Sabor a PRI: el triunfal septuagenario y sus deudos

El 4 de marzo pasado, en la celebración del septuagésimo cumpleaños del PRI, el presidente Ernesto Zedillo declaró: “Como militante de toda mi vida, y como priísta que ha obtenido la mayor votación en la historia del país, tengo pleno derecho y la autoridad moral y política para opinar sobre el proceso de selección de candidatos del PRI”. A un militante de toda su vida no se le pueden ni se le deben negar sus derechos, aunque en sus palabras se filtre la nostalgia del Dedazo, la operación así llamada con elegancia que le otorga al presidente de la República el vulgar atributo de elegir a quien lo suceda en el cargo. Antes (25 de abril de 1998), en un encuentro con diputados priístas, Zedillo expresó con la energía de quien acepta la mutilación de los símbolos patrios: “El partido será más democrático y habrá reglas. También le he dado línea al presidente del PRI para que me corte el dedo”. El Dedazo para que talen el Dedazo.
No contento con insistir en el mantenimiento de prerrogativas, el presidente insistió: “Quienes utilizan mi compromiso de que yo no designaré al próximo candidato del PRI a la Presidencia, para decir que es un proceso en el que no me voy a meter, que es un proceso del que me mantendré indiferente o ajeno, que es un proceso del que quedaré marginado, se equivocan por ingenuidad, o porque maliciosamente pretenden una ventaja indebida”.
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Al celebrar su aniversario, el PRI, el partido en el poder, el otrora Invencible, el ex “Jalisco de la revolución” (nunca pierde y cuando pierde arrebata), se encuentra en situación, por así decirlo, paradójica:
–Un presidente de la República que al sentirse excluido del Dedazo, reclama en público el privilegio de intervenir en el nombramiento.
–Un desprestigio histórico que en vano se combate con una autocrítica melosa y melodramática: “Hemos también sido ignorantes, ajenos al dolor de la gente” (líder del PRI en el DF Manuel Aguilera). “La nueva cultura de la competencia interna en el PRI exalta los valores de la lealtad política, de la consistencia ética, y constituye un serio rechazo al oportunismo” (líder histórico Mariano Palacios Alcocer). “Entre los priístas hay un sentimiento de orfandad” (Manuel Bartlett). Y a eso se añade la confesión implícita de Zedillo: por vez primera el presidente no designará al candidato.
–Un repunte electoral que se explica por lo obvio: la desesperanza y el acorralamiento económico impiden a cientos de miles de votantes hacerse cargo con el voto de su conocimiento intransferible del PRI; las debilidades muy reales o difundidas calumniosamente del PAN y el PRD obstaculizan la confianza en las alternativas.
–Una notable incapacidad de renovación del PRI, que por lo visto nada más atrae a los jóvenes que eran viejos desde antes. No hay recambio en el priísmo, sino sólo, pero eso sí con energía, la decisión de no jubilarse y de no abandonar su sitio: “Los obreros nunca vamos a aceptar a un candidato o presidente que no sea del PRI”: Alberto Juárez Blancas, líder de la CROC.
–Cambio de lemas. Fidel Velázquez célebremente dijo: “Llegamos con la fuerza de las armas, y no nos van a sacar con los votos”. Ahora se proclama: “Seguimos por la inercia de los votos y no nos van a sacar mientras no consigan más dinero para sus campañas, no eliminen sus divisiones internas y no destruyan la red de intereses creados”. Y el sempiterno Alfonso Martínez Domínguez, de un currículum más vasto que su sabiduría, por mucha que ésta sea, el mismo al que famosamente se le atribuye la sentencia: “El PRI ha llegado a los lugares donde la mano de Dios no pone el pie”, ahora se pronuncia por el pasado: “El PRI debe regresar a los métodos de antes, donde el candidato a la Grande era nominado por las cúpulas del país y el Ejecutivo federal, previa auscultación, en un método similar al del Vaticano para designar al Papa. Los métodos de selección de candidato del PRI son los probados, y a ellos debe acudir en lugar de los ensayos dizque democráticos, como la comisión interna, que muy caro han costado al partido” (Público, 6 de marzo de 1999).
