SANTIAGO DE CHILE.- Dice tener el ego suficientemente bruñido y señala como único anhelo pendiente el de contar con tiempo para escribir dos o tres libros más. Declara que le fastidian la política y los políticos chilenos, por su arribismo económico y su absoluta indiferencia hacia la cultura.
De sus 70 años de vida, José Donoso reconoce que el último le ha sido el más gratificante.
“Estoy muy contento. He recibido reconocimientos y he sentido afecto, mucho afecto. Me entusiasma, además, el próximo lanzamiento de mi nueva novela, Donde van a morir los elefantes, editada por Alfaguara. Será primero en la Feria del Libro de Buenos Aires, en abril próximo, y luego en Chile.”
–La presentación en sociedad de Ruby, su gorda, la protagonista… ¿Concuerda usted con su esposa Pilar en que esa gorda le salvó la vida?
–Y me mató, también, como cualquier otra mujer. Ellas siempre hacen lo mismo: dan vida, matan, salvan la vida. Ruby me sacó de un momento muy difícil. Escribí el libro en momentos difíciles. Pero descubrirla fue absolutamente glorioso, absolutamente fascinante. Fueron dos años completos, pero yo diría que los últimos ocho o nueve meses fueron los más estupendos: escribía todo el día y a veces toda la noche. Despertaba a media noche y me levantaba a escribir. Lo disfruté terriblemente.
–Pero se enfermó usted luego de terminar de escribirla…
–Ah, eso me ocurre siempre que termino una novela. Siempre me enfermo de gravedad. Pienso que es algo sicosomático que habría que entrar a analizar. Hay una sensación de desolación cada vez que entrego una obra terminada. Es como desprenderme de una parte del cuerpo, y del alma, obviamente, como ya se sabe. Pero también del cuerpo.
–¿Algo así como una depresión post-parto?
–Puede ser, puede ser. El caso es que se repite y se repite con todas mis obras. Son distintas enfermedades, pero siempre hay alguna: úlcera estomacal, con operación de urgencia; obstrucción de la carótida con pérdida del habla por varios días. En fin… Creo, sin embargo, que vale la pena. Pero quiero saber lo que tengo, porque no quiero que con mi próxima obra pase lo mismo. No quiero morirme de escribir.
–¿Cómo se siente ahora?
–Bastante recuperado, a pesar de que casi me morí en España hace dos meses.
–Y el ego, ¿suficientemente bruñido?
–Ah, sí. El año pasado fue magnífico. Me sentí pleno, brillante, como irradiando luz. Entre 1993 y 1994 recibí muchos premios y homenajes. Además de la condecoración Gabriela Mistral, en Chile, recibí el Premio Mondello, en Italia, por toda mi obra; el premio Roger Caillois, en Francia; en España, varios: el Premio de la Crítica para Casa de campo, la Encomienda de Alfonso Décimo el Sabio; la Gran Cruz al Mérito Civil, y la nominación, a fin de año, para el Premio Cervantes, por quinta vez.
–¿Influyó esa nominación y la consecuente espera en su crisis de salud?
–De ninguna manera, porque yo estaba seguro de que me iban a dar el premio. Hay más: en mayo próximo recibiré el doctorado honoris causa de la Universidad de California del Sur.
–¿El Nobel, algún día…?
–¿Para mí? No. Jamás se ha hablado siquiera de eso.
LA CULTURA EN VEDA
–En Chile, en dictadura, hubo un apagón cultural…
–Y lo sigue habiendo, en democracia: la educación es un desastre, no existen suficientes bibliotecas, los libros son imposibles de comprar. Impera aquí un arribismo económico disfrazado de bien espiritual…
–¿Cómo se siente en este Chile? ¿Se acostumbrará a vivir en él después de tanta ausencia y tanto cambio?
–No me queda otra: soy de aquí.
–Hoy se dice –y se cree– que somos un país “tigre” o “jaguar”. ¿Es eso posible sin cultura?
–Sin cultura no se puede ser nada. En este país –con ambiciones de país top– existen 45 universidades privadas, además de las tradicionales, pero no hay una de las nuevas que ofrezca entre las alternativas académicas el estudio de la filosofía, de la Revolución Francesa, de la poesía… Esa parte del conocimiento se borró en Chile. Hoy se enseña política, administración de empresas, computación y marketing. Ya no existe la cultura humanística en Chile. Eso es culpa de los políticos, que todo lo enfocan a la parte económica. ¡Han anulado la memoria!
