“México está más cerca del melodrama que de la tragedia”. Ni Cárdenas ni Fox pueden ser candidato de unidad; una alianza sólo es factible con un proyecto distinto de nación: Fuentes

Vehemente, metido con pasión en el enjambre político que a momentos parece desbordar el país, Carlos Fuentes habla, frente al espejo enterrado, del futuro de México.
En la sala de su casa de San Jerónimo Lídice, a unas cuadras de la mansión de Luis Echeverría, cuya propuesta de apertura democrática defendió en los años setenta, da hoy finalmente la razón a su colega Gabriel Zaid, casi tres décadas después de la polémica que sostuvieron sobre la independencia de los intelectuales frente al poder.
Además, despliega las circunstancias que han convertido la historia política reciente de México, más que en un melodrama, en “una charada con ribetes de sainete, un folletín”.
Y contra cualquier pronóstico adverso, estima conveniente, posible, deseable, una alianza opositora para las elecciones presidenciales del 2000.
A condición, dice, de que el PAN y el PRD –pese a ser tan distintos– ofrezcan un programa democrático.
Pero dice también que los líderes que empujarán los inicios del siglo venidero en México no son los conocidos, sino que surgirán entre quienes hoy apenas son menores de 20 años, es decir, más de la mitad de los mexicanos.
Rodeado de los cuadros de sus pintores mexicanos preferidos, todos ellos amigos suyos, como José Luis Cuevas y Alberto Gironella (quien ilustró su Terra Nostra), y de extranjeros como el español Antonio Saura y el argentino Jacobo Borges, apremia al tiempo mexicano y sugiere condiciones:
“La factibilidad de un frente de semejante naturaleza no descansa en la simple idea de reunirse para derrocar al PRI, al contrario, esas fuerzas deben sumarse en torno de un proyecto distinto de nación.”
Al esbozar el desafío para la oposición política de México, el escritor estima que se está aún lejos de la elección y en 16 meses  pasarán, sin duda, hechos de gran relevancia, pero adelanta lo que debe permanecer en caso de producirse la alianza:
“No es imposible unir la responsabilidad fiscal y la responsabilidad social, eso puede quedar plasmado en una propuesta que vaya más allá de los agotados programas del PRI, que son los que ya no sirven, pues son simplemente fórmulas huecas.”
Fuentes se muestra reacio a delinear las posibilidades reales de su presidenciable, el economista Jesús Silva Herzog –exsecretario de Hacienda, exembajador en Washington–, pero no deja de enumerar lo que para él serían las condiciones deseables del proceso electoral que cerrará el milenio:
“No dejaré de insistir en la necesidad de una segunda vuelta para evitar un efecto de ingobernabilidad, porque podríamos encontrarnos con una elección que divida la mayoría de los votos casi en partes iguales entre los tres principales partidos políticos que no permitiría a ningún aspirante alcanzar el suficiente consenso para gobernar. De manera que estamos ante la posibilidad de una segunda vuelta, de la alianza de toda la oposición, de la unión del PRD y los llamados partidos menores.”
De esa baraja de opciones subraya que en ninguna ve a los actuales candidatos de la oposición:
“Si se produjera la alianza, ni Vicente Fox ni Cuauhtémoc Cárdenas ni Porfirio Muñoz Ledo podrían ser el candidato de la unidad; por eso he pensado en la posibilidad de un candidato que no sea de un partido, pero que tenga un programa de gobierno que podría satisfacer tanto a los panistas como a los perredistas; eso sería así si excluimos a los extremistas del novio probado.”
Se niega, sin embargo, a detallar uno a uno el perfil de los precandidatos que están hoy en boca de todos. Entonces se le pregunta: ¿Por qué un hombre del sistema como Silva Herzog y no alguien de fuera?
Revira:
“Le podría preguntar: ¿El general Cárdenas no venía del sistema? Fue gobernador de Michoacán, presidente del PNR, pasó por todos los escalafones del sistema para llegar y hacer lo que hizo, ¿verdad? No se rompe con el sistema, sino se trata de cumplir los postulados de la Revolución Mexicana.”
Contrargumenta:
“En este momento estamos en la encrucijada de una crisis interna profunda en la que no se resuelven a fondo los problemas nacionales; sin embargo, se enfrenta de todas maneras el reto de la globalización. Creo que se necesita un presidente que tenga presentes tanto las oportunidades del mundo global como la necesidad de las reformas internas para adecuarnos para participar en el mundo global, porque no hay globalización posible si no se basa en una economía interna sana. La globalización empieza con la localización; en primer lugar hay que resolver los problemas locales. En ese sentido, creo que Silva Herzog es la persona poseedora de esa doble visión, ese doble conocimiento del mundo que nos aproxima al siglo XXI.”

¿Tragedia o melodrama?

México está más cerca del melodrama que de la tragedia, sentencia el escritor, quien acaba de lanzar a la calle su novela Los días de Laura Díaz.
En todo caso, exige superar ese melodrama mexicano –de una vez y para siempre– en la víspera del próximo siglo, desterrarlo de la vida política y social de México.
“Esa charada con ribetes de sainete sería insignificante si no pesara sobre 50 millones de mexicanos sumidos en condiciones de extrema pobreza”, dice, al tiempo que exhibe su malestar e inconformidad ante una situación que califica de “triste”. Y es que a 80 años de distancia con la Revolución Mexicana “no se ha podido resolver el profundo problema de la pobreza en México”.
Fuentes extiende tal problema a Latinoamérica, donde la mitad de la población vive con 90 dólares o menos al mes, es analfabeta, no tiene servicios sanitarios ni a veces techo, “de manera que es un problema que se manifiesta agudamente a lo largo de los países al sur del río Bravo”.
Con su bronceado característico en el rostro (en Ixtapa se retira a descansar y leer alguna novela de Henry James) y vestido con un traje gris de tenues rayas blancas, Fuentes se sienta frente al reportero en un sillón “duro”, para atenuar unas molestias en la espalda. A sus casi 71 años –los cumple el próximo 11 de noviembre–, sin embargo, es un hombre vigoroso, de hablar fluido, veloz, enérgico, que frunce el entrecejo al acentuar las palabras.
Explica que en Los días con Laura Díaz, pone en pie la metáfora de un personaje que de manera simultánea se configura mientras el país se desintegra; se trata, según él, de la otra cara de la moneda de Artemio Cruz: “Desde el primer momento, en las primeras líneas, Cruz agoniza, ve su imagen rota en un espejo, y mientras él se desintegra el país se construye”.
Acerca de esa visión pesimista, se le inquiere de si en verdad México es un país derrotado y envuelto por la tragedia:
“No. México tiene una salida, no creo que viva una tragedia, cuando mucho vive una cadena de dramas, de melodramas, porque cuando uno ve lo que ha pasado con Raúl Salinas, Mario Ruiz Massieu, Francisca Zetina La Paca, Pablo Chapa Bezanilla… esto pertenece al melodrama, si no es que al sainete y al folletín. La tragedia más profunda es cuando se enfrentan dos razones; ambas son válidas, ambas verdaderas. Pero por desgracia no vivimos al nivel de la tragedia en México, en nuestro país es improbable una tragedia de Esquilo o de Sófocles, pues en ella las dos partes tienen razón y siempre una vence a la otra. En cambio, en el melodrama sólo una de las partes tiene razón.”

Equivocaciones y accidentes

–Laura Díaz, la heroína de su novela, sueña con un país distinto; no obstante, ese anhelo se ahoga el 2 de octubre de 1968. Luego asumió el poder Luis Echeverría y propuso una improbable apertura democrática a la cual usted se sumó…
–Muchos intelectuales. No todos, claro. Pero algunos de los que vivimos el México de 68, el régimen de Díaz Ordaz, sentimos que en efecto había un cambio cuando Echeverría llegó a la Presidencia. No fui el único en pensar de esa manera: vimos que se liberó a los presos políticos, gente como Heberto Castillo y Demetrio Vallejo salían de la cárcel, había propósitos de una rectificación, una apertura; esto lo detectaron personas tales como Fernando Benítez, Octavio Paz, yo mismo.
“En aquel entonces Vallejo, Heberto, Paz y yo tratamos de formar una incipiente grupo socialdemócrata, sentimos que había un clima diferente, que se respiraba distinto al terror que había dejado caer Díaz Ordaz sobre México, había la esperanza sobre el cambio. No la esperanza total ni mucho menos, pero sí que era un cambio notorio en relación con lo que había pasado.”
Y Fuentes, memorioso, dice que de verdad existía el peligro de una asonada:
“Una vez Octavio Paz me expresó su temor de que por lo menos la promesa de una apertura significaba una posibilidad frente a la negativa de toda posibilidad; se refería a la toma del poder por los militares.”
Sale al paso de una supuesta militancia en el PRI, pues algunas fichas biográficas señalan que fue miembro del IEPES:
“Fue a título no partidista, siendo embajador de México en Francia; nunca fui militante de PRI, Dios me libre. Además, investido con ese rango diplomático, lo critiqué sin que me corrieran cuando arremetí y dije que era una cueva de ladrones.”
Recuerda:
“Pensamos que era importante apoyar la apertura, pues abría la posibilidad de liberar a los presos políticos y de crear organizaciones democráticas nuevas. También estábamos convencidos de que los hechos del Jueves de Corpus (el 10 de junio de 1971, al comenzar el gobierno de Echeverría) pretendían sabotear la apertura; de ello hubo declaraciones de Octavio Paz, Fernando Benítez y mías.”
Pero de la intensa polémica sostenida con Gabriel Zaid en aquel momento, reconoce:
“A la larga él tuvo la razón, en el sentido de que estaba proponiendo que el intelectual siempre debe ser independiente del poder y no darle un apoyo.”
Admite que en esos días se protagonizaba un debate interno y externo, y que la duda estaba en el orden del día:
“Dejábamos atrás la presencia de Díaz Ordaz, la posibilidad de que el Ejército hubiese tomado el poder en 68… Hay una apertura, y Zaid argumentaba a favor de una total independencia. En el momento muchos teníamos la razón, pero a la distancia quien la poseyó fue Gabriel. No renunció a las posiciones adoptadas en el cambio de Díaz Ordaz a Echeverría porque sentía que había peligros para el país.”
Manifiesta que después de renunciar a la embajada de México en París en 1977, cuando decidió no compartir el cuerpo diplomático con Díaz Ordaz, nombrado embajador en España, “nunca he vuelto a tener una función de gobierno”.
De semejante rectificación, explica:
“Los electores no eligen a los intelectuales, nosotros hacemos un trabajo que está expuesto a equivocaciones y accidentes. Por la naturaleza de la investigación y de la escritura, una cosa es tener opiniones ciudadanas y otra tener puestos públicos de elección.”
–¿Por qué no ha ido al encuentro con los zapatistas chiapanecos?
–Porque tengo problemas de salud, no puedo ir trepando por montañas y cayéndome por barrancas. Tengo una triple operación de coronarias que me lo impide.
–¿Qué piensa de las incursiones en Chiapas de sus colegas José Saramago, Susan Sontag y Vázquez Montealbán?
–Muy bien. En el caso de Saramago y Sontag había un momento en que el gobierno mexicano había adoptado una posición sumamente grave de xenofobia y chauvinismo, de que los problemas de México no podían ser vistos desde el exterior, lo cual está en total contradicción con la adición del gobierno de México a la globalización; si hay globalización, también la hay de la información, no se puede ya esconder los problemas como se hizo en el pasado, la gente va a venir y va a saber.
Dice que en ese momento salió en defensa de la presencia de esos escritores en la zona de conflicto, cuando había un fuerte interés del gobierno para impedirles su libre ingreso y tránsito a México.
En su nueva novela, Fuentes no le dio la gracia a Laura Díaz de vivir más allá de 1992 y por eso los ojos de su protagonista dejaron de asomarse a los últimos años de la historia de México.
–¿Y los excesos del salinato, los crímenes de políticos, la frustración del sueño por el Primer Mundo?
–Eso es tema para otra novela.

Humanizar el capitalismo

–¿Qué ejemplo tenemos de coaliciones opositoras exitosas?
–Hay miles en el mundo; son tantas que no acabaríamos nunca, las tenemos en Francia, Inglaterra, en Alemania; también contamos la experiencia de la alianza Verde Olivo de tendencia de izquierda en Italia. Hay mil ejemplos, citaría el caso de la alianza entre el Frente País Solidario (Frepaso) y la Unión Cívica Radical en Argentina. Se trata de la unión de dos partidos no asimilables en cuanto a ideología, pero que ofrecen un frente común para derrotar al menemismo; ahí tiene la aplicación de esa fórmula en un país latinoamericano.
–¿Podemos hablar todavía de una derecha y una izquierda en México? ¿Cómo son?
–Mire, existen pero en mutación, no son conceptos fijos, no podemos paralizar quizá para siempre la idea de lo que es la izquierda o la derecha. Tome a la derecha mexicana, al PAN. En esa agrupación política la amplia mayoría ya no es el partido mocho, reaccionario, casi maximilianista del pasado; sin duda tiene esa franja –ahí tenemos a un grupo que está en contra de los homosexuales, de la minifalda, del uso del condón, de las libertades, eso es cierto–, pero la gran corriente central del PAN es de centro derecha. En el PRD veo a una nutrida corriente de centro izquierda y en el margen a una franja de supraizquierda.
“Hay una tendencia de la izquierda a ir a la derecha, de ir hacia un centro; ahí es donde fundo mis esperanzas y simpatías, porque a mi entender esa es la solución, la verdadera solución está en la socialdemocracia.”
Abunda:
“La socialdemocracia en el pasado tuvo por objeto humanizar al comunismo; hoy su tarea consiste en hacer lo mismo con el capitalismo. Eliminado el enemigo comunista en el mundo, el papel de la nueva izquierda es ofrecer una opción que no sea la del capitalismo salvaje y neoliberal.”
–¿Cómo suscribirán un programa común fuerzas que en los últimos años sostienen proposiciones opuestas? Por ejemplo, en cuanto a la privatización de la industria eléctrica prevalece el desacuerdo entre el PAN y el PRD.
–Ahí tiene un ejemplo típico de cómo se puede llegar a un acuerdo: la industria eléctrica en España no fue desnacionalizada por los socialistas, simplemente la mantuvieron como industria paraestatal pero abierta a la inversión. ¿No podemos hacer lo mismo en México? ¿No podemos capitalizarla con inversiones y aportaciones de capital?
“Claro que lo podemos hacer. No se trata de desprenderse de un bien de la nación, sino de capitalizar y enriquecer ese bien de la nación en bien de la nación.”
También insiste y prevé el surgimiento de un nuevo liderazgo en México, y por ello se le pregunta si el subcomandante Marcos y Manuel López Obrador estarían entre esos líderes.
–No, no. El otro día conversaba con amigos de mi generación en una cena y yo les dije: `Carajo, si parecemos el gabinete de Porfirio Díaz, ya rondamos los 70, hasta Marcos se ve viejo en comparación con la mayoría de México, que son 50 millones de hombres y mujeres menores de 20 años.
“No hay que olvidar que –insiste– en 1910, en plenas fiestas del Centenario con Porfirio Díaz, nadie tenía la más remota idea de Emiliano Zapata, Pancho Villa, Alvaro Obregón, Lázaro Cárdenas o de Plutarco Elías Calles; no se sabía que existían como hoy no sabemos quiénes van a ser los líderes mexicanos del siglo XXI.
“Van a ser jóvenes, no sabemos quiénes son, tampoco hay indicios acerca de sus nombres, pero muy pronto tendremos noticia de ellos.”
En el fresco trazado por Fuentes en Los años de Laura Díaz, el joven Santiago agoniza en el 2 de octubre en la Plaza de Tres Culturas y alcanza a balbucear: “No cabemos en el futuro, queremos un futuro que nos dé cabida a los jóvenes”.
De esa aspiración por una país mejor, de trabajo y honradez, advierte:
“Estamos convencidos de ir a la democracia, pero si esa aspiración no se traduce en niveles de bienestar crecientes para las mayorías en América Latina y en México, entonces la gente se puede hartar de la democracia y pedir el regreso de la mano dura de la vieja tradición autoritaria latinoamericana, como acaba de pasar en Venezuela.”
–Se habla de la transición mexicana a la democracia, pero ya lleva varios años, ¿no es un proceso rápido?
–No. A veces no es tan rápido, en España tomó varios años e implicó oponerse al golpe militar del coronel Tejero, por suerte frustrado; ahí pudo darse un golpe de mano del ejército y un regreso al franquismo, de manera que no fue tan fácil la transición española como a veces parece. La transición argentina está plagada de todos los problemas de los desaparecidos, de los torturados, de los crímenes que cometieron los militares. De la transición chilena para qué hablamos, si está amarrada por el general Pinochet y a su favor para imponer su inmunidad, controlar al ejército y al Senado; es una transición menos perfecta que la mexicana, más lenta, pero aquí estamos en un proceso de transición democrática auténtico.
Hace un somero balance:
“Hace 10 años no era concebible que hubiese tal cantidad de estados y de ciudades gobernadas por la oposición; inimaginable, que en la Cámara de Diputados el PRI estuviera en minoría frente a las oposiciones; esto representa un avance real. El desafió de hoy es el mismo para México y las nuevas democracias latinoamericanas, y consiste en ofrecer resultados favorables a la mayoría de la población, es decir, que la democracia no sea una fachada con una política neoliberal que empobrece a los pobres y enriquece a los ricos.”
–¿Sería útil la intervención de los intelectuales en un gobierno de alianza opositora?
–No. Los intelectuales tienen poco que hacer en el gobierno, deben estar fuera de él; hubo épocas en la revolución en la que mayoría de los intelectuales, a partir de Carranza y Obregón, estaban en el gobierno y cumplieron una labor de consolidación de instituciones, de defensa del país en el exterior; me refiero a personas de la talla de Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Octavio Paz, todos los intelectuales que intervinieron en la diplomacia y en la función pública. Sin embargo, esa época ya pasó. Hoy en día el lugar del intelectual es fuera del poder, prácticamente sin excepciones; no satanizo a nadie que colabore con un gobierno, que aporte algo al bien común, pero como un hecho del presente tenemos una generación de intelectuales que considera su deber estar fuera del gobierno y ser críticos e independientes: Es la generación de Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda, Adolfo Aguilar Zinser y Federico Reyes Heroles, entre otros.
Del México de fin de siglo, pondera:
“Empezó con la primera gran revolución del siglo XX, que precede a la china, la rusa y la de otros países del Tercer Mundo, y fue un evento extraordinario, que fracasó a nivel político y económico, pero de ninguna manera en su alcance cultural. Ese movimiento social que cimbró a las más sólidas estructuras, permitió al país conocerse a sí mismo, rebelarse, saber que era un país disfrazado y enmascarado, pues la revolución le arrancó la máscara a México, por primera vez vimos quiénes éramos en realidad, nos conocimos, viajamos del norte al sur y viceversa, de una océano a otro; el país se movió, se conoció y se abrazó.”
Subraya que fue un hecho fundamental y fuente inspiradora de la cultura mexicana:
“La revolución sacó a luz todo lo que el siglo XIX y el porfiriato habían tratado de esconder. Teníamos un pasado indígena, negro, europeo; no sólo ibérico, sino árabe y judío. Una gran parte de la población se dio cuenta de la enorme riqueza de la policultura mexicana y ahí está el acierto. En este siglo, a pesar de todos los fracasos económicos y políticos, tenemos esa enorme reserva que es la cultura mexicana y su capital humano.”
Augura que si en el próximo siglo no se logra la confluencia de la revolución y la sociedad civil, de la democracia política y el desarrollo económico, de la justicia social y la continuidad cultural, “entonces seremos el país de la tragedia”.