La revolución en crisis, que lleva por subtítulo La aventura del maximato, del investigador y politólogo Arnaldo Córdova, estará en librerías este mes bajo el sello de la casa editora Cal y Arena. Los siguientes son fragmentos escogidos por Proceso del volumen entregado por el autor. Fueron eliminados los pies de página, por razones de espacio.
En las horas que siguieron al magnicidio, Calles respondió a las presiones de los obregonistas dejando por entero en sus manos la investigación del crimen, por lo cual comenzó por sustituir al antiguo jefe de la policía por un obregonista furibundo; pero sabedor de que ésta era una solución a medias, Portes Gil logró convencer al presidente de que rompiera con sus colaboradores laboristas en el gobierno, lo que equivalía a dejar al moronismo, en lugar de Calles, a merced de las furias obregonistas. El primer efecto de esta política fue descargar a Calles de toda culpa en el asesinato del caudillo, desviando las tensiones y los deseos de venganza hacia los laboristas que, así, se convirtieron en los chivos expiatorios. Pero ello era también sólo un paso inicial en la estrategia de la conciliación. El objetivo final debía consistir en lograr que todos los grupos revolucionarios aceptaran el liderazgo de Calles; pero esto, por supuesto, no dependía únicamente de los grupos sino, y ante todo, del propio general Calles: hasta entonces había jefaturado uno de los dos grandes bloques que ejercían el poder y, para ello, se había hecho de fuerzas sociales y políticas de apoyo que obedecían directamente a su mando personal y que se contraponían a las que integraban el otro bloque, dirigido personalmente por el caudillo asesinado; una jefatura revolucionaria única, como era obvio, imponía el que el nuevo jefe de la Revolución no contara con fuerza alguna exclusiva de él, es decir, que de jefe de una facción pasara a ser jefe de todos los revolucionarios por igual. El problema era, naturalmente, el saber si Calles estaba dispuesto a romper sus ligas con los grupos que le habían seguido hasta entonces, en especial, con la CROM, que ahora era víctima de la persecución de los obregonistas. Como no podía ser de otra manera, Calles se resistió hasta el último a romper con sus allegados; pero el que hubiera aceptado purgar su gobierno de laboristas despejó el camino para que su liderazgo se impusiera rápidamente en el campo revolucionario.
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Por lo pronto, el ejército no se movió. Estimulados por comandantes militares, como los citados Amaro, Cárdenas y Almazán, que muy pronto se hicieron cargo de la nueva situación con un gran sentido de responsabilidad, los generales aceptaron esperar y con ello se nulificó el efecto que la rebelión militar, como vía tradicional de acceso al poder, podía tener en adelante. Desde luego, las acusaciones a Calles, haciéndolo responsable del asesinato del caudillo, no desaparecieron del todo, pero su jefatura única muy pronto comenzó a ser aceptada sin condiciones.
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Una vez que se esfumaron los barruntos de tormenta y justamente en los momentos en que más se afianzaba su autoridad, el presidente Calles asestó un golpe definitivo a la política caudillista y a la tradición que representaba en México, con su célebre Mensaje Político del primero de septiembre de 1928, al rendir su último informe de gobierno. En dicho Mensaje, que de inmediato impuso ley entre todas las fuerzas políticas del país, Calles proporcionó una definición acertada del panorama político que se había venido desarrollando luego de la desaparición del caudillo y bosquejó, al mismo tiempo, la recomposición de fuerzas que la tragedia había traído aparejada y a la que todo mundo debería atenerse en el futuro. Pocos documentos emitidos por líderes políticos han tenido tan vasto seguimiento en la política mexicana como el Mensaje de Calles. Habrían de venir todavía los días de Cárdenas en la Presidencia de la República para que la nación pudiera volver a escuchar alegatos de tal energía y claridad política a favor de la institucionalidad y el cambio pacífico en una coyuntura difícil y peligrosa. En realidad, fue precisamente el general Lázaro Cárdenas el verdadero heredero del Mensaje de 1928 y el más decidido realizador de sus postulados, mucho más, como tendremos oportunidad de constatarlo, que el propio Calles en los años que siguieron.
Calles se dirige a la nación, desde luego, en su calidad de presidente de la República, pero ante todo como el nuevo jefe reconocido de todos los revolucionarios y su primer acto es hacer una definitiva rendición de cuentas con el fenómeno del caudillismo. Lamenta varias veces la desaparición del caudillo, todo entrega, todo honestidad y todo patriotismo, pero estima, sin ningún ocultamiento, que con todo y lo lamentable que resulta, es también un hecho positivo, pues ofrece por primera vez en la historia la posibilidad de que México no dependa más de hombres “necesarios y únicos”.