–Tal vez piensan que la cultura no es necesaria porque no la consideran redituable…
–No me extrañaría. Los políticos chilenos de hoy –y en consecuencia la política chilena actual– son pobres, sin imaginación, de tan poco alcance. Los políticos están tan enloquecidos con la competitividad, tan enloquecidos con ser “tigres” y con la idea de que Chile es un país punta, que adoptan una actitud terriblemente soberbia. Y pienso que los políticos y los economistas son generalmente gente muy de segunda, que sabe muy bien su trabajo, pero con una grave limitación: saben el cómo, pero no saben el porqué. Para saber el porqué de las cosas hay que ser humanista, hay que entender de historia, de filosofía, de poesía. Si no se entiende de eso no se entiende nada.
–Resentido con los políticos…
–Les tengo un gran rencor –no digo odio, porque odio es una palabra muy grande– por ese olvido del ser humano como ser humano.
–¿Ha hecho saber su inquietud?
–Cuando me entregaron la condecoración Gabriela Mistral –en octubre pasado– y en otros actos de homenaje, aproveché para lanzar tres o cuatro pesadeces al respecto. Pero a nadie le interesa el tema. Están demasiado abocados a la tarea de transformar a Chile en una especie de Singapur de América del Sur.
–La cultura, entonces, está en veda. ¿Hay esperanzas para la literatura?
–Hay un grupo de escritores jóvenes que son absolutamente sensacionales.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, Carlos Cerda, Arturo Fontaine Talavera, Alberto Fuguet, Diamela Eltit… Son unos mejores que otros, pero todos son sumamente interesantes y a mí me parece que su literatura es menos enredada que la que hoy se hace en otros países. Son pocos, en todo caso.
–Novelistas, especialmente. ¿Qué ocurre con la poesía?
–La poesía, a su vez, pasa por un momento bajo, con excepción de la obra de Gonzalo Rojas. Creo que todo el esfuerzo que se había dedicado en el Chile de antes a la poesía –se nos conocía como “un país de poetas”– se ha trasladado a la novela.
–La mayoría de los escritores jóvenes de hoy en Chile son producto del taller literario que usted dirigió durante diez años. ¿Los ve, mantienen contacto?
–Permanente. Son mis grandes amigos.
MEMORIAS Y RECUERDOS
–Su próximo libro es el de sus memorias. Por lo que usted ha dicho, no serán precisamente eso, en el sentido tradicional…
–Es cierto. Son más bien conjeturas acerca del pasado de mi familia. Cuento algunas cosas de mi madre, de mi tío Eliodoro, de mi tío Juan Emar, importante escritor… No tendrán nada de íntimo ni de escandaloso, como suele esperarse de las memorias.
–¿Incluirá en ellas algo de ese pasado “más pobre, más generoso y más ilustrado” de Chile antes de… que usted dice extrañar?
–Creo que algo de eso se traslucirá.
–¿Cuándo piensa que estén listas?
–En un año.
–¿Será un parto menos difícil que el de la gorda?
–Quién sabe. Yo pensé que la gorda me iba a resultar facilísima y ya ve usted…
–¿Recuerda usted cuál fue la primera novela que leyó?
–No recuerdo. Además, ¿qué es una novela? ¿De qué estamos hablando? Me pregunto hasta qué punto esos cuentos que me contaba mi madre siendo niño eran una síntesis de historias de personajes novelescos. Mi madre terminaba uno de esos cuentos con la frase “el Ratón Pérez se cayó a la olla y la hormiguita lo siente y lo llora”. Ese Ratón Pérez era todo un personaje. Yo lloraba a mares con esa historia. Lloraba amargamente. Y mi madre contaba también “Soy el farolero de la Puerta del Sol” …yo estaba obsesionado con ese farolero, sin saber siquiera lo que era un farolero ni lo que era la Puerta del Sol, ¡pero esas palabras tenían una vigencia!
–¿Recuerda cuál fue el primer libro que le impresionó?
–Me imagino que fue algún libro de Charles Dickens.
–¿Temprano en su vida?
–Muy temprano. Creo que la primera impresión literaria que tuve fue la que me provocaron La Ilíada y La Odisea, que leí cuando cursaba el quinto año de enseñanza básica. La verdad es que tuve la suerte de tener una profesora inglesa estupenda –la señora Ethel Balfour–, que nos recomendaba lecturas. Nosotros inventábamos juegos con ellas. Jugábamos a ser troyanos y griegos, a ser Patroclo y Aquiles, a ser Héctor… Jugar era parte del proceso de aprendizaje. Inmediatamente después nos hizo leer a Shakespeare, poco y de a poco, pero comenzamos con él.
