El investigador jalisciense Sergio Aguayo, autor del libro La charola, sobre la degradación de los métodos de la policía política y sus relaciones con el poder, comenta en entrevista cómo la Federación de Estudiantes de Guadalajara sigue enquistada en la universidad estatal a pesar de la transición partidista, lo que en sí mismo forma parte de la incapacidad de la clase política para aterrizar en una verdadera transición democrática.
El hallazgo de cinco cadáveres en dos fosas clandestinas dentro de las instalaciones de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), el pasado 14 de diciembre, confirma que desde el gobierno de Jalisco y otras instancias de poder locales se ha protegido a esa organización, más allá de los mandatarios priistas y panistas y de los liderazgos perredistas ligados a la Universidad de Guadalajara (UdeG), puntualiza Sergio Aguayo Quezada, investigador de El Colegio de México.
En entrevista telefónica con Proceso Jalisco, el autor del libro La charola asegura que las administraciones emanadas del PAN despreciaron la oportunidad histórica que se les presentó hace 17 años (en 1995) para romper con los esquemas políticos corporativistas en el estado, ya que, lejos de contribuir a la transición democrática, terminaron por utilizar en su beneficio el viejo aparato construido desde las entrañas del Estado y de la policía política para controlar a los estudiantes.
La supervivencia de la FEG a lo largo de más de 60 años “es el ejemplo de la parálisis evolutiva de la democracia jalisciense; es la confirmación de que a Jalisco no llegó la transición en sus plenos valores, porque los gobiernos panistas, priistas o perredistas no mostraron, ni muestran, capacidad o voluntad para modificar de raíz algunas de las prácticas políticas que se daban y se dan en la entidad”.
Para el analista, “la FEG no es una reliquia del pasado; es un dinosaurio que sobrevivió y vivió en un parque jurásico que se ha rehusado a evolucionar. Desde esa perspectiva y las últimas revelaciones demuestran que la FEG mantiene los viejos métodos, las prácticas, sus valores y su relación con el poder, es un instrumento para golpear a unos de manera intencionada y, sobre todo, para mantener controlados a los grupos estudiantiles que en teoría deberían de representar”.
Aguayo describe en La charola los excesos cometidos por la DFS; señala los orígenes de la FEG y su maridaje con las altas esferas del poder político, con base en archivos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), y aporta antecedentes de notorios fegistas. Por ejemplo, refiere que Jaime Soulé Padilla era un ladrón de autos “que abastecía de carros al presidente (de la FEG, José Manuel) Correa Ceceña”. Éste, además de expresidente de la FEG, fue secretario de Educación y actualmente es secretario de la LIX Legislatura de Jalisco. La fuente es el informante de la DFS Pedro Ornelas Rochín, El Perico” (La charola, p. 209).
Se refiere también a Félix Flores Gómez, otro exdirigente de la federación estudiantil y exdiputado federal priista, quien el 20 de octubre de 1975 recibió a José López Portillo cuando estaba en campaña: “Félix iba con sus elementos de escolta y el Estado Mayor Presidencial, desconociendo quiénes eran, les quitaron las armas y posteriormente, reconociendo su personalidad, les fueron entregadas, sin llegar a mayores”.
Relata asimismo que en octubre de 1980 las autoridades estatales detuvieron a “ocho miembros de la FEG que, borrachos, escandalizaban en el restaurante Lido. Se les decomisaron un rifle AR-15, una Uzi 9 mm. y cuatro pistolas calibre .45, las cuales usaban para proteger al dirigente Horacio García Pérez”.
Por otra parte, el domingo 7 de noviembre de 2003 la periodista Laura Castellanos publicó en el suplemento Masiosare del diario La Jornada el artículo Cuando los vikingos se hicieron feroces, donde destaca: “Los años en que (Raúl) Padilla estuvo al frente de la FEG (1977-1979) fueron los mismos durante los cuales el aparato de seguridad del Estado provocó la peor oleada de violencia en la Perla Tapatía, y que dejó un saldo de 16 militantes de organizaciones armadas desaparecidos, entre ellos dos mujeres”.
Al respecto, el autor de La charola escribió que entre los años setenta y los ochenta, los enfrentamientos de la FEG y sus aliados de diferentes cuerpos policiacos contra el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER) y otras organizaciones armadas provocaron la muerte de 104 personas; 60 de ellas al servicio del Estado, 29 integrantes de corporaciones policiacas y 31 militantes de la FEG. De las víctimas, 23 eran abiertos opositores a la FEG y 21 no eran de ninguna organización.
En otro apartado, Aguayo repasa las teorías sobre el asesinato de Carlos Ramírez Ladewig, líder de la FEG y el hombre más importante de la UdeG en los setenta. Refiere que, según el archivo de la DFS, el 31 de enero de 1975 el cabecilla se reunió con Genaro Cornejo; Guillermo Gómez Reyes, exsecretario de la UdeG; Enrique Zambrano Villa, exrector; Adalberto Gómez Rodríguez, exdiputado priista; Noé Magaña; Enrique Alfaro, exrector (y padre del actual alcalde con licencia de Tlajomulco, Enrique Alfaro Ramírez); Isidro Urzúa, y José Manuel Correa Ceceña.