–Renovación de la jactancia. El presidente Adolfo López Mateos se envaneció: “A mi izquierda y a mi derecha está el abismo”. El presidente Zedillo insiste en la incondicionalidad de los 17 millones de votos a su favor en 1994, que lo siguen a todas partes. Al respecto, no importa si alguna vez dijo: “Mi elección fue inequitativa pero no ilegal”.
–Imposibilidad manifiesta de cobrarle al país deudas de gratitud. Busca en vano quien hoy intente localizar en el caudal de discursos priístas la exhibición de facturas por la educación pública, la movilidad social de tantos años, el sistema de salud, la estabilidad y la paz. Ya nadie dirá, como le precisó a un grupo de colonos el funcionario del DDF Manuel Aguilera: “Recuerden ustedes que le deben gratitud eterna al presidente Carlos Salinas”. Los priístas están al tanto: si se presentan como acreedores harán el ridículo ante los pavorosos índices de miseria, pobreza, insalubridad, hacinamiento, fracaso educativo, violencia, inseguridad, desempleo. Es mejor, o menos expuesto, afirmar sus anhelos de buena conducta, de arrepentimiento sincero.
–Resentimiento ante las evidencias de lo irreversible del desprestigio (algo muy distinto a la movilidad electoral). El 8 de julio de 1988, en medio del fraude que lo encumbra, Carlos Salinas emite su proyecto de epitafio: “Ha terminado la época del partido prácticamente único”. La pregunta inmediata: ¿puede el PRI ser un partido entre otros? Hasta ahora no lo ha sido y no lleva trazos de renunciar a los abusos tan productivos como se ha comprobado en Guerrero y Quintana Roo.

Hacia una descripción
funeraria de la era del PRI

El PRI permanecerá por un tiempo, pero será un PRI radicado en otro comportamiento esencial porque se ha extinguido su gran razón de ser: su condición invicta. Dista de evaporarse el priísmo mental de buena parte de la población, moldeada a su imagen y semejanza, pero el PRI histórico vive su fase terminal. Propongo puntos inevitables del obituario y de la resurrección de una entidad distinta con el mismo.
1. La Era del PRI destruyó hasta donde pudo (y pudo en demasía) la competitividad que garantiza el desarrollo equilibrado de la política. En la esfera oficial sólo se admitían la obediencia, el apego a una ortodoxia no por mudable menos rígida, la cancelación de cualquier crítica y la adopción del silencio como técnica de promoción. Un buen priísta ni en sueños se desviaba de la norma (porque la norma inducía los sueños), y no hubiese entendido en la Epoca de Oro la consigna falsa pero genuina: “La única línea es que no hay línea”. Y el refrán de Fidel Velázquez hizo las veces de horca caudina: “El que se mueve no sale en la foto”. Esto dio por resultado la apoteosis del cinismo como habla privada y vehículo de la crítica posible. Los priístas no fueron cínicos con tal de poseer un sentido del humor que los inoculara contra la solemnidad de pacotilla que adoptaban; fueron cínicos, e infectaron de su cinismo a la sociedad entera que lo adoptó como lengua de la sobrevivencia, para no aislarse hasta lo último en la petrificación lingüística, y seguir ejerciendo la sinceridad, así fuese de modo tan sesgado.
Véanse estas frases: “Hasta que le hizo justicia la revolución (descripción admirativa del auge de un corrupto)/ Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error/ La caballada está flaca (juicio menospreciativo de los contendientes por el favor presidencial)/ La corrupción somos todos/ Honesto, honesto, honesto no es; honesto honesto no es; honesto creo que sí (método que nulifica cualquier pretensión de integridad a secas)/ La moral es un árbol que da moras o vale para una chingada/ Yo lo admiraba a usted desde antes, pero como usted no tenía un puesto elevado no había tenido la oportunidad de decírselo”. Y la gema de esta paremiología, o ciencia del refrán, la escuchó por primera vez Manuel Buendía en labios del profesor Carlos Hank González: “Un político pobre es un pobre político”. Glorificado, el cinismo ha sido la “filosofía popular” que circunda al gobierno. Por décadas, el presidencialismo, antes de asegurar: “El Estado soy yo”, se cercioró de que los demás no eran la Revolución.
