Tres años después… Mike Tyson: de bravucón de barrio y golpeador de mujeres, a lector de Mao y Voltaire

WASHINGTON, DC.- Cuando las puertas del centro penitenciario juvenil de Indiana vuelvan a abrirse para él, Michael Gerard Tyson encontrará que su mundo, el del boxeo, ha cambiado radicalmente desde que un jurado lo encontró culpable por violación hace tres años. Por lo pronto, el cinturón de campeón mundial de peso completo, que ostentó entre 1986 y 1990, cambió de cintura catorce veces, en las distintas organizaciones boxísticas.
Sin embargo, Iron (hierro) Mike –como se le conoce– dice que él también ha cambiado. La impecable conducta en prisión del único púgil que logró unificar el título de peso completo desde Leon Spinks posibilitó que se redujera a la mitad su sentencia de seis años.
La imagen del súper deportista bravucón e ignorante, que mostraba divertido sus manos esposadas a las cámaras de televisión, parece haberse desvanecido. Quienes han tenido contacto con el peleador cuentan que se ha convertido al Islam; que lee apasionadamente a Mao Tsetung, Maquiavelo y Voltaire, entre otros, y que, si bien espera volver al boxeo, en el futuro buscará cosechar más éxitos humanos que deportivos.
Sin embargo, una de las primeras cosas que verá Tyson cuando deje la prisión de Plainfield, el próximo miércoles 25 de marzo, será una flotilla de limusinas y un grupo de promotores, desesperados por entregarle una carretilla de dinero a cambio de cederles en exclusiva los derechos sobre una eventual pelea con el veterano George Foreman, combate cuyas ganancias pudieran rebasar 200 millones de dólares.
A pesar de haber gastado prácticamente toda su fortuna desde que está en prisión, Tyson no espera ese momento con entusiasmo. “Quiero dinero para mantener a una familia”, comentó el púgil en una entrevista reciente, “pero no para repetir las locuras que hice en el pasado”. Ahora, dice, “sólo añoro mi privacía”.
A sus 28 años, Tyson es un hombre viejo y un boxeador veterano. Tenía sólo trece años cuando empezó a entrenar con el manejador Cus D’Amato, en los altos de la estación de policía de Catskill, Nueva York.
La suya es la historia típica de un púgil: las correrías en su barrio natal, Brooklyn, lo condujeron muy pronto al reformatorio. D’Amato lo adoptó y le enseñó los secretos del box, entre ellos el cabeceo y el opercot, que aprendió a la perfección. A los 17 años, sus promotores le regalaron su primer auto, el de sus sueños, un Cadillac blanco con techo azul.
Mike Tyson apenas cumplía 20 años cuando destronó a Trevor Berbick para convertirse en campeón mundial de peso completo, versión Consejo Mundial de Boxeo. Poco después ganó por decisión a James Rompehuesos Smith y le arrebató el título de la Asociación Mundial de Boxeo. En 1987, días después de su cumpleaños 21, unificó el cetro con una victoria, otra vez por decisión, sobre Tony Tucker, el entonces campeón de los pesados reconocido por la Federación Internacional de Boxeo.
Hasta el 11 de febrero de 1990, Tyson había defendido nueve veces su título, ganando siete peleas por nocaut. Sus victorias –noqueó a Larry Holmes, en el cuarto raund, y a Michael Spinks, en el primero– reforzaban su leyenda de invencible. El así lo decía: “no hay manera de que me ganen; estoy preparado para vencer. Soy el mejor del mundo. A veces yo mismo no quiero creer eso, pero es la verdad”.
Tyson no sólo noqueaba, le gustaba humillar a sus rivales. Al exmedallista de oro de los Juegos Olímpicos de Los Angeles 1984, Tyrell Biggs, lo hizo llorar de dolor luego de mandarlo a la lona en el séptimo raund, en su pelea de octubre de 1987. “Pude haberlo noqueado en el segundo, pero quise hacerlo lentamente, para que lo recordara”, comentó Tyson después de la pelea. En su defensa de febrero de 1989, dejó bañado en sangre, con la nariz destrozada, al británico Frank Bruno. El réferi había parado el combate en el quinto raund.
Fuera del ring, Tyson también adquiría fama de bruto. En 1987 besó a la fuerza a la empleada de un estacionamiento, quien lo demandó y al final tuvo que pagarle 105,000 dólares como compensación. Un año después se separó de su esposa, la actriz Robin Givens, quien lo acusó de golpearla. De acuerdo con el exboxeador José Torres, quien fue amigo de Tyson por muchos años y escribió un libro sobre su vida, el púgil comentó que uno de los mejores golpes de su carrera se lo había propinado a su exesposa, de quien se divorció en 1989. En ese mismo año, al recibir un doctorado honoris causa de la Universidad Central de Ohio, Tyson dijo al auditorio: “no sé qué clase de doctor sea yo, pero al ver a tantas mujeres hermosas aquí, pienso que debo ser ginecólogo”.
