En solidaridad con los periodistas agredidos por ser verdaderos periodistas. Pero sólo con éstos.
Es evidente y también de algún modo necesario que los periódicos den cuenta de los hechos excepcionales. Informan, por ejemplo, de los accidentes en las carreteras y no registran que miles de vehículos transitan por aquéllas sin problema alguno. Así es y no podría ser de otro modo. Bien se ha definido como noticia el que un cristiano la emprenda a mordidas contra un perro, y no el que un cuadrúpedo del orden de los caninos hinque los dientes en la carne de un animal racional. En términos generales, un medio de información está en su derecho cuando da cuenta de lo excepcional. Las objeciones al ejercicio de tal derecho aparecen cuando de lo excepcional se hace regla o cuando lo inusitado es artificialmente convertido por el lenguaje, la ubicación de la información, el título o la interpretación del sucedido en un drama, en una tragedia. A esto se le llama “sensacionalismo” y se distingue de la información en que el propósito de su presentación consiste en estimular –es decir, irritar, divertir, atraer con maña– al lector, no en hacerle saber lo que sucedió.
¿Ejemplos? Sobran. Una bomba que estalla en una tienda londinense suele contar con un título como “Pánico en Londres”, cuando los habitantes de esta ciudad siguen viviendo, trabajando, transitando y comprando. La salida de algunos militantes de un partido político obtiene las más de las veces el calificativo “desbandada” y la institución es presentada como en “guerra civil”. Si las discusiones de una mesa de redacción fueran “reporteadas” y “cabeceadas” con el criterio sensacionalista que se emplea para presentar otros sucedidos, resultaría que cada noche habría en los diarios una “insurrección” y semana a semana, en los hebdomadarios, la “derrota” del director o la “humillación” de los redactores, según quién o quiénes hubiesen logrado hacer prevalecer su punto de vista.
El sensacionalismo paga. Al menos en lo inmediato. La receta funciona hasta que la gente deja de creer en lo que escucha o en lo que lee. En el límite, es la desgracia misma de los medios porque llega el momento en que todos acaban por caer bajo la condena general: “inventan todo”. Cotidianizar la exageración sensacionalista equivale a suprimir lo excepcional, lo significativo, el “signo de los tiempos”. Si todo es excepcional, nada lo es.
De aquí el cuidado que quien esto escribe trata de imponerse a la hora de redactar y la repugnancia que le generan las desmesuras patentes en muchos de los medios que, supuestamente, se dedican a informar. La proliferación de páginas y programas de “nota roja” me indigna y asquea. La complicidad de un número creciente de políticos con la teatralización periodística de la política me irrita. A este respecto, Piero Ottone, quien fue director del Corriere della Sera, opina: “Los discursos de los hombres políticos no son referidos del modo orgánico que permite entender lo que en realidad dijeron, sino despedazados y en fragmentos, en frases incompletas que se intercalan aquí y allá en un texto que pretende ser un ensayo literario del periodista, una reconstrucción suya de la atmósfera y del estado de ánimo de los presentes. Cuento, literatura, teatro, ficción: todo menos periodismo… Son los periodistas quienes piden la entrevista… son los políticos quienes colaboran con entusiasmo…”
Consciente de todo lo anterior, me atrevo a sostener que, en la Ciudad de México, la atmósfera sociopolítica que respiramos se vuelve cada día más densa. Y no porque los medios la inventen. Los asaltos son cada día más numerosos, las agresiones también. Las pandillas actúan de modo tan abierto que sus fechorías han sido filmadas “en vivo” por las mujeres y los hombres de la televisión. Los actos de justicia por propia mano comienzan a ser habituales. Las ejecuciones –sean obra de policías o de criminales que “ajustan cuentas”– son perpetradas de manera que se sepa: los medios se convierten en transmisores de mensajes tan siniestros como reales. A las debilidades de los informadores se suma la utilización de aquéllas por los emisores de recados sangrientos. Un círculo vicioso, viciosísimo.
Pero hay más. A nadie extrañan, aunque a todos subleven, la ineficiencia y la corrupción de las instituciones encargadas de prevenir, perseguir y juzgar el delito. Los poderes del Estado exhiben signos más que diarios de capitulación frente a la clandestinidad armada, de irresponsabilidad frívola ante ésta, de tibieza para combatir la penetración del dinero que mueve los platillos de la balanza de la justicia en el sentido que quieren sus dueños, de superficialidad en el ejercicio de una función legislativa tan altanera en la “oposición” (¿puede llamarse con seriedad opositores y tomarse por tales a “partidos” como el Ecologista y el del Trabajo?) como irracional en el PRI, de ineptitud para dar la batalla a los narcotraficantes –ya con las manos dentro del aparato mismo del Estado–, de descuido multiforme en relación con el respeto a las leyes… que no sorprende el creciente aplauso a los “justicieros” privados ni el repudio en aumento a las instancias dedicadas a resguardar la reverencia debida a los derechos humanos. Por esta pendiente se desciende primero a la simpatía por el autoritarismo y, más adelante, a su búsqueda e incluso a su promoción. A lo anterior súmese lo que de mala fama se han ganado por ellas mismas las fuerzas armadas y lo que de humillante se les ha impuesto como tributo al maquiavelismo político menos eficiente.
La realidad y su descripción, la información que trivializa la excepción y deforma los hechos, la insensata festividad política e informativa montada y estimulada frente al deterioro progresivo de las instituciones, el delito y el sensacionalismo con que es presentado hacen denso y tenso el ambiente. Las malas borracheras llevan a las pésimas crudas. Todavía no es tarde para señalar que la cantidad y la calidad de este aire son responsabilidad de todos.








