer un gran carnaval que tenía, además, la función social de divulgar, en el inicio de la cuaresma, la utilidad y la economía enorme que puede representar el consumo de pescados y mariscos si se destruyen los mitos que hay en torno de estos alimentos en cuanto a los precios”.
De hecho, explica, “los locatarios querían hacer su fiesta para festejar el aniversario de la Nueva Viga y se acercaron al gobierno para ver si les ayudábamos, y les ayudamos con la cuchara grande, pero se unieron ahí voluntades y generosidades múltiples”.
Trabajo y voluntad
“Los planes ahora son no arredrarnos, seguir haciendo nuestro trabajo con todo el entusiasmo, el vigor y la alegría con que lo hemos hecho”, sostiene Aura, aunque no deja de percibir que “hay cosas que cuestan mucho dinero y que seguramente no podremos hacer, pero hay muchas otras cosas que lo que requieren es trabajo y voluntad para hacerlas.”
Cuenta en este sentido:
“Estamos preparando un sistema de información cultural de la ciudad, muy novedoso y muy complejo, mediante computadoras, con toda la oferta cultural de la ciudad, que es mucha, con el objeto de poderla ofrecer como un servicio público, ya que varios millones de habitantes de la ciudad no aprovechan esa enorme oferta cultural que en gran medida se desperdicia por desconocimiento.
“Si logramos tener 400, 600 u 800 puntos de divulgación de la oferta cultural, distribuidos equitativamente por toda la ciudad, no centrados en los sitios tradicionales de atención a la cultura, sino distribuidos hasta en los barrios más remotos de las delegaciones no céntricas, la utilización de la oferta cultural de la ciudad puede cambiar radicalmente.”
Incluso, agrega, “con este programa los lectores en voz alta del programa de Libroclubes se podrían ir transformando en promotores culturales que enseñen a los usuarios a emplear el sistema de información cultural y a sacarle provecho”.
Advierte Aura que si bien es cierto que hay actividades muy costosas, como las del Auditorio Nacional o el Palacio de Bellas Artes, muchas otras son gratuitas o muy baratas y la gente no lo sabe, y explica: “Hay grandes sectores de la población que cuando oyen teatro, danza, conferencia, exposición, no sienten que les estén hablando a ellos; lo que queremos entonces es estimular el deseo, el apetito por el consumo cultural de la enorme oferta que tiene la ciudad, incluida la que generan las instituciones de cultura federales, las instituciones académicas y universitarias, las instituciones extranjeras que tienen centros de divulgación cultural, y el propio Instituto de Cultura”.
Macramé y punto de cruz
Por otra parte, el Instituto está estableciendo por vez primera una relación con los responsables de cultura de todas las delegaciones. En realidad, dice el poeta, “desde el primer momento comenzamos a trabajar con ellos, pero nuestra responsabilidad por decreto es normar la política cultural de la Ciudad de México; esto es fácil decirlo, pero es difícil ejecutarlo si hay 16 delegaciones, y cada una de ellas tiene una autonomía de gestión y su propio presupuesto, que distribuye de acuerdo con sus necesidades”.
Entonces, “normar así la política cultural de la ciudad es muy difícil”, reconoce. Sin embargo, “hemos ido avanzando por dos vertientes; una de ellas, la práctica, que pensamos que era la más urgente”.
De hecho, agrega, “la norma propuesta por el Instituto de Cultura es que haya subdirecciones de Cultura en cada delegación, y con sus responsables empezamos a poner en marcha los programas del Instituto, como el del Libroclub, el de Juglares y Jugares para niños, Teatro en Atril, La Calle es de Todos… pero esto fue en la práctica, antes de discutirlo y ponernos de acuerdo y ver si opinamos lo mismo de la cultura”.
Ahora ambas partes han entrado en un proceso de reuniones periódicas.
Al mismo tiempo, dice, “estamos haciendo un ejercicio de reflexión sobre las casas de la cultura, que operan de muy diversas maneras, cada una casuísticamente; sin embargo, hemos hecho un diagnóstico general, y hay ya una red de directores de casas de la cultura con las que estamos trabajando para buscar la solución de sus más graves problemas, que son, por supuesto, estructurales, administrativos y presupuestales, en la medida en que la gran mayoría de las casas de la cultura no tiene presupuesto y tiene que sostenerse con una figura financiera que se llama autogenerados”.
Esta fórmula, “que puede resultar muy buena en una concepción neoliberal de la economía, ha resultado nefasta en la práctica, porque para obtener los famosos autogenerados la gran mayoría de las casas de la cultura tiene que dar clases de aerobics, de macramé, de punto de cruz, que no son precisamente respuestas a una política cultural; entonces, hay una actitud fraudulenta en llamarlas casas de la cultura de la delegación, cuando no son ni de la cultura ni de la delegación ni del gobierno”.
Por ello, advierte, el Instituto “ha hecho ya un estudio sobre estos fenómenos, para turnarlo a las secretarías correspondientes a fin de que busquen la solución a la normatividad y a la modernización administrativa”.
Por último, celebra Aura el hecho de que el Instituto a su cargo tenga ya una presencia en el medio cultural.
Advierte en este sentido:
“Yo creo que ha sido bien recibido, que han sido bien vistos sus legítimos propósitos, que son muy abiertos, muy explícitos, a favor de una distribución equitativa de los servicios culturales, de una horizontalización de la atención cultural. Esto ha tenido una muy buena acogida en los círculos y gremios de la cultura, que sienten que estamos trabajando por lo menos con extrema seriedad y con claridad de miras. Eso es muy importante, porque no había habido nunca antes una entidad estrictamente local en el Distrito Federal que atendiera los servicios culturales”.