El esplendor del cinismo legitimó hasta hace muy poco la penuria intelectual del priísmo y, en general, del análisis político con cierta resonancia en México. El sector dominante sólo generaba una demagogia cada vez más abstracta, y las oposiciones se afiliaron a una “teología de la resignación” expresada en la rijosidad del mitin, o en el talmudismo interpretativo de los marxistas (“Defínase la naturaleza capitalista del Estado burgués”) y la simplonería de los conservadores (“Hay que defender la fortaleza sitiada de la moral y las buenas costumbres”). Y al venir a menos, por las dinámicas de la modernidad, los nichos de la ideología pura, no hubo sino un resultado: la mayoría de los políticos, del partido que sean, se atienen al pragmatismo que les dicta vaguedades para no comprometerse con las palabras, y dejarle toda definición posible a las acciones. Sin desconocer la responsabilidad de todos los sectores y actores, es innegable la furia utilizada en la Era del PRI para negar valor y utilidad a las ideas. Todo se ha centrado en la obtención y la retención del poder, o, en el caso de los opositores hasta 1988, en el hallazgo de una filosofía de la consolación o en la repartición de las migajas.
2.- La Era del PRI consagró su “religión civil”, el presidencialismo, cuya piedra de toque fue la incondicionalidad del Poder Legislativo (el mayoriteo) y la sumisión del Poder Judicial (¡Ah, esas giras a Tlaxcala o a Chalco con el presidente de la Suprema Corte de Justicia corriendo detrás del Primer Magistrado de la Nación! ¡Ah, esas condenas abyectas a los presos políticos de 1958-59 o a los presos políticos de 1968! ¡Ah, esas afirmaciones del gobierno: “En México no hay presos políticos, hay delincuentes!” ¡Ah, ese bosque de manos dóciles y rostros de presidium al votar en el Congreso las iniciativas del Ejecutivo!). El presidencialismo ha sido la concentración de facultades en el presidente de la República, y la imposibilidad de usarlas de modo eficaz; el don autocrático de nombrar al próximo presidente y la fantasía de regir con detalle a una burocracia independizada por la ineptitud y la corrupción; la decisión unipersonal de endeudar a la Nación o de “privatizarla” a fondo, y el método “habilísimo” de soluciones siempre pospuestas en medio del sometimiento al orden financiero.
El presidencialismo es el resultado del arrasamiento sistemático de las alternativas y de cualquier instrumento de contención a las decisiones del Ejecutivo. Surge en respuesta a la fragmentación caudillista, se solidifica por la necesidad de imprimirle sentido único a la vida institucional, y alcanza su cúspide escénica en medio del sometimiento a quienes lo ejercen. “Señor Licenciado, si quiere contemplar al Salvador de la Patria véase al espejo”. Y si el poder omnímodo del presidencialismo es inventado, lo que le queda es extraordinario, si se piensa en función de un ser humano. Poder máximo al que nutre la sujeción psicológica de grandes sectores, el presidencialismo es la cultura política que normaliza los atributos ilimitados de una persona, el presidente. ¿Cuántas veces se afirmó el peligro de un gobernante de la Ciudad de México, porque “dañaría al poder presidencial”? El presidencialismo ha eliminado la voluntad colectiva a favor del monopolio del capricho, y esto, que fue su etapa cumbre, ha resultado decisivo en su liquidación gradual. ¿Qué no parecían “naturales” en su momento las afirmaciones del presidente Carlos Salinas de Gortari: “A pesar de las presiones y de la inquietud en algunos sectores de la sociedad, la designación del abanderado priísta definitivamente no se efectuará en el presente mes, sino en diciembre o enero próximos” (La Jornada, 12 de diciembre de 1993)?
