Lara Zavala, Hernán: Después del amor y otros cuentos. Joaquín Mortiz, 1994.
¿Cuántos cuentistas de valía tenemos entre nosotros? ¿Cuántas editoriales apoyan este género? Pues el lector acaso lo sabe o sospecha: parte de la nueva pobreza del país es cerrar o estrechar las puertas a los géneros literarios de “difícil salida comercial”… cuento, poesía, ensayo… Joaquín Mortiz reincide en su hábito, arrojo o creencia de publicar literatura de supuesta baja demanda. Reincide en el cuentista Hernán Lara Zavala, autor que ha incurrido en novela y ensayo pero parece mucho mejor instalado en el país del cuento. Su tercer volumen, recién salido, lleva por título su consigna: contar lo que pasa Después del amor. Con lo que se esboza una especie de tríptico donde cada panel aborda un modo de las desdichas humanas. Ahora es el turno, en esta época que nos suena a epílogo de algo y desencadenamiento de novedades sociales, de contar lo que pasa en la famosa separación de los (ex) amantes.
El volumen es disparejo. Méritos y debilidades de una prosa que sabe contar sus historias, pero que se relaja y tiende a abundar. Una postura narrativa pasa de uno a otro cuento, les crea una comunidad no sé si generacional o afectiva. Es el recurso de narrar desde una tercera persona que toma y usa la lengua –giros, expresiones, coloquialismos– del protagonista. Lo que se llama discurso indirecto libre: cuentos como jogging verbal donde todo va apareciendo dentro del mismo trote estilístico. Esto parece revelar a una generación: una serie de personajes urgidos de ser expresados. No hablan directamente, no dicen su vida, pero el narrador resulta su cómplice, su vocero sentimental. Es como si la función narrativa fuera a permitir una holgada plática. La lengua del narrador involucra referencias de época en varios sentidos: giros verbales, actitudes, hábitos, intereses, etcétera. Esto acerca demasiado entre sí a los relatos. Al grado de que cuando el narrador, que parece ser el mismo en todo el libro, se vuelve vocero de otro tipo de personaje (niños o sirvientas), hay el sano respiro de una unidad excesiva.
Ese narrador-vocero fecha los cuentos. Como que el autor inventa ficciones para testimoniar cómo una generación vive sexo, amor y soledad. En ese orden. Lo que produce, además, un gesto de familiarización: como si ellos mismos nos platicaran los chismes de su corazón. Tal tono narrativo produce éxitos: “La hermana”, “Miedo a la oscuridad”, “Perla ante el espejo”. Y presenta debilidades: a veces el cuento es demasiado prolijo, toma un camino verboso, crece en páginas pero no en tensión; lo que se llama echar rollo. A veces también la naturaleza conversacional gobierna y desdibuja las escenas; más que entregarnos trozos concretos de vida –escenas–, el narrador roza en larga plática las situaciones vividas. Por ejemplo, pienso que “El dilema…” se resiente de esos dos peligros; que “El puerto paralelo” muestra mejor una vida a partir de una especie de escena-plática en gerundio. En “La chica de Newton” me pregunto si no hubiera sido más elocuente una sola escena de la protagonista que platicarnos tantos coqueteos de niña bien. Esto es muy importante; por un lado, el autor tiene sensibilidad natural de cuento, hacer una vida en pocos trazos y situaciones críticas; por otro, complace demasiado la verborrea interior de sus protagonistas. En un punto dado, el narrador habitual está calcando la reprimenda de un padre a su niño; en lugar de ponernos todo sermón, sintetiza con un “etcétera, etcétera”: dan ganas de que más veces se hubiera hecho así en el libro.
La expectativa erótica y las amenazas de ruptura llevan a los protagonistas al borde de sus misterios. No caen en la locura. Pero tiemblan. No el fenómeno del amor sino los susurros. La mayoría de los cuentos privilegian mujeres como protagonistas. ¿Es más fácil exponer con ellas las ilusiones y los temores sentimentales? La mayoría son muchachas excitantes, traviesas, bellas, insatisfechas. El que sean tan parecidas resta variedad al libro y subraya la imagen sentimental del autor sobre las mujeres. Estas muchachas recuerdan un poco a las de García Ponce. Son menos reventadas, pero invariablemente provocan desorden. Además, como en García Ponce, se parecen mucho entre sí.
Hasta ahora, creo que en cada uno de los tres libros de cuentos, Lara Zavala tiene tres o cuatro piezas de gran valía. Duele un poco que los demás sean de menor fuerza. Me gustaría leer algún día el libro que se va sumando de sus cuentos agudos e inquietantes; me gustaría un mayor grado de perfección. La del cuentista es una relojería incesante.








