Bares y discos sin seguridad

Señor director:

El motivo de la presente es hacer unas observaciones respecto a los artículos escritos por los reporteros Roberto Ponce y Miguel de la Vega, publicados en Proceso 948, bajo el título “Se instala entre los veinteañeros una nueva forma de convivir”.
Soy precisamente una persona que cuenta con 27 años de edad y que, generalmente una vez cada 15 días, visita ese tipo de lugares, en compañía de mi novia y, a veces, de amigos y amigas. El artículo muestra la cara amable de los diferentes bares: no problemas para entrar, un costo accesible, etcétera. Sin embargo, no nombra las graves deficiencias que existen en seguridad: carecen generalmente de salidas apropiadas de emergencia, las escaleras en el interior son intransitables y, sobre todo, las personas que desempeñan la labor de “seguridad” dentro de los lugares son completamente ineficientes.
La presente no tiene como objeto atacar de ninguna forma ese tipo de lugares, ya que –como lo mencioné– generalmente los visito. Sin embargo, me ha tocado vivir dos experiencias que demuestran la falta de capacidad de los encargados de seguridad, así como también de los gerentes y subgerentes, ya que ante un caso de emergencia no tienen la menor idea de qué hacer con la cantidad de gente que hay en ese momento.
La primera fue en un bar denominado Rock Stock, en las calles de Reforma y Niza, el 22 de octubre de 1993, cuando hubo un temblor. El lugar se halla en un tercer piso y cuenta con una escalera ancha tipo caracol para su acceso. Al momento de comenzar el movimiento telúrico, los primeros en abandonar el lugar fueron precisamente los encargados de la seguridad, y los meseros preguntaban qué hacer, si quedarse o salir del lugar.
La segunda fue en un bar que en el artículo se nombra, La Cima, una antigua estación de tranvías situada en las calles de Félix Parra y Río Mixcoac, colonia San José Insurgentes. El lugar, de tres niveles, cuenta con una estrecha escalera para descender al sótano, lugar donde existe una barra. En ese lugar nos encontrábamos cuando un cristal colocado en la entrada se desplomó, a consecuencia, según nos comentaron, de un pleito entre varias personas; el cristal se precipitó justo en la cabeza de una querida amiga mía, perforándole el parpado, el pómulo y causando heridas leves a la cornea del ojo derecho. En medio de la confusión, llevé a mi amiga al baño para saber en qué lugar tenía la herida y seguridad brilló por su ausencia.

Atentamente

Ciro A. Calderón Domínguez
Colonia Guadalupe Inn
México, Distrito Federal.