Al entrar en crisis el presidencialismo, el PRI pierde su identidad.
3.- Decidida a llevar al país a la modernidad en ese “fuero interno” que es determinación pública, la Era del PRI consideró rentable a la corrupción, a fin de cuentas “sólo otro método de acumulación”. Si en la etapa revolucionaria la corrupción fue motivo de escándalo social y humorístico (el valor cómico del verbo “carrancear”, robar), en el dilatado período que casi inaugura el alemanismo, la corrupción se vuelve la segunda épica capitalista. ¿Quién pierde el tiempo imaginando un imperio industrial a partir de una tienda modesta o un humilde bufete, sí lo puede hacer en seis años desde el acceso incontrolado al presupuesto? ¿Y a quién le rinden cuenta los funcionarios? No a la opinión pública ni al Congreso de la Unión ni a la sociedad civil. Con desdén, se le han entregado a la sociedad “disculpas” bajo la forma de encarcelamientos selectivos que más bien son ajustes de cuentas, y se admiten desahogos sociales al amparo del chovinismo: “México, el país más corrupto del mundo. Un récord para el Libro Guinness”. Pero no hay dudas sobre lo substancial: el escudo mitológico (y no tanto) de la Era del PRI es el culto a la impunidad.
Los funcionarios de Alto Nivel se han sabido exceptuados del rendir cuentas, del justificar sus fortunas, de hallarle explicación a la metamorfosis que los enviaba a residencias con vista a la posesión de fraccionamientos, de fábricas, de cuentas en Suiza y en Estados Unidos, de propiedades en el extranjero que acreditaban su cosmopolitismo. De allí la excepcionalidad del cautiverio de Raúl Salinas. Sí, es claro que una golondrina no masifica Almoloya, pero si el centro de la impunidad ha sido la condición intocable de un presidente de la República, esté o no en el mando, encarcelar a un hermano del Mero Mero fue dañar el centro de la impunidad.
Se requiere más tiempo, procesos educativos, y organización social y partidaria para eliminar el presidencialismo, despojar de su último prestigio a la corrupción y devastar los poderes de la impunidad. Pero a juzgar por la vitalidad de la opinión pública el proceso está en marcha.
4.- En 1929 se funda el Partido Nacional Revolucionario. Setenta años después, su descendiente directo, el Partido Revolucionario Institucional, se ufana de la longevidad atlética que le hará “ganar en el año 2000”, y lo lleva a recuperaciones parciales y a olvidos conspicuos de su tradición y su herencia histórica. (Tradición y herencia que están hechas de olvidos conspicuos). Con estoicismo, el PRI vela en las ruinas de lo que fue el Partido Revolucionario Institucional, institución creada para el triunfo y la obediencia al presidencialismo, y que en los tiempos recientes ha visto desintegrarse sus reglas y ha percibido su única encomienda: la retención del poder a cualquier costo. Y el golpe de muerte a la tradición ha sido la creencia cada vez más aguda en las encuestas. Cada que un priísta se apoya en una encuesta, se aleja peligrosa y confusamente del modelo original, y deposita en manos ajenas, por subvencionadas que estén, el futuro de un régimen que abomina de la democracia pero se sujeta a la creencia en los levantamiento de opinión.
No hay tal secreto de la permanencia. De 1929 a 1999, los regímenes del PNR/PRM/PRI, se especializan en eliminar brutal o corruptamente las alternativas, asimilando a los oposicionistas, diezmándolos, cesándolos de sus empleos, alojándolos en la sordidez social, aplicando el fraude mayúsculo, fomentando sus divisiones internas, sometiéndolos a un minucioso linchamiento moral, acosándolos con el río de calumnias. Y su lema ha sido grito de batalla: “Somos los mejores porque para empezar somos los únicos que estrictamente hablando competimos”. Y el presagio del fin le llega al PRI al no extirpar o nulificar a la oposición.