La mayor parte de los problemas de Mike Tyson tenían que ver con las mujeres. Después del incidente del estacionamiento, fue demandado decenas de veces por mujeres a quienes supuestamente había hecho insinuaciones sexuales o a las que había intentado manosear en sus múltiples visitas a centros nocturnos y restaurantes.
La señorita Estados Unidos Negra 1990, Rosie Jones, declaró a la prensa que en una ocasión Tyson le había tocado los glúteos y le había susurrado “cosas perversas sobre sexo”. Según Jones, el boxeador se rió cuando ella le reclamó su actitud. Esa vez Tyson fue demandado por 21 millones de dólares por los organizadores del concurso, cuyo representante legal calificó al boxeador de “tocanalgas en serie”.
Natalie Fears, madre de uno de los dos hijos cuya paternidad ha aceptado Tyson, demandó a su vez al boxeador por once millones de dólares, alegando que éste no le había brindado suficiente ayuda financiera.
Según algunos de sus amigos de la adolescencia, Tyson había sido abusivo con las mujeres desde que asistió a la escuela preparatoria de Catskill, aunque nunca se graduó. “El mismo me dijo que le gustaba lastimar a las mujeres… Es la subcultura en la que creció”, narraba José Torres.
Sin embargo, el peleador siempre fue defendido por su promotor, Don King. “El que le gusten las mujeres no hace un perverso de Tyson”, expresaba cada vez que algún periodista tocaba el tema.
El 11 de febrero de 1990 empezó su declive. Ese día, en Tokio, el campeón debía defender su título por décima ocasión contra James Buster Douglas. Tyson llegó a la pelea como el súper favorito. “No hay modo de que Douglas pueda ganarme”, declaraba a la prensa, mientras se entretenía paseando por el zoológico local. Además, se esperaba que Tyson noqueara a su rival en el primer raund.
Como anécdota se cuenta que cuando un agente de inmigración japonés preguntó al reportero de box de la agencia Prensa Asociada, Edward Schuyler, cuánto tiempo pensaba trabajar en el país, éste contestó: “un minuto y 33 segundos”.
Sorpresivamente, el resultado fue distinto. Douglas noqueó a Tyson en el décimo episodio y le arrebató el título.
En julio de 1991, mientras Tyson se preparaba para pelear con Evander Holyfield, iniciando su camino para reconquistar el título, fue invitado a la ciudad de Indianápolis para promover una exposición de cultura afroamericana. Paralelamente a la exposición, se realizaría el concurso anual Señorita Negra Estados Unidos.
Tyson llegó a Indianápolis el 17 de julio. Al día siguiente visitó a las participantes del concurso y grabó un musical con ellas. Esa noche paseó en su limusina con la concursante Desiree Washington, una universitaria de 18 años. Ambos fueron después al cuarto de Tyson, en el hotel Canterbury.
Dos horas más tarde, cerca de las cuatro de la madrugada del 19 de julio, el púgil decidió que era tiempo de dejar la ciudad; canceló una visita que debía realizar más tarde a la cárcel del condado de Marion con el político y reverendo Jesse Jackson, y enfiló hacia Cleveland.
Dos días después, el organizador del concurso de belleza se comunicó con el presidente de la exposición, el reverendo Charles Williams, para decirle que una de las participantes decía que Tyson la había violado. El nombre de la supuesta víctima se mantuvo en secreto al principio, aunque la noticia llegó muy pronto a los medios de comunicación. La policía local ya estaba investigando.
Luego de posponer su pelea con Holyfield, programada para el 8 de noviembre de 1991, Tyson fue llevado a la corte. Si bien se hizo público en el juicio que Desiree Washington había decidido ir al cuarto del boxeador y que tuvo muchas oportunidades de salir de ahí, Tyson fue encontrado culpable de haberla violado. El 26 de marzo de 1992, la juez Patricia J. Gifford condenó al púgil a diez años, por violación, y a otros diez, por conducta criminal. Luego redujo cuatro años a cada sentencia y ordenó que las condenas se cumplieran simultáneamente. Asimismo, negó la libertad a Tyson mientras una instancia judicial superior resolvía sobre la apelación de la sentencia, y lo obligó a pagar una multa de 30,000 dólares, más 113 dólares por servicios de la corte.
Camino a la prisión, Tyson mostró sus manos esposadas a las cámaras de televisión e hizo un gesto irónico. Cada vez que un noticiario informaba sobre la situación legal del boxeador, se repetía la misma imagen.