–Persona determinante en su historia esa profesora…
–Definitivamente. Yo hacía la “cimarra” durante las clases de química, física y matemáticas –me escondía para no asistir a ellas– y la señora Balfour me descubrió y lo comprendió. Me propuso un trato: “Yo te ayudo a sacarle el cuerpo a esas clases, a condición de que estudies el doble de literatura que los otros niños”. Me guió entonces hacia nuevos autores: Bernard Shaw, las hermanas Bronté… Fue muy importante en mi vida, en mi formación.
–¿Volvió usted a verla siendo ya escritor?
–Nunca. Estaba en Europa cuando ella murió. Pero ha ocurrido algo muy hermoso: en mi colegio –The Grange School–, del cual me echaron al cabo de diez años, por flojo, se está construyendo en este momento una gran biblioteca que se llamará José Donoso. Y en ella habrá una sección con el nombre de Ethel Balfour. Ya he donado mi colección de libros a esa biblioteca.
CRITICAS IRRELEVANTES
–Regresemos a los premios. Enrique Lafourcade lo acusó de estar en campaña para el Nobel…
–Lafourcade ha hecho una profesión y un negocio –como lo es todo en él– de su odio hacia mí, que no es otra cosa que pura envidia. Creo que hay mucho de frustración en Enrique, producto de una falta de dirección de sus potencialidades. El tuvo talento, tuvo imaginación y tuvo posibilidades. Pero todo eso lo estropeó y se transformó en un periodista mediocre.
–¿Qué libros de Lafourcade demuestran ese talento malogrado al que usted alude?
–Hay un libro… no recuerdo cómo se llama. Se trata de unos niños del río Mapocho. Allí hubo algo…
–¿Qué opina usted del último libro de Lafourcade, Neruda en el país de las maravillas?
–¡Una lata horrible! Pese a que la historia es estupenda, ese libro no lo transmite. El problema de Lafourcade es que él condena o salva, ve las cosas en blanco y negro y por eso se pierde la ambigüedad de las situaciones, lo que no ocurre a un buen escritor.
–El dice que usted es un tibio en su posición ante las situaciones reales, ante la política, por ejemplo…
–Sin embargo, yo estuve preso en dictadura y él jamás fue detenido.
–¿Cuándo y por qué estuvo usted preso?
–Sería en 1983 u 84, cuando escribía La desesperanza, en Chiloé, en el sur de Chile. Pilar, mi mujer, es muy política y en esa época participaba en un grupo feminista. Por esos días echaron de su trabajo a un poeta. El grupo feminista organizó un acto de apoyo y homenaje a ese poeta –su nombre es Carlos Trujillo–, al que asistió un señor que se encontraba en la clandestinidad. El habló y volvió a perderse en la noche de Chiloé. Hubo también música andina…
–¿Por qué despidieron a ese poeta de su trabajo?
–Lo encontraron peligroso. Era demócrata cristiano. Era un hombre muy humilde. Vivía con sus padres, dueños de una de esas tiendas típicas de pueblo en que venden de todo. En la trastienda de ese local el poeta mantuvo durante años un taller de poesía. La dictadura de Pinochet lo consideró peligroso y lo hizo despedir de su trabajo.
–Por eso el acto de apoyo…
–Exactamente. Lo habían organizados las mujeres que se sentaron adelante. Los hombres nos quedamos atrás. Yo estaba junto a otros escritores y poetas de la zona. De pronto irrumpieron en el recinto unos policías uniformados y comenzaron a llevarse a las mujeres. Cuando intentaban llevarse a Pilar salí al paso para evitarlo y me llevaron a mí también.
–¿Cuánto tiempo estuvo detenido?
–Sólo 24 horas, porque los escritores presentes en ese acto enviaron la noticia fuera del país y diarios como Le Monde, The New York Times y otros publicaron artículos acerca de mi detención. Me soltaron. Eso es algo que Lafourcade no puede contar respecto de él. Y dejo en claro que mi presencia en ese acto, motivo de mi detención, no me parece nada especialmente heroico comparado con lo que mucha gente hizo en esa época.
–No acepta, entonces, el calificativo de “tibio”…
–Soy un escritor y respondo por mi obra. Jacobo Timmermann escribió un artículo para el New Yorker en el que dice que la única novela importante escrita en dictadura y contra Pinochet en Chile ha sido La desesperanza. Yo agrego que tanto Casa de campo como El jardín de al lado son novelas políticas, no porque el compromiso político sea lo que más me interesa demostrar en mis libros, pero así se dieron las cosas.
CONVERSAR Y ESCRIBIR
–¿Qué es lo que más disfruta actualmente?
–Lo que he disfrutado siempre: algunas amigas y amigos, la conversación, aunque reconozco que ya no soy el gran conversador que fui. Estoy mucho más metido hacia adentro.