5.- A su “onomástico” el PRI llega sin tradiciones ideológicas a cuestas, atenido a un dogma postrero: no podemos irnos porque los reemplazos caerían en la tentación de juzgarnos legalmente y además los oposicionistas no están maduros, no saben del arte de gobierno porque ni siquiera han aprendido a comprar el aplauso, el silencio y la crítica. Y los antipriístas despliegan la bochornosa biografía del PRI, precisamente cuando el mayor desprestigio en términos reales no es la conducta gangsteril, sino el fracaso en mantener la impunidad. ¿O no probó nada Fobaproa, y el resurgir como adalides de la moral de los acusados de fraudes y atracos al erario, y el penoso retiro de cargos a Angel Isidoro Rodríguez El Divino y Carlos Cabal Peniche? A la cárcel y a la jubilación política sólo van lo hundidos por falta de influencias. La moraleja nació redactada: “Los priístas perseveraremos en el poder, porque es un poder hecho a la medida. Y tan es así que el verdadero sinónimo de ingobernabilidad es alternancia”.
El grado de persuasión genuino del PRI se sustenta en la trabazón histórica de complicidades y asociaciones cuya legalidad proviene del control de la ley. Y todo ayuda a la hora de abandonar los reflejos condicionados que algunos llaman ideología. En su encarnación del PNR o en su Karma del PRM, los priístas han sido nacionalistas revolucionarios, nacionalistas a ultranza, estatólatras, defensores de la soberanía, expropiadores, definitivamente públicos, pero en todas estas transformaciones nunca han tenido un pensamiento orgánico. Y el resultado de esta ausencia es el pragmatismo, es decir, la noción de adaptabilidad perpetua, la mejor doctrina es la moldeable. Y si algo ejemplifica el fin de la Era del PRI es el penoso espectáculo de aquellos priístas que alaban la privatización de la energía eléctrica. Así por ejemplo, el secretario de Energía, Luis Téllez, priísta distinguido que confunde el pasado con el presente con tal de expresarse: “La soberanía del país consiste precisamente en que los mexicanos tengan acceso a la energía eléctrica en sus hogares, que se generen empleos y crezca la industria, soberanía es que nuestro país tome decisiones soberanas para asegurar que hay electricidad” (La Jornada, 4 de febrero de 1999).
Si éste muy posiblemente ha sido el nivel medio de manipulación desde 1929, el fin de la Era del PRI está ligado a la recepción inesperada de sus actos. Durante el auge del PRI nadie, casi literalmente nadie, registraba lo que decían los políticos porque daba igual, la impunidad era también verbal. Pero al existir el oído público la manipulación nace muerta, y por lo demás el señor Téllez no ayuda a su causa. Al preguntársele sobre los cambios del artículo 27 constitucional, responde: “Voy a parafrasear, cosa que para un mexicano siempre es complicada porque nos gusta leer exactamente lo que dice la Constitución”. A eso redujo la tecnocracia el habla priísta, a regañar al torpe mexicano. Se ha pasado del desprecio a la reacción y la subversión, al menosprecio a los nacionales olvidándose que ya tienen voz y voto.
6.- Si algo describe el acabóse de la Era del PRI es Chiapas. Desde 1994 son numerosas las consecuencias funerarias para el PRI del levantamiento del EZLN y del discurso de Marcos. Se derrumbó como un montón de piedras la petulancia primermundista del salinismo; se hizo trizas la confiabilidad de Pronasol; se pulverizó la demagogia que impedía aquilatar el racismo mexicano; cayeron gobernadores y un secretario de Gobernación; se ha protegido con el cerco de la impunidad a los asesinos de Acteal; se ha identificado probatoriamente a los priístas con los organizadores y participantes de grupos militares; se ha recurrido a los procedimientos más mezquinos y viles para desgastar al zapatismo destruyendo toda posibilidad de que en Chiapas se dé el Estado de derecho. Ante el panorama el PRI nada más ofrece un programa atenido a la distribución ocasional de despensas y a la derrama monetaria en beneficio a fin de cuentas de los caciques.