A los 25 años de edad, Tyson había dejado de ser el súper estrella del boxeo; aquel que había ganado cerca de 80 millones de dólares en un lustro, se había convertido en el preso 922335. Pese a la posibilidad de salir de la cárcel en tres años, por buena conducta, los expertos consideraban que Tyson no podría regresar fácilmente al boxeo. Alegaban que la comida de la prisión no lo ayudaría a mantenerse en forma y que el tedio lo destruiría anímicamente; además, pronosticaban que Tyson no alcanzaría los beneficios de la liberación anticipada. Por si fuera poco, el sistema penitenciario de Indiana no permite la práctica del boxeo en sus centros de reclusión.
Tres años después, Tyson ciertamente parece haber sufrido una transformación, aunque en sentido opuesto al que se esperaba, de acuerdo con quienes lo han visitado recientemente.
El año pasado, el peleador concedió una larga entrevista al escritor Pete Hamill, que se publicó en la revista Esquire.
Según Hamill, Tyson entró en la prisión pesando 113 kilogramos y ahora pesa menos de 100. “Su estómago está plano como una mesa y sus brazos están fuertes como una piedra”, relató el escritor. “Sí, estoy en buena forma –comentó Tyson–, pero no para boxear”. El peleador dijo que todos los días realizaba una rutina autoimpuesta de gimnasia, pesas y boxeo de sombra. Pero contó que su principal ejercicio era el intelectual. Cuando entró en la prisión, según dijo, ni siquiera sabía qué eran porcentajes y quebrados.
Gracias a las enseñanzas de un profesor visitante, Muhammar Siddeeq, y los consejos de otro preso, aprendió eso y mucho más. En sus brazos lleva sendos tatuajes con los rostros del tenista negro Arthur Ashe, quien murió de sida, y de Mao Tsetung.
Tyson se ha inspirado en la vida de ambos. Y ha leído decenas de libros: obras de Mao, Voltaire, Maquiavelo, Tolstoi, Hemingway; biografías de Carlos Marx, Genghis Khan, Alejandro El Grande, Oliver Cromwell; historias de la Revolución Haitiana y de la mafia neoyorquina, entre otros volúmenes.
Por influencia de Siddeeq se convirtió al islamismo, renegando de la religión católica, en la cual fue bautizado, y del protestantismo bautista, que adoptó como un favor al promotor Don King. “Creo en el Islam; me ha dado una gran dosis de conocimiento”, dijo a Hamill. Ahora reza cinco veces al día y, pese a tener “boca de marinero”, ha reducido la cantidad de groserías de su vocabulario “a 50%”. Añadió: “ser musulmán tal vez no me haga un ángel en el cielo, pero sí me convertirá en una mejor persona”.
Si bien Tyson sigue sosteniendo que no violó a Desiree Washington, confiesa sentir vergüenza por su actitud del pasado:
“Hacía muy mal en deshumanizar a mis oponentes, diciéndoles las cosas que les dije y haciéndoles las cosas que les hice. Quisiera decirles que lo lamento profundamente y que agradecería su perdón.”
También dice estar arrepentido de su trato hacia las mujeres: “a veces me escriben para recordarme cosas locas que dije en un centro nocturno. Y sé que lo dije, porque ése era mi estilo. Entonces sólo pienso: `¡caramba!, ¿en qué demonios estaba pensando cuando dije eso? Decirle eso a otro ser humano…'”.
Dice extrañar “cosas muy básicas… Sólo quiero tener privacía. Estar con la gente, manejar mi coche sin prisa ni destino, platicar toda una madrugada”.
Y no extraña “todas esas locuras. Era todo irreal. `¿Quieres ir a París, a Rusia?’ `Claro, ¿por qué no?’… Tuve mil mujeres, la mejor champaña, los hoteles más elegantes, los mejores coches, las mejores comidas y todo eso sólo me condujo aquí”.
No niega querer regresar al box –”soy un peleador; nací para eso”–, aunque dice que el dinero que pueda ganar de ahora en adelante será para mantener a una familia.
En la entrevista con Hamill, agregó: “al final, así es como quiero que se decida qué tipo de hombre fui. No por cuántos boxeadores pude noquear sino por cómo cuidé a mis hijos, cómo aseguré que fueran a la universidad, que tuvieran buenas vidas y no cuentas con la justicia. Y que se hable de lo que les enseñé sobre la vida, sobre el carácter… Cuando uno muere, lo único que importa es ese guión que divide las dos fechas, la del nacimiento y la de la muerte, que se ponen sobre las lápidas de las tumbas. Ese guión es tu vida.
“Sé que cuando salga de aquí, voy a hacerme cargo de mi propia vida. Antes se la dejaba a otros, a Cus D’Amato, a Don King, a cualquiera. Pero eso lo haces cuando eres niño. No puedes hacer lo mismo como hombre.”