El libro me llegó recién salido de prensas. Había tenido la oportunidad de verlo antes, privilegio que agradezco públicamente a su autor, y di entonces a don Julio Scherer García una primera opinión: el estilo es admirable, lo que casi resulta una tautología tratándose de quien ha hecho de la buena pluma oficio que perfecciona una vocación personal. Sí. Lo reitero: la obra se lee de un tirón, una y otra vez, y se imagina en cada ocasión la mirada viva, penetrante, puesta en las cuartillas como la pone en los ojos de cualquier interlocutor. Mirada como el cielo de la Asturias a la que cantan Ana Belén y Víctor Manuel: “vertical e inquebrantable”.
Diría más, el estilo de Estos años –Editorial Océano, 105 páginas– es vehemente. Duro debajo de la tersura literaria. Diría que durísimo, si no supiera que el autor puede ser más duro aún y que tal vez la forma libro lo obliga a contenerse. Lo sé porque he hablado decenas de veces con don Julio. Nuestra difícil relación periodista con político, colaborador con director, se rige por la amistad que obedece a su vez a una norma dada por una canción yucateca: “… no me tengas compasión que yo no te la tendría…”. Bien ha escrito Jean Daniel en Le Nouvel Observateur que entre el que verdaderamente informa y el que realmente hace política no cabe el matrimonio, pero sí algo parecido al concubinato.
Estos años es, además de una pasión narrada ejemplarmente, una historia de encuentros y desencuentros entre el director de Proceso y un presidente de la República. Es también, como marco interminable de esa carrera de obstáculos, la obsesión de un periodista que no cesa de denunciar oportuna e importunamente un despojo: el de Excélsior. Es asimismo el homenaje de un periodista famoso a otro periodista famoso: el del mexicano Scherer García al uruguayo Carlos Quijano, inolvidable varón de la letra impresa, de la valentía y del rigor frente a la dictadura, fuese charrúa o caribeña. Y es además la complacencia en mostrar las relaciones y las amistades de quien, por sus propios méritos, puede hablar por teléfono, cenar, desayunar o deambular por oficinas o por haciendas con quien quiere, cuando quiere y pasar por todos esos sitios con ojos y voz escrutadores, implacables, guardar recuerdos, recoger ambientes y traducir todo a fórmulas breves, a veces lapidariamente límpidas y en ocasiones crípticas, insinuantes. Acaba uno pensando que el autor sabe mucho más de lo que dice.
No comparto algunos modos de entender y ejercer el periodismo que, en Estos años, son defendidos por el autor explícita o implícitamente. Soy de los que creen y tratan de practicar, como periodista y como político, un respeto pudoroso por la vida privada de las personas, incluso cuando éstas actúan en ámbitos públicos. Me parece, y lo he discutido varias veces con el autor, que tal actitud no puede ni debe depender de lo que hacen tales personas sino de eso que, con alguna raíz heideggeriana, llamaría el cuidado –la “cura”, diría el existencialista alemán– por los otros, por el hecho de ser otros. Me parece que nadie debe ser espiado ni por policías ni por periodistas y, menos, que se deban airear por razón alguna los resultados del espionaje. Ni siquiera los de la observación casual. Hay formas de periodismo –especialmente norteamericanas y británicas– que juzgo inaceptables.
Los años a que don Julio llama sencillamente “estos” han sido de crisis graves y sucesivas. Paul Ricoeur ha escrito que lo típico, lo esencial de las crisis es que, en ellas, los hombres dejamos de tener capacidad para encontrar nuestro lugar en el espacio y en el tiempo, en la vida personal y en la social, y que el punto de partida para salir de aquéllas es el de llegar a percatarnos de lo intolerable. El libro del director de Proceso tiene, para mí, la virtud de que nos muestra un conjunto de “intolerabilidades”, entre las cuales yo incluiría también –y es mi crítica– el periodismo de escándalo, de insinuación, de titulares que desbordan el contenido de las notas mismas, de intromisión en la vida privada. El libro es un paseo por todas éstas, las que me parecen insoslayables y las que preferiría no se incluyeran en la lista. Pero, evidentemente, en la medida que pone al lector a veces brutalmente frente a lo que no es legítimo soportar, es uno de los elementos –breve y bueno– que pueden ayudarnos a todos a reubicarnos.
Y, también siguiendo a Ricoeur, Estos años ofrece otro de los elementos para salir de la crisis, de la desubicación generalizada que nos carcome: el de la convicción que, en el caso del autor, es la de un periodista full time job –se le ha llamado a Julio Scherer “el único reportero de Proceso” y sé que muchos de sus excelentes colaboradores aceptan de buen grado lo que parecería ser ofensivo para ellos– convencido de que no puede transigir con el poder nunca, ni siquiera cuando éste tiene aciertos parciales. Por esa convicción y el lenguaje, y el estilo, y la garra, lo admiro y admiro su libro, incluso en sus, a mi juicio, excesos.
Y es que, con Ricoeur, pienso que “la convicción es la réplica a la crisis: mi lugar me queda asignado, la jerarquización de preferencias me obliga, lo intolerable me transforma de fugitivo o de espectador desinteresado en hombre de convicción que descubre al crear y crea al descubrir”.