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Calles admite que la tónica general de la política mexicana ha sido hasta entonces el predominio de la violencia y, aunque no lo dice expresamente, deja suponer que ello se ha debido, justamente, a la acción de los caudillos. La violencia, a su vez, ha generado un hecho que ahora vuelve a amenazar al país, vale decir, “la intolerancia política llevada al extremo y el dominio absoluto de un grupo, que como conjunto humano tiene el peligro de convertirse por sus tendencias, sus pasiones o sus intereses, en facción”. La muerte del general Obregón, según Calles, presenta, “a la totalidad de la familia mexicana, la oportunidad, quizás única en muchos años…, de hacer un decidido y firme y definitivo intento para pasar de la categoría de pueblo y de gobierno de caudillos, a la más alta y más respetada y más productiva y más pacífica y más civilizada condición de pueblo de instituciones y de leyes”, y esboza para México la instauración de una sociedad plural en cuyas instituciones todos los intereses sociales y grupos políticamente organizados encuentren una representación adecuada, en igualdad de condiciones y de derechos, incluidas las fuerzas reaccionarias que se oponen a la Revolución y sus conquistas.
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En 1928, en los días en que ocurrió el asesinato de Obregón, Cárdenas era ya uno de los divisionarios más prestigiados del ejército y, por ello mismo, un prospecto político al que nadie podía darse el lujo de ignorar. Entre los altos jefes militares a los que en el hotel Regis el general Calles les pidió que apoyaran la designación de Portes Gil como presidente provisional, había tres que eran ya los más importantes de la jerarquía castrense: Amaro, Almazán y Cárdenas, en ese orden, siempre que, por supuesto, no nos olvidemos de que por encima de todos estaba el propio Calles. Cómo se había ganado Cárdenas ese prestigio, se debía, evidentemente, a dos factores: uno, había sido toda su vida un militar ejemplar, que había participado en muchos hechos de armas (algunos no tan afortunados) y que, prácticamente, no había salido de los cuarteles; otro, el ser desde muy joven un seguidor constante y fiel del general Calles, del que aprendió a ser militar y, lo más importante, el arte de la política que, en aquellos tiempos, se movía casi por entero bajo la ley de la selva, lo que resulta todavía más meritorio. Toda su vida, aun después de romper con él, el hombre de Jiquilpan guardó una devoción y un afecto hacia Calles que nada ni nadie pudieron manchar. Se consideraba, con toda sinceridad y con absoluto reconocimiento, su discípulo. El sonorense, seguramente, lo sabía. Por ello, nunca obstaculizó su carrera política. Varias veces lo menospreció, sobre todo cuando fue el amo indiscutible de la política mexicana, y, para su infortunio, lo tuvo que pagar demasiado caro. No se dio cuenta de ello sino cuando el discípulo lo destruyó políticamente de un solo golpe. Entonces debió haber reflexionado sobre sus costosos errores de apreciación.
Una virtud indiscutible de Cárdenas fue siempre que a cada uno de los puestos que ocupaba les sacaba todas las ventajas que podían ofrecerle, tanto en el ejército como en la política. Como jefe de operaciones militares en distintas regiones del país, buscaba no sólo cumplir escrupulosamente con sus funciones, sino aprender siempre de las realidades del país; observador nato de los hechos de la vida cotidiana, no había detalle que no guardara en la memoria de todo lo que veía o vivía; la vida castrense lo curtió como revolucionario y, llevándolo de un lugar a otro por toda la república, le permitió obtener una justa dimensión de los grandes problemas de la nación y de su pueblo. Como miembro de la alta jerarquía militar, la principal fuerza política en aquellos días, supo tejer relaciones personales que fueron un tesoro para los tiempos venideros y, sobre todo, afinó su sentido de la política, logrando colocarse en todo momento en las esferas en las que se tomaban las grandes decisiones, siempre cuidando de lo que era vital para él, sus relaciones personales con Calles, incluso cuando éste se hallaba en graves dificultades, como, por ejemplo, cuando ocurrió el asesinato de Obregón. Como gobernador de Michoacán, sacó partido de su puesto para identificarse con y, al final, convertirse en abanderado de las fuerzas revolucionarias en todo el país que deseaban un cambio en la política nacional. Fue desde ese puesto que labró su futura carrera por la Presidencia de la República, desde el que elaboró su estrategia política y sus ideas fundamentales sobre el modo en que debían resolverse los problemas nacionales y conducir a las fuerzas revolucionarias a la reestructuración del Estado y de la vida política. No fue un mero caso el que se le sacara de sus funciones como gobernador para llevarlo a desempeñar cargos de importancia nacional. Y en 1929, sencillamente, no se podía hacerle menos en la política nacional, ni como militar ni como político, que, en esa época, no debe olvidarse, eran casi la misma cosa. El que comenzara a destacarse, desde el gobierno de Michoacán, como un político que se debía por entero a los ideales revolucionarios, por sus pronunciamientos y por sus iniciativas de gobierno, que a muchos incomodaban, incluido el general Calles, no sólo no lo indispuso con los grupos gobernantes, sino que le permitió convertirse en abanderado de todos los que deseaban lo mismo y no se atrevían o no tenían fuerzas suficientes para hacerlo. El resultado fue que, cuando se puso en disputa la sucesión presidencial, a principios de 1933, Cárdenas, lo quisiera o no el jefe máximo, casi no tenía rivales. Tal era la fuerza política que había logrado y la identificación que ahora lo ligaba a un entramado de grupos políticos y sociales que estaban empujando enérgicamente por el cambio a lo largo y ancho de todo el país.








