La marea

Entre la agitación de los mares nacionales, el deporte es un náufrago más.
De nada ha valido una ley del deporte, ni los enormes esfuerzos históricos por establecer un grupo de buenos administradores, para encaminar a nuestros deportistas a la mesa de las celebridades internacionales.
Estamos viendo quejas y quejas ante la integración de una delegación compacta que nos represente en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, el mes entrante. Vemos puntos de vista opuestos entre la Confederación Deportiva Mexicana y el Comité Olímpico Mexicano (COM), y disparatadas declaraciones de algunos de los nuevos funcionarios de la Comisión Nacional del Deporte.
Para todos estos personajes, sin descartar a los del Instituto Mexicano del Seguro Social y el Departamento del Distrito Federal, así como algunos otros de los institutos del deporte del interior de la república y responsables de las universidades y centros de estudios superiores del país, el deporte es un galimatías.
Bueno, el problema llega hasta el olvido del fracaso en los Juegos Olímpicos y, desde luego, mirarse al espejo.
Y, como sucede cada sexenio, esos nuevos dirigentes se meten en la alquimia, sin ser científicos. Y ya comenzaron a cometer tonterías.
Por lo pronto, el desconcierto entre los atletas es atroz. Muchos dirigentes comienzan a elaborar ya gatos por liebre para enviar deportistas sin futuro, y algunos entrenadores pretenden agitar el ambiente para intimidar a las autoridades deportivas, y establecer condiciones de selección.
Ante el caos, a pesar de una ley del deporte y otras buenas intenciones, sólo se ha producido un principio de orden, que fue el que el director general del COM, Fernando Corona, estableció ante la anárquica Federación Mexicana de Futbol.
El problema también es que en este río revuelto, desafortunadamente, se está planteando ya el fracaso –cuidado con esta palabra en el terreno deportivo– de nuestros deportistas en los Panamericanos. Y de nuestros entrenadores y de nuestros árbitros… pero que no de nuestros dirigentes.
Estos tienen plumajes bárbaros.
Ni el pantano los mancha.
Y a la hora de la hora, los culpables serán nuestros atletas.
Ah, pero eso sí –y lo corroboraremos cuando regresen de Mar del Plata–: se dirán las mismas disculpas y las mismas justificaciones de cada ciclo olímpico.