Otra vez, como al principio de la crisis.
Cuando parecía que la turbulencia financiera se resolvería con la entrada de recursos externos, la economía nacional se halla de nuevo a pique. El gobierno federal cuenta ya en sus arcas con cerca de 11,000 millones de dólares –casi 8,000 del Fondo Monetario Internacional y 3,000 del Tesoro y de la Reserva Federal estadunidenses– del paquete de rescate promovido por el presidente William Clinton.
Sin embargo, la zozobra persiste: la Bolsa de Valores se desploma, el peso sigue cayendo, las tasas de interés no dejan de subir, los capitales huyen, los mercados financieros se muestran en exceso nerviosos y la desconfianza, dentro y fuera del país, se recrudece. El encono se generaliza. Aparecen crisis de pagos. Los empresarios la emprenden contra el gobierno.
Nada detiene la incertidumbre. Ni los discursos políticos ni las acciones gubernamentales ni los anuncios económicos. Ya nadie cree nada. Y el gobierno se ve paralizado.
La pasada fue una semana crítica para la economía del país. La Bolsa de Valores cayó lunes y martes, y el miércoles 15 se desplomó: el indicador principal perdió casi 6.5%, con lo que la merma durante el año ya era de casi 24%. El Indice de Precios y Cotizaciones se situó en los niveles que tenía en septiembre de 1993.
De acuerdo con analistas, la caída de la bolsa ese día y la inestabilidad que mostró los dos siguientes –ganancia y pérdida marginales, respectivamente– fueron propiciadas por el insistente rumor de la renuncia de Miguel Mancera al frente del Banco de México, el anuncio de la suspensión de pagos de empresas del grupo Sidek a acreedores extranjeros, el alza de las tasas de interés (Cetes a 28 días quedaron en 40%) y la indefinición del gobierno frente al conflicto en Chiapas.
A ello se sumaron las noticias de que la negociación del paquete de rescate financiero se entrampaba en Washington, que las críticas sobre él de congresistas de Estados Unidos impedían la llegada de los recursos y que arreciaba la desconfianza de autoridades económicas e inversionistas de aquel país en torno de la capacidad del gobierno de Ernesto Zedillo para dar un uso eficiente a esos recursos.
Todo ello repercutió en crecientes presiones sobre el tipo de cambio, que –azuzadas por la escasa liquidez en la economía, las persistentes salidas de capitales del mercado financiero y, sobre todo, crecientes críticas empresariales respecto a la ausencia de una política cambiaria confiable– produjeron una sobredemanda de dólares. En la semana, como al principio de la crisis, la paridad promedió más de seis nuevos pesos por dólar.
Sin definiciones claras, el gobierno del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León optó por el discurso tranquilizador y los anuncios económicos de aliento.
En su primera visita a Michoacán, el mandatario aseguró que la crisis económica podrá superarse y que muy pronto se logrará estabilizar las variables financieras. Reconoció que la crisis impone severas restricciones y que muchos planes y proyectos serán diferidos. “La emergencia económica habrá de moderar el paso, pero no habrá de detenernos”, acotó, y llamó a la unidad nacional, pues un país dividido “no le va a servir a nadie”.
El canciller José Angel Gurría, más en papel de autoridad financiera, también abonó el discurso alentador. Ante empresarios de Carolina del Norte y el embajador de Estados Unidos en México, dijo que la actual situación económica sólo es un problema de liquidez, que terminará cuando concluyan las negociaciones sobre el paquete de rescate financiero.
“Superaremos los problemas de liquidez”, pues están “pasando muchas cosas buenas y existen signos claros de que los años próximos serán positivos”, dijo un optimista secretario de Relaciones Exteriores.
La Secretaría de Hacienda y Crédito Público también hizo su parte en la campaña tranquilizadora. Difundió datos sobre la evolución de la economía el año pasado –el PIB creció 3.5%; la industria, 4.1%– para insistir en que sus bases estructurales son sólidas, y que poca mella hicieron en la economía –en 1994– el conflicto armado en Chiapas y los asesinatos políticos.
En Washington, desde el jueves 16, el titular del ramo, Guillermo Ortiz, aseguró que en breve concluirán las negociaciones sobre el paquete de rescate. “Estamos avanzando en las pláticas. Hay buen progreso. Estamos trabajando muy bien”, dijo. Mientras, funcionarios de Hacienda filtraron a la prensa capitalina que las negociaciones no están empantanadas y que es muy probable que esta misma semana empiecen a fluir los primeros recursos del paquete de 20,000 millones de dólares del gobierno estadunidense.
En medio de esas noticias, sin embargo, el escepticismo cobra fuerza. A la cabeza de él, empresarios y banqueros. En la semana, fueron pocos los dirigentes empresariales que no externaron su desencanto por la forma en que se conduce la economía. En declaración insólita, el siempre cuidadoso –al extremo de que sus pares lo acusan de gobiernista– Luis Germán Cárcoba García, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, dijo el jueves 16 –a la salida de la reunión del Pacto– que la economía está “prácticamente detenida”, que “la situación es muy complicada” y, lo peor, que “no hay un esquema de certidumbre que permita a las industrias tomar decisiones”.
Un día antes, el presidente de la Concamin, Fernando Cortina Legarreta, fue cáustico. El sector industrial, dijo, está en los “límites” de la incertidumbre y la desconfianza. Exigió que se definan ya los criterios financieros y la política económica en general, pues de otra forma no se recuperará la confianza de los capitales.
En análisis expuesto públicamente, en la presentación de un libro, Cortina señaló que el programa económico del gobierno debe estar fincado, entre otros puntos, “en el crecimiento económico como objetivo, y no en el combate absurdo de la inflación”. Y discrepó del optimismo gubernamental al decir que los pronósticos de las empresas no son nada favorables: prevén una caída de la actividad industrial de entre 4% y 7%.
En la banca también hubo preocupación e inquietud. El Banamex apuntó que “falta una mayor definición de las variables coyunturales y políticas para poder absorber los apoyos financieros del exterior”. Asimismo, que la falta de liquidez y el nerviosismo de los agentes económicos “están motivando que persista la volatilidad de los mercados financieros”. Bancomer, a su vez, coincidió en que la ausencia de noticias y definiciones concretas impide la “inversión real”.
Es tal la incertidumbre de los empresarios y su desconfianza sobre las autoridades económicas, que solicitaron una entrevista con el secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma, con quien se reunieron la tarde del jueves. Le externaron su preocupación y le pidieron información más precisa sobre lo que está pasando en el país. Las filtraciones periodísticas indican que no salieron muy satisfechos. Nada escucharon que paliara su nerviosismo.
Fuera del país, el escepticismo campea. En Nueva York, la oficina central de la correduría Goldman Sachs sintetizó el sentir de los inversionistas extranjeros. Dijo que la política monetaria y el régimen cambiario de libre flotación decididos por el gobierno a raíz de la crisis financiera desatada por la devaluación no fortalecen la confianza de los inversionistas ni promueven el flujo de capitales. Ni siquiera el paquete de rescate financiero logra fomentar la credibilidad en las políticas gubernamentales, apuntó.
Expresión nítida de esa desconfianza son los resultados de la inversión extranjera en la Bolsa de Valores, particularmente en el mercado accionario, durante enero. El saldo, al cierre de ese mes, fue de 22,973 millones de dólares, 33.2% menos que el saldo al cierre de diciembre.
Ya ni Fidel Velázquez, el sempiterno líder de la CTM, es optimista: el jueves afirmó que “cada día la situación empeora más para los trabajadores”.