Chiapas es la piedra de toque del fin de la Era del PRI en tanto grupo gubernamental dotado de respuestas –así fueran represivas– a las grandes crisis. El gobierno priísta en más de cinco años no ha examinado con seriedad siquiera una sola vez el problema indígena limitándose a fustigar a los subversivos que manejan “inditos”; no dispone de un político inteligente y flexible para gobernar el feudo o la post-encomienda, y sí en cambio aprovecha a los Roberto Albores de las inmediaciones; no desiste de un plan de militarización regional, pese a los costos de todo tipo; no renuncia a su plan de difamar al obispo Samuel Ruiz, desgastando la intermediación y fortaleciendo o queriendo fortalecer a la extrema derecha clerical.
En síntesis, en Chiapas se escenifica a diario la inhabilidad y el descontrol tan contrario a las astucias de la Era del PRI.
7.- A la Era del PRI la caracterizó la unanimidad. Esto no la dispensaba de pleitos feroces, conspiraciones, intrigas, pero sí exigía en los días de gran beligerancia (la campaña henriquista, el auge de la insurgencia sindical en 1958, el 68, las elecciones del 88) la disciplina cerrada. En 1968 un diputado priísta defiende con timidez al rector Javier Barrios Sierra y al día siguiente se retracta en tribuna. En las votaciones más ásperas en la Cámara de Diputados, lo más que hacía un priísta amenazado por su conciencia era abstenerse o enfermarse por un día. Apenas se dispone de documentos autocríticos o de simples recuentos (Una excepción: las memorias de Gonzalo N. Santos, documento señero de la cultura de la impunidad). Y algo muy llamativo: a la crueldad del Sistema (así a secas) se respondía por lo común desde el mutismo rencoroso. La sensación de no ser nadie después de haberse creído el Influyente se atenuaba con la jubilación o con puestos menores “pero significativos”. Al ampliarse el mercado político, renacen las esperanzas de los “jubilados” o se considera inútil disimular el resentimiento.
A la Corriente Democrática que encabezan Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez y Porfirio Muñoz Ledo se le acorrala y difama en 1987, forzando su salida. Y las disidencias siguientes son personales aunque constantes y no pocas veces condicionadas por la frustración. Pero se produce un signo de las postrimerías de la Era del PRI: por lo común los desertores del PRI son apreciados socialmente. Sean bienvenidos a la credibilidad o al beneficio de la duda. Y mientras más se acerca el año 2000 más se anuncia el criterio de independencia sectorial o personal. El grupo Galileo, la Corriente Renovadora (que se opone razonablemente a la privatización de la energía eléctrica), el precandidato Manuel Bartlett y las fracciones que se avizoran, aún no concretan la división tan temida, pero sí el remate a precios de temporada de la mentalidad única. Y un PRI diverso es inconcebible.
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Si la Era del PRI vive su término, el PRI, desvinculado de la psicología y el aparato de control que le dieron forma y movilidad, mantiene, sin embargo, sus posibilidades en el año 2000. Pero el nervio está muerto, y al equipo de reemplazo lo integran líderes juveniles como Alejandro Guevara Cobos, intrépido candidato sucesor de lo que se pueda: “El PRI, partido serio y responsable, le da al joven la certeza de que su voz será escuchada. Un buen ejemplo de que quien comienza joven en el PRI tiene amplios horizontes para poder crear, es el líder Mariano Palacios Alcocer, quien desde los 21 años no ha tenido ni un minuto sin estar al servicio de la patria”. (La Jornada, 27 de febrero de 1999).
De partido nacional a errátil coalición de caciques y líderes de sí mismos y sus beneficiarios. El PRI, en sus precoces 70 años de vida, está en franca demolición. Lo sobreviven, y con las mañas razonablemente intactas, los priístas que lamentan que ya nada sea como antes, y aprovechan la oportunidad para invitarlo a votar, como si usted fuera elector rural o de zonas marginadas, este 6 de julio del año 2000 por el Partido Revolucionario Institucional.