Del senador Carlos Sotelo García
Señor director:
Le solicito publicar en Palabra de Lector la presente carta, acerca del artículo de Javier Sicilia aparecido en Proceso 1833 bajo el título: ¿Es posible una república amorosa?
Estimado Javier: en la marcha de Cuernavaca a México, en el primer día, tuve el privilegio de acompañar a los exfuncionarios públicos que estuvieron injustamente presos a raíz del famoso “michoacanazo”. En ese proceso, con claros tintes político-partidarios, me tocó asumir la defensa de los involucrados. Fue el primer gran fracaso de Felipe Calderón en su guerra absurda contra el narcotráfico.
Ahí tuve el gusto de conocerte y saludarte. Desde entonces he seguido de cerca el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. En la medida de mis posibilidades, he apoyado esta lucha justa y necesaria; apoyo dado sin ningún condicionamiento, sin estridencias; de ello puede dar testimonio un compañero morelense que comparte tu lucha y que milita en mi partido, el PRD.
Me duele profundamente tu nota sobre Andrés Manuel López Obrador. No objeto tu derecho legítimo a cuestionar a la clase política en su conjunto. Hasta antes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, eran cifras, datos, daños colaterales, a los que tu lucha dio rostro, apellido, nombre a los padres, hijos, sobrinos, amigos y vecinos.
Tú abriste los ojos y el corazón de millones de mexicanos ante el holocausto provocado por Estados Unidos, su iniciativa del Plan Mérida y un gobierno espurio e ilegítimo.
Tienes razón cuando cuestionas el término de “república amorosa”; no es un concepto político afortunado; creo que debemos luchar por un país justo, igualitario, soberano, equitativo. Introducir conceptos ajenos al terreno político nos lleva a la confusión de la vida pública con la vida privada.
Ahí es donde no tienes razón, querido Javier: tus conceptos religiosos son absolutamente respetables, pero son conceptos privados de tu forma de vivir y asumir tu cristianismo, por lo demás encomiable y digno de admiración.
No comparto contigo, ni con el católico Felipe Calderón, la invasión de esferas netamente republicanas, laicas. Paradójicamente, Felipe y Margarita Zavala son los principales promotores de la visita del Papa; lo hacen para contrarrestar tu influencia y la simpatía creciente por Andrés Manuel. Ya verás al “papamóvil”, al Papa, lanzándose en apoyo grotesco por los nietos de los cristeros, por los católicos hijos de Marcial Maciel y esa Iglesia cómplice de los oligarcas y sus gobiernos de derecha; esa Iglesia que ha mantenido un silencio escandaloso sobre las victimas de la guerra impuesta por la DEA al pueblo de México.
Un Papa que vendrá a impulsar al candidato del PAN o del PRI, hoy unidos en su vehemente deseo de servir de monaguillos del poder eclesial, en un ataque frontal al Estado laico, con el señor Peña Nieto de sacristán mayor.
Lamento que equipares a Andrés Manuel con los otros candidatos. Efectivamente, aún no se retoma con la fuerza que debe tener el problema de la ruptura del tejido social en estos años aciagos de la guerra entre mexicanos; tampoco el tema del lavado de dinero del narco que invade la economía formal de manera avasallante y, con ello, la vida política y social del país. Pero los antecedentes de Andrés Manuel son muy distintos a los de Peña Nieto o a los de cualquier candidato surgido del PAN.
Tienes familia en el DF. ¿No te han contado sobre las políticas sociales de Andrés Manuel a su paso por la administración del GDF? ¿Sabías que es la entidad con mayor presupuesto destinado a los jóvenes, a las madres solteras, a los adultos mayores?
¿Sabes de la inquebrantable honestidad de Andrés Manuel y su obsesión para bajar los obscenos privilegios de la clase política en su conjunto?
En el PRD cohabitamos pillos de siete suelas y gente con convicciones y principios. Andrés es sin duda uno de los políticos mexicanos más queridos y respetados en el pueblo, por su testimonio, por su congruencia. ¿Nadie te ha mencionado esto?
Javier: hoy tu voz tiene un peso enorme en la opinión pública por tu congruencia y honestidad. Por ello te exhorto con respeto y cariño a revalorar. No te pido tu apoyo ni tu respaldo, tan solo un juicio equilibrado y justo sobre un político que, en el desierto, en el páramo de la vida pública de nuestro país, es un referente, una esperanza para los pobres de México entero.
Una esperanza para moderar la despreciable riqueza de un puñado de oligarcas –la mafia del poder, les llamabas con justicia– ante el mar de pobreza y desolación de millones de jóvenes que ven cancelados su futuro, su vida, su destino ante la insaciable voracidad de estos oligarcas y los gobiernos que sólo trabajan para ellos y su sed de oro y riquezas.
Un fuerte abrazo, mi estimado Javier; que tu voz siga sonando fuerte y, claro, por una paz con justicia y dignidad.
Atentamente
Senador Carlos Sotelo García
Respuesta de Javier Sicilia
Señor director:
Le solicito publicar la siguiente respuesta al senador Sotelo García.
Mil gracias por tu carta, querido Carlos; mil gracias también por haber caminado al lado del dolor de tantas víctimas, que son el rostro más claro de la injustica, del desastre y de la ausencia de Estado por los que atraviesa la nación.
Creo que tú, como muchos, que tienen una confianza ciega y poco crítica en las elecciones, me han malentendido. Mis críticas a la “república amorosa” de AMLO son del orden de las distinciones, tan necesarias en una época cada vez más confusa.
El amor, lo quieras o no lo quieras, incluso en el sentido confuso en que lo maneja AMLO –recuerda que AMLO es también católico– es hijo, en Occidente, del Evangelio, que rompe con la manera antigua en la que la hospitalidad se ejercía como una obligación con los connacionales, pero no con los enemigos o con otros pueblos. Jesús introduce –la parábola del buen samaritano es su expresión más clara– la noción de libertad, ajena al poder, ajena a la obligatoriedad: el prójimo, dice Jesús, es a quien yo escojo amar; incluso puede ser, como el tema de la parábola a la que me refiero, un enemigo (en relación con esto te recomiendo que revises mis artículos de Conspiratio y a Iván Illich). Esto, querido Carlos, nada tiene que ver con la Iglesia, que institucionalizó esa caridad y la corrompió, ni con una república que en sus instituciones de servicio no hace otra cosa que continuar la corrupción que la Iglesia inició; ni, en consecuencia, con Calderón, ni con el Papa y su visita a México, o lo que queda de él, sino con el Evangelio y la libertad de la vida espiritual –nuevamente hay que hacer distinciones, para no introducir mezclas innaturales–.
No tengo, en este sentido, nada personal contra AMLO –es más, me simpatiza mucho, lo quiero y coincido con él más que con los otros candidatos–. Mi problema es con la partidocracia y con la realidad del país: balcanizado por el crimen, destrozado en sus instituciones, corrompido en sus partidos –¿dónde están los castigos ejemplares a los corruptos del PRD, del PAN y del PRI?; cada uno tiene sus criminales consentidos por los propios partidos– que nos negaron la Reforma Política –¿por qué tendríamos que darles de nuevo un cheque en blanco?– y que no están atendiendo el problema fundamental del país: la paz y la justicia.
AMLO, fuera de un programa a largo plazo para reconstruir algo del tejido social, no ha hablado de esos asuntos; parece que para él, como para Calderón, como para los precandidatos del PAN, como para Peña Nieto, la guerra no existe ni las víctimas, ni tampoco la corrupción ni la impunidad que corroe a los partidos y a las instituciones del Estado. Para ti tampoco, querido Carlos. No mencionas en tu carta ni a la guerra ni a las víctimas, que siguen sin justicia –incluso en estados perredistas–, ni la militarización del país, consentida y apoyada también por gobernadores perredistas.
Yo insisto en que, ante las condiciones que vive el país, la única manera de salvar la democracia es una agenda de unidad nacional donde todos juntos trabajemos por salvar a la nación y refundar el Estado. Lejos de ello, los candidatos, ajenos a la emergencia nacional, continúan sus campañas, que buscan gestionar instituciones inoperantes y corrompidas y, con ello, la guerra por otros medios. Aunque AMLO ganara, lo haría como cualquiera de los otros, con mayorías relativas y, por lo tanto, en las condiciones de emergencia nacional en las que estamos sería incapaz –como los otros, como lo ha sido Calderón– de sanar el país y reformar el Estado. AMLO, por ejemplo, no podrá controlar a los gobernadores de su partido, convertidos en virreyes, y que no se distinguen de los gobernadores de otros partidos.
El problema, por lo tanto, no es de personas, que pueden tener las mejores intenciones, sino del pudrimiento del Estado y de los partidos, que, dada la emergencia nacional en la que estamos sumidos, debe resolverse de manera integral y profunda, no con la cosmética de unas elecciones que nos están distrayendo de los problemas fundamentales de la nación y que terminarán –ya lo son– por convertirse en lo que no he dejado de señalar desde el 8 de mayo: las elecciones de la ignominia.
Ese es mi balance político, que nada tiene que ver con la honestidad ni con las buenas intenciones de AMLO. Por lo demás, querido Carlos, mis críticas a la “república amorosa”, fundadas en argumentos que no buscan descalificar sino debatir, precisar, distinguir y conversar sobre el problema electoral en las condiciones de emergencia nacional que vivimos, han suscitado toda suerte de injurias y de insultos contra mí por parte de muchos de sus seguidores. Si eso es lo que ellos entienden por amor –sólo se ama si se está de acuerdo con AMLO–, yo no tengo cabida en esa supuesta república ni en la de ningún otro partido cuya fuente –ha sido la constante de toda la clase política– es la rivalidad, la simulación, la ausencia de autocrítica y de crítica razonada, la impunidad, la protección de intereses y el desprecio debajo de la máscara democrática.
Llevándote en el corazón, te abrazo.
Paz, Fuerza y Gozo
Javier Sicilia








