Alianzas y cohabitaciones políticas

Ahora resulta que los partidos políticos nacionales con registro quieren hacer alianzas, coaliciones, frentes, uniones, etcétera, con el cándido propósito de ganarle al PRI.
En una estrategia por demás simplista, quieren asociarse para formar un frente que pueda derrotar en las urnas al partido que ha usufructuado el poder durante siete décadas.
Recuerdo que en los años 70, las izquierdas en Francia –socialistas y comunistas, bajo la dirigencia de dos personajes históricos, Mitterrand y Marchais– decidieron aliarse en una plataforma única, denominada Programa Común de Gobierno (¡ah, las ideas, siempre las ideas!) para hacerle frente en las urnas al neogaullismo. Que conste que se trataba de agrupaciones ideológicamente afines y no como lo estamos observando en el contexto nacional, de organizaciones políticas cuyas filosofías han sido por definición antagónicas.
Cabría preguntarse, entonces, hasta donde de verdad esta estrategia puede o podría ayudar al crecimiento de la democracia en México.
No hace mucho tiempo, en 1979, la reforma política impulsada por Jesús Reyes Heroles y amparada por José López Portillo, generó en ese entonces una figura innovadora para nuestro sistema de partidos políticos; es decir, las originales asociaciones políticas nacionales. El maestro Reyes Heroles sostenía que dichas figuras tenían como propósito alentar la participación política de la ciudadanía en espacios novedosos que posteriormente, bajo ciertas condiciones legales, podrían constituir y desarrollar nuevas organizaciones políticas que le dieran vitalidad y frescura al sistema de partidos y, consecuentemente, al sistema político mexicano.
Debe entenderse naturalmente que dichas asociaciones sustentarían su actuar político en sendas plataformas ideológicas, que traducirían su visión de la vida, del país, su proyecto de nación, etcétera y que lucharían por implantarlas a través del método democrático, una vez que fuesen constituidos como partidos políticos nacionales con registro.
Por desgracia, decisiones de gobiernos ulteriores con la participación de partidos, derogaron esta importante reforma que al día de hoy reflejaría un escenario completamente distinto del que estamos observando. Quizá, otras organizaciones verdaderamente ciudadanas estarían luchando por establecer un proyecto de nación y un programa de gobierno, y no simplemente orientando una estrategia ramplona que tiene como único propósito ganarle al PRI, a cambio de nada.
En ese sentido, me parece más imaginativa y afrancesada (bien évidemment) la propuesta de Porfirio Muñoz Ledo sobre su opción Nueva República; que los bamboleos u oscilaciones de las izquierdas y las derechas, en un afán habilidoso e inocentemente pragmático, dejan de lado las plataformas que les dieron registro y existencia.
Cada una de estas organizaciones –leáse PAN y PRD–, tienen una visión de país distinta, un conjunto de ideas que conforman doctrinas diversas. ¿De qué manera, pues, quieren formar alianzas si no tienen ideas comunes o propósitos sensatos? Política sin ideas es politiquería y tal parece que ahora es lo que prevalece.
Ante este panorama, ¿será posible pensar en cohabitaciones políticas de gobierno serias, con propósitos comunes y naturalmente con filosofías superiores para la nación?
La elección federal de diputados de 1997 y jefe de Gobierno del Distrito Federal del mismo año, arrojó en su primera expresión distintas mayorías en el seno de la Cámara de Diputados, lo que implicó en su arranque novedosos métodos de ejercicio político y parlamentario, a los que los priístas no estaban acostumbrados y mucho menos preparados, sin contar con una mayoría relativa –50 más uno–para llevar a cabo un ejercicio político distinto.
Así lo advertimos en la aprobación del presupuesto de egresos de la federación y, finalmente, en la parálisis legislativa existente. Esto fue el resultado de una primera experiencia de cohabitación parlamentaria en México, en la que no teníamos la más mínima noción de lo que podría suceder: primero como consecuencia de la mentalidad política priísta, acostumbrada a tener la mayoría y que sin ella no sabe como reaccionar y, segundo, a causa de la total ausencia de carrera parlamentaria, que ha tenido como resultado un trabajo legislativo inexperto, condicionado por el Ejecutivo, sumiso y sin posibilidad alguna de recrear el verdadero ejercicio del Poder Legislativo.
En su segunda expresión, y más cercana a un ejemplo de cohabitación política, fue la llegada del PRD al gobierno del Distrito federal. Y si digo más cercana a ese ejemplo, es debido a que la cohabitación política se da en un ejercicio de gobierno y/o legislativo, mas no entre organizaciones políticas.
De esta manera, Cuauhtémoc Cárdenas llegó al poder para cohabitar con la Federación: léase, concretamente con el Ejecutivo Federal y el resultado ha sido verdaderamente anodino. No se ha tenido la experiencia, astucia, sabiduría y sentido del buen gobierno, para entreverar sus decisiones en beneficio de sus gobernados. Por ello, hablando de cohabitaciones, Maurice Duverger dice que solamente hay dos tipos: “de duelo o de dueto”. En el caso que nos merece atención todo parece indicar, por los eventos recientes, que finalmente será de duelo. Aunque las cohabitaciones políticas dependen en gran medida del carácter y la personalidad de los hombres del poder, que tienen en sus manos la conducción de estas experiencias de gobierno; no obstante, se debe defender el interés nacional por encima de cualquier otra consideración.
Después de estas reflexiones, podemos preguntarnos: ¿Tendrá algún sentido pensar en este tipo de alianzas tal como se proponen en la actualidad?

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Jaime Muñoz Domínguez es egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM; realizó estudios de maestría en administración pública en Alcalá de Henares, España; recursos financieros para el desarrollo económico, en la Universidad Sussex, Inglaterra. Prácticas en la administración central, regional y local de la República Francesa, Instituto Internacional de Administración Pública, París; doctorado en ciencias políticas, Sorbona de París; ha ocupado, entre otros, los siguientes cargos: 1990-1991, subprocurador de Averiguaciones Previas de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal; 1991-1993, diputado federal; 1994-1998, coordinador general de Delegaciones de la Secretaría de Desarrollo Social.