La tarde estaba cayendo y sobre las colinas soplaba un viento suave perfumado de espigas…
El compositor chiapaneco Federico Alvarez del Toro comienza de esta manera Misterio y magia alrededor de la muerte de Eduardo Mata, el texto que dio a Proceso y en el cual relata la visita-despedida que hizo el 6 de enero por el lugar donde se estrellara en su avioneta el afamado director de orquesta mexicano, perdiendo la vida el miércoles 4 de enero.
Ambos directores viajaron un mes antes en el mismo aparato Aerostar por Morelos, comiendo luego en la nueva casa de Mata. Planeaban visitar la isla Aurora, en Chiapas, refugio natural a cargo de Alvarez del Toro, quien anhelaba que Mata fuera el primer artista en residir allá durante algún tiempo y participar con su trabajo musical para la preservación ecológica de la isla.
En lánguida exaltación, Alvarez del Toro (quien radica en Tepoztlán) retrata para Proceso a un Eduardo Mata perfeccionista, amante del amor a la libertad de vuelo y la naturaleza. Un director minucioso