Militares guatemaltecos contribuyen a cerrar el cerco. Con los refugiados, en la Selva Lacandona: ¿Cuál es la paz que quiere el gobierno? El ejército nos viene a joder…

SELVA LACANDONA.- Un estrecho candado militar, que se extiende por los municipios de Las Margaritas, La Trinitaria y Ocosingo, impidió el éxodo de miles de habitantes de la Selva Lacandona que intentaron cruzar la frontera con Guatemala, para escapar de la zona en conflicto, atemorizados por el aparatoso despliegue de soldados mexicanos que ingresaron en el área, antes bajo control del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Cerrado el paso, los indígenas desplazados deambulan por la selva, en su mayoría alejados de los campamentos militares, mientras que otros quieren permanecer escondidos en lugares “cercanos” a sus comunidades, como los habitantes de La Realidad y Morelia, que resisten en espera de que se retiren los soldados.
Testigo y víctima de la ofensiva y el éxodo indígena, la actriz Ofelia Medina narra la pesadilla indígena. Modulando la voz, imitando al presidente Ernesto Zedillo, la artista dice: “el ejército está para proteger a la población”.
Retomando su propio tono, enfatiza: “¡no, qué va! Paradójicamente, lo que están haciendo los militares en Chiapas es sembrar el terror, provocando que miles de indígenas huyan despavoridos a la selva, donde corren el peligro de morir de hambre o enfermedades”.
Ella misma tuvo que vivir la experiencia de refugiarse en la montaña, con la población de esta comunidad, “para evitar que el ejército federal me detenga. Y es que aquí, en medio del monte, todos somos zapatistas… todos somos transgresores”.

CORDON FRONTERIZO

El cordón militar, reforzado del lado guatemalteco con la presencia de al menos 8,000 soldados –con instrucciones precisas de impedir el ingreso de mexicanos–, se tendió para evitar la presencia de refugiados en territorio guatemalteco.
En enero de 1994, cientos de campesinos mexicanos cruzaron la frontera y algunos de ellos permanecen aún en la aldea El Quetzal, distante unos 500 metros de Xicoao, poblado mexicano abandonado por sus pobladores.
Durante un recorrido por la zona limítrofe entre ambos países, a donde sólo fue posible llegar en helicóptero, pudo constatarse que miles de indígenas y campesinos que habitan las aldeas cercanas a la frontera con Guatemala, al no poder cruzarla, tuvieron que emprender un éxodo interno. En ese caso se hallan los pobladores de Nuevo San Juan Chamula, Tres Lagunas, Laguna Azul, Egipto, Amparo Aguatinta y Xicoao.
Francisco Paiz Espinoza, refugiado guatemalteco que vivía en el campamento San Lorenzo, en el municipio de La Trinitaria, retornó a su patria el 9 de febrero, cuando el ejército mexicano comenzó a penetrar en la zona en conflicto. Cuenta:
“Cuando empezaron a sobrevolar los aviones y comenzó a llegar el ejército, todos se fueron. Así nada más, con lo que tenían puesto. Agarraron p’al monte y muchos jalaron p’acá, a Guatemala, pero los militares no los dejaron pasar. A nosotros no nos dijeron nada ni nos hicieron ningún mal, para qué le voy a decir mentiras, pero la gente estaba muy asustada. Casi todos se fueron, a saber a dónde, porque según nos dijeron los militares registraron las casas y detuvieron a varias personas para indagar si eran zapatistas.”
Entrevistado en Popobajtic, un asentamiento de repatriados guatemaltecos situado a pocos metros de Santiago el Vértice, una población mexicana cercana a las Lagunas de Montebello, donde comienza el cerco militar fronterizo tendido por los dos ejércitos, Paiz Espinoza agregó: “antes de que entrara el ejército, la gente que vive en el lado mexicano venía casi a diario, porque nosotros compramos nuestras cosas allá, del otro lado, y ellos compran acá, pero ahora ya no viene nadie. Todos agarraron p’al monte, se fueron a las montañas. Es triste lo que está pasando, porque hace 13 años nosotros tuvimos que hacer lo mismo. La gente sabe que cuando entra el ejército, nadie está a salvo, y por eso mejor jalaron p’al monte”.
En opinión del coordinador de la Comisión Especial de Atención a Refugiados (CEAR) en Huehuetenango, el guatemalteco Oscar Orellana, los militares mexicanos buscaron evitar la existencia de refugiados mexicanos. A condición de que no se grabaran sus declaraciones, Orellana agregó: “no podemos callarlo. Conté alrededor de 120 tanques militares ingresando en la zona, y eso psicológicamente espanta a la gente”.
Según el directivo de la CEAR, encargado de coordinar la repatriación de los refugiados guatemaltecos que viven aún en territorio mexicano y de brindar asistencia a los refugiados mexicanos que eventualmente ingresen en Guatemala, el avance de las tropas mexicanas sobre las posiciones del EZLN no sólo atemorizó a la población mexicana sino que aceleró el retorno de varias familias guatemaltecas.
Es el caso de 40 familias de refugiados que vivían en los campamentos de Ocotal I, San Lorenzo y Antela, situados en el municipio de La Trinitaria, que retornaron en dos grupos: el primero, el 19 de octubre último; el segundo, el 9 de febrero de este año, para fundar Popobajtic a la orilla de la línea fronteriza.
Otras 13 familias de refugiados guatemaltecos que vivían en el campamento Poza Rica, en el municipio de Las Margaritas, el miércoles 15 regresaron “porque los militares mexicanos estaban llegando a las comunidades”, según dijo a Proceso José Francisco Gemelo, uno de los padres de familia repatriados por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados.
Por otra parte, 11 jefes de familia mexicanos el domingo 12 de febrero lograron burlar el cerco militar y llegaron a la cabecera municipal de Huehuetenango, distante 282 kilómetros del límite internacional, donde el coordinador de la CEAR tuvo “contacto accidental” con ellos.
“Les ofrecí techo, abrigo y alimentos, pero los vi bastante reacios y esquivos. El más comunicativo de ellos, que dijo llamarse Matías Sailón, me confió que habían salido de Nuevo San Juan Chamula y Egipto, pero que el ejército mexicano había impedido cruzar la frontera al resto de sus familias. Sospeché que andaban en busca de alimentos para la gente. Según me dijeron, la situación estaba bastante tensa y muchos estaban viendo la posibilidad de ingresar en territorio guatemalteco”, confió Orellana.
De manera extraoficial, Orellana dijo tener conocimiento de que en la aldea Yalcaxtan, municipio de Nentón, Guatemala, se habían refugiado 106 mexicanos, entre ellos 17 adultos y el resto mujeres, ancianos y niños. De forma oficial, la embajada mexicana en Guatemala desmintió que existieran refugiados mexicanos en suelo guatemalteco. Un informe elaborado por el cónsul de México en Quetzaltenango, Javier Cerritos, asegura que luego de haberse entrevistado con autoridades civiles y militares, así como con pobladores de las localidades de Las Palmas, La Trinidad, Gracias a Dios, El Quetzal, La Ciénega y Xalacastan, “no existen elementos que hagan suponer el ingreso de familias mexicanas procedentes de los Altos de Chiapas, con motivo de las recientes operaciones efectuadas en esa zona por parte de la Procuraduría General de la República y del ejército mexicano”.
El mayor Oscar Eduardo Aragón Cifuentes, del grupo élite antiguerrillero Kaibil, destacamentado en la base militar de Huehuetenango, señaló: “las instrucciones del alto mando castrense son evitar el ingreso de mexicanos en territorio guatemalteco. Si vienen armados, les gritamos: `alto, arriba las manos’; si obedecen nuestra voz de mando, los capturamos y los entregamos al gobierno mexicano; si nos responden con fuego, les damos reata, porque son delincuentes terroristas, igual que los de la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca)”.