–¿Más selectivo, tal vez?
–Yo diría que más cuidadoso. Tengo más cuidado con lo que digo. ¡Ya he hablado tanto en mi vida! La verdad es que ya no tengo ganas de conversar. Sin embargo, estoy trabajando con mi sobrina Claudia –ella es uno de mis grandes cariños, después de mi hija Pilarcita–, que es una muy buena escritora, en un libro que puede resultar interesante. Es un libro de conversaciones entre ella y yo.
–Entre tanto homenaje ha habido varias entrevistas. ¿Qué no le hemos preguntado que desearía decir?
–La entrevista es siempre algo bastante limitado. Es algo público y, por tanto, no tiene las características de una conversación íntima, entre amigos, personal. Yo diría que las entrevistas han cubierto todo lo que a la gente le interesa saber, me imagino. Las entrevistas son, en mi caso, algo totalmente espontáneo. No hay temas preparados, no hay respuestas pensadas de antemano… La verdad es que no tengo nada especial que decir. Lo digo en serio: no tengo nada que decir. Las cosas me surgen durante la conversación con el periodista.
–¿Y al escribir?
–Es lo mismo. Tampoco tengo nada que decir de antemano. Se piensa que el escritor tiene un postulado y escribe su libro para probarlo, para decir “¿ven que yo tenía razón?”… Ese no es mi caso, no me ocurre eso. Al contrario, siempre termino mis libros con una pregunta o con muchas preguntas.
–Usted ha dicho que escribir es un acto de aprendizaje. ¿Al terminar sus libros se siente más conocedor que antes, enriquecido?
–¡Absolutamente!
–Volvamos a su gorda. ¿Qué le enseñó, de qué manera lo enriqueció?
–Me soltó en el sentido del humor, en la ironía. Me enseñó lo divertida que puede ser una gorda…
–¿Le inspiró alguien de la vida real?
–Nadie en particular. Los escritores no somos retratistas. Al menos yo no lo soy. Ocurre que me fui a Estados Unidos para escribir la biografía de sir Richard Burton. Pero leyendo todo lo que encontré acerca de él comencé a odiarlo. Lo encontré imperialista, lo encontré racista… Era, sin duda, un personaje interesante: espía de la Reina Victoria, intentando conquistar nuevas tierras para la corona inglesa… Pero sus características no iban conmigo. El no iba conmigo.
–Y lo abandonó.
–Lo abandoné. Pero yo estaba en Washington, que es el paraíso de las gordas. Están por todas partes. Uno entra a un restaurante y se las encuentra en las mesas, solas, comiendo y pensando su comida, como en un acto ritual. Y con una gran tristeza, todas.
–Lo cautivaron…
–Definitivamente. Y de esas gordas surgió la mía, Ruby, que es absolutamente fascinante. Loca como el diablo, pero fascinante.
–La literatura sigue siendo su gran interés…
–Casi mi único interés, diría yo. Me interesa lo literario, irrefutablemente. Me interesa escribir, me interesa hablar de libros, me interesa la gente en su relación con los libros. Las demás cosas casi no me interesan. Mi mujer se enfurece conmigo por esto. Ella es muy dada a la política, muy interesada en las noticias, muy periodista. Yo, en cambio, paso días sin leer los diarios.
–¿Le gustaría enseñar otra vez, dirigir talleres literarios para jóvenes?
–Tendría que ser en muy buenas condiciones y tendría que ser algo muy liviano. Estoy viejo ya…
–Digamos cansado…
–No. Viejo. Tengo 70 años. No es chiste. Estoy cansado y, sobre todo, estoy apurado. Quiero escribir en el tiempo que me queda.
–Habla de ese tiempo como si lo tuviera medido…
–Lo tengo un poco medido. Realmente, la enfermedad que tengo es muy grave. Me puedo despachar aquí y ahora, hablando con usted, sin hacer nada extraordinario, de forma natural. Tengo una cirrosis no alcohólica, un mal funcionamiento del hígado que hace que la sangre que debiera ser procesada por él no alcance a serlo y se vaya a las venas del esófago, que se infla y estalla y yo derramo sangre en cantidades por la boca. Eso me ocurrió en España en diciembre. Es serio, muy serio.
–¿Por eso se queda en Chile?
–Tengo miedo… Tengo miedo de viajar. He viajado tanto, por lo demás.
–¿Qué es lo que más desea?
–Ver crecer a mi hija. Y escribir. Escribir dos o tres libros más. Todo lo que pido es que la vida me conceda dos o tres libros más.