Según la documentación, Ramírez Ladewig dijo a los fegistas que estaba organizando un “golpe armado de tipo guerrillero contra (Luis) Echeverría” y que todos tendrían que adherirse a ese movimiento, que veía grandes posibilidades de éxito y que estaba en pláticas con Cuauhtémoc Cárdenas y Braulio Maldonado, quienes darían a la FEG una posición relevante.
Agrega Aguayo que la propuesta causó “discrepancias, principalmente de Genaro Cornejo y de Guillermo Gómez Reyes, quienes dijeron que era suicida y que no veían posibilidades de triunfo contra el gobierno (…) Al terminar la reunión algunos insinuaron que Ramírez Ladewig no andaba bien de sus facultades mentales”.
Algunos de los presentes en esa reunión negaron que se hubiera realizado una propuesta de esa naturaleza, aunque admitieron los rumores del frágil equilibrio emocional de Ramírez Ladewig, por lo que, a juicio del académico del Colmex, “es entonces posible que dentro de la misma federación surgiera la idea de eliminarlo”. El caso es que el dirigente fue asesinado en septiembre de ese año.
Padilla y su fábrica de sueños
En su libro, Aguayo señala que cuando Raúl Padilla López llegó a la rectoría de la Universidad de Guadalajara, desterró del campus a la FEG –de la que antes fue dirigente– y le cortó de tajo el presupuesto, para lo cual contó con el apoyo del presidente Carlos Salinas de Gortari.
Ya en la entrevista, el investigador asegura que ni Correa Ceceña ni Padilla López cuestionaron el contenido de su obra: “Raúl no me hizo el más mínimo comentario; comí con él en una ocasión y jamás salió el tema, porque lo que se presenta en La Charola está sustentado en documentos. Hay algunas opiniones orales, pero yo estaba consignando una historia y cómo diversos personajes aparecen en ella”.
A 10 años de la publicación de La charola, el autor comenta: “Raúl Padilla es el paradigma de una figura capaz de insertarse en el futuro de la democracia, en el México de la democracia, manteniendo prácticas pretéritas, y es capaz de convertirse al mismo tiempo en uno de los grandes mandarines del PRD en Jalisco. Es tal vez una de las demostraciones del fiasco que ha sido la transición en algunas partes de México”.
En comparación, agrega, “en el Distrito Federal la transición implicó una transformación de valores, de instituciones y de relaciones de la sociedad con el Estado y el poder”.
En el libro también menciona a José Trinidad Padilla López, hermano de Raúl y como él expresidente de la FEG y exrector de la UdeG (ahora diputado federal priista y aspirante a la alcaldía de Guadalajara):
“Era común que a la toma de posesión de los presidentes de la FEG asistieran los comandantes de la XV Zona Militar”, pero en marzo de 1983, cuando Trinidad Padilla llegó a la dirigencia de la federación, “la violencia gangsteril empezaba a ser disfuncional” y ya no asistieron militares.
En la entrevista, Aguayo hace una aclaración a la presunta relación de Correa Ceceña con el robacoches: “Eso es lo que decía la Dirección Federal de Seguridad, y yo puedo añadir muy poco a lo que dije en ese momento. No profundicé en el caso de Correa, aunque pude haber seguido, porque tuve acceso al archivo, pero no me interesaba escribir la historia de la transformación de la FEG; el caso de Jalisco lo meto para describir el fenómeno de la degradación (de) la DFS y los métodos que empleaba, o la manera en que los grupos políticos interactuaban entre sí y con la DFS”.
Sobre la entrega de un edificio construido con recursos públicos para el beneficio de la FEG, sostiene: “Es el equivalente a lo que se hacía en los años noventa con la Asociación de Corresponsales Extranjeros. Entonces era la Presidencia de la República la que pagaba la renta y los teléfonos, y eso creaba un conflicto de interés inmenso. Lo mismo se puede decir del caso del edificio utilizado por la FEG”, ubicado en el número 100 de la calle Carlos Pereyra.
Y cuestiona: “¿Por qué no se le quitó ese inmueble a ese organismo cuando llegó el PAN al poder en Jalisco, en 1995? Ese era el momento, y estamos hablando del instante que se vivía hace 16 años”. Para Aguayo, la omisión panista deja en evidencia su incapacidad para hacer los cambios que la sociedad reclama en los ámbitos federal y estatal: “Ese es el drama de Jalisco y la tragedia para la democracia mexicana”.
–¿La universidad debería preocuparse de que ese aparato pueda ser utilizado en contra del propio Grupo UdeG? –se le pregunta.
–Por supuesto. La UdeG es a los gobiernos estatales panistas lo que Elba Esther Gordillo ha sido para Vicente Fox y Felipe Calderón: importan las relaciones de poder, no la calidad de educación; esto es lo que menos aparece en la discusión.
Por eso considera que la UdeG es “una fábrica de títulos y diplomas universitarios que no dicen nada porque no reflejan una competencia académica y sí está produciendo frustrados con título”.
Asegura que la clase política tiene la obligación de transformar la casa de estudios, aunque sin duda algunos académicos realizan trabajo de calidad. El problema, dice, es acabar con la vieja cultura política: “Deben entender que la universidad ya no puede ser una fábrica de sueños para las nuevas generaciones”.