MORELIA

En Altamirano, la situación parece más apremiante. En torno de cinco chozas de barro y paja situadas entre las montañas, unos 600 indígenas –niños, mujeres y hombres– se refugiaron aquí desde el 10 de febrero, después de que tuvieron que dejar sus comunidades “por miedo al ejército federal y a los bombardeos”.
Casi no tienen alimento –sólo frijol y maíz–, y sus escasas pertenencias les caben en una bolsa de plástico o una mochila. Los rostros se ven demacrados y su salud, de por sí precaria, se ha deteriorado por el ayuno y “las malas noches” en el monte, donde duermen a la intemperie. Según ellos, hay un brote de cólera en el lugar y esta enfermedad “podría comenzar a matar niños”.
Los que ahí se encuentran salieron caminando desde el ejido Morelia, pasaron por Lázaro Cárdenas, Venustiano Carranza y El Bambú, y de ahí llegaron hasta esta ladera de la montaña que les sirve de cobijo.
Según su versión, huyeron después de escuchar una fuerte explosión, que creen fue una bomba que estalló en las inmediaciones del ejido Morelia. A su paso, se les sumaron campesinos de otras comunidades. De acuerdo con sus cálculos, los indígenas que están viviendo en el monte, sólo de esa cañada –la tzeltal–, son más de 6,000, procedentes de los municipios de Altamirano, Las Margaritas y Chanal.
Cuentan que decidieron abandonar sus comunidades porque el año pasado, el 7 de enero, el ejército llegó al ejido Morelia y detuvo a siete personas, de quienes tres aparecieron después muertas.
“No queremos que nos pase lo mismo, ni a nosotros ni a nuestros hijos”, dicen con el llanto asomando en los ojos. “Por eso nos salimos, porque tememos al ejército, más ahora que ya comenzó a bombardear”.
El viaje para llegar hasta este lugar es largo y pesado. Los vehículos únicamente pueden llegar hasta Venustiano Carranza, porque a unos 500 metros del lugar el camino está lleno de zanjas. Cerca de la comunidad de Lázaro Cárdenas, en un rancho llamado Yashalom, unos 1,000 soldados se encuentran acampados, apoyados por tanquetas y equipo de artillería pesada, apuntando hacia las montañas. “No se pueden tomar fotos”, dice un militar que no se identifica.
Poco más adelante se encuentra otro pueblo abandonado: Lázaro Cárdenas, situado en las faldas de la Sierra Corralchén, donde en mayo de 1993 se registraron los primeros enfrentamientos entre el ejército y el EZLN.
En Venustiano Carranza, por primera vez, hay parte de la población en sus viviendas. “Es que el ejido está dividido. La mayoría se fue al monte”, cuenta un habitante, quien agrega que el 13 de febrero llegó hasta ahí el ejército y que en Sociedad La Victoria, al escucharse un disparo, que según él hizo un soldado, las tanquetas “se volvieron como locas, dando vueltas y vueltas, apuntando a todas partes”.
Después de caminar siete horas, al caer la tarde, se llega a la ladera que sirve de refugio a los indígenas tzeltales. Sólo hay cinco chozas y algunas fogatas, en las que se cuecen los frijoles y se hacen las tortillas.
“No se pueden quedar a dormir aquí. Es peligroso”, advierten, mientras cuentan el drama del éxodo, en el que nació un bebé y pasaron las penurias de caminar de noche en medio de la montaña.
Repiten que fue “una fuerte explosión, como de bomba” la que los hizo salir de sus comunidades. Después todo fue caminar y caminar hasta llegar aquí, donde duermen a la intemperie y comen una vez al día, siempre frijoles y dos tortillas, dando preferencia a los niños y a las mujeres.
Aseguran que no retornarán “hasta que haya seguridad” y se retire el ejército.
La Coordinación de Organismos No Gubernamentales por la Paz se adentró, por otra ruta, en la Selva Lacandona para “observar las condiciones por las que está pasando la población civil ante el continuo avance del ejército mexicano”.
En comunicado difundido el domingo 19, expresan su “profunda preocupación por la integridad física y psicológica de los habitantes que han huido hacia las montañas en busca de refugio ante el temor que les ocasiona el avance del ejército federal mexicano”.

LA REALIDAD

Ofelia Medina llegó a La Realidad el jueves 16 de febrero –porque “es mejor morir con dignidad aquí, que atropellada en el periférico de la ciudad de México”– y, ese mismo día, una avanzada de soldados provocó que huyera a las montañas.
“Allá arriba, la gente se reunió en pequeños grupos y nosotros nos dedicamos a ver si necesitaban atención médica, apoyados por el equipo de salud que desde julio de 1994 tenemos en este lugar.
“Nadie bajó ni se movió mientras los soldados estaban en el poblado causando destrozos. Por la tarde, los hombres de la comunidad que habían estado trabajando en la milpa nos buscaron y se decidió que había que volver a La Realidad.
“Aquí –añade sentada en una banca de madera– está garantizada la comida y hay más seguridad, aunque dicen que el ejército echó algo al agua del río porque todos los niños están con vómito y diarrea, y las mujeres, todas, tienen dolor de cabeza.”

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El relato de Ofelia Medina es corroborado por los testimonios de los indígenas tojolabales que habitan este pequeño valle rodeado de montañas.
Solín, como llama Ofelia al responsable de la comunidad, asegura que lo que está haciendo el ejército “es un abuso” y cuenta que en Guadalupe Tepeyac los soldados “mataron mucho ganado, se adueñaron del pueblo y tienen detenidos seis camiones: cuatro del colectivo y dos de la organización (del EZLN, los que utilizaba el mayor Moisés)”.
En Santa Rosa el Copán, situada entre este poblado y San Quintín, “mataron puercos y gallinas”.
Preocupado, bajo un pequeño techo de lamina, Solín dice que en las noticias que escuchan por radio “se está diciendo que el ejército vino para cuidar a la gente, pero eso no es cierto, porque ellos sólo están haciendo desmadre”.
Solín habla de las diferentes visitas del ejército a La Realidad: “el 16 de febrero, cuando llegaron, estábamos chambeando en la milpa. Las mujeres huyeron a la montaña y cuando nosotros regresamos del trabajo, ya no las encontramos. De lejos vimos que el ejército tenía alineados sus tanques aquí en la carretera de la comunidad y nos fuimos a la montaña a buscar a nuestras familias.
“Como a las cinco de la tarde se fueron los soldados y nosotros decidimos regresar al poblado. Nos juntamos en la noche y pensamos que si dejábamos libre el pueblo, podían tomarlo, como sucedió con Guadalupe Tepeyac.”
Tres mujeres platican a los reporteros que sus viviendas fueron registradas, que el agua hervida fue tirada, lo mismo que los trastos y hasta el café pergamino que tenían guardado para consumir durante todo el año.
“Están violando mucho la ley. ¿Cuál es la paz que quiere el gobierno? ¿Cuál es la justicia que quiere? No están cumpliendo porque el ejército nos viene a joder”, comentan.
Los hombres dicen que no pueden trabajar “porque a cada rato pasa el ejército con sus tanquetas y nos da pena. No sabemos qué hacen porque ayer –martes 21– pasaron cinco carros cargados con Maseca”.
En Cruz del Rosario, donde la población civil, aunque temerosa, convive con los militares, el comisario ejidal Belisario Jiménez López considera que la presencia del ejército “nos da tranquilidad, porque cuando estaban aquí los compas zapatistas estábamos muy descontrolados por tanta amenaza”.
Mientras un grupo de soldados se arrastra por el suelo y avanza hacia la montaña apuntando con sus armas –”sucede todos los días”– y los tanques se sitúan en diferentes posiciones, el comisariado llama a la población para que se concentre y reciba despensas y atención médica de la Fuerza de Tarea Arco Iris de la séptima región militar.
Nadie se acerca, al menos mientras están los reporteros en el lugar. Las mujeres permanecen lavando ropa sobre las piedras y otras levantando el frijol del piso, asustadas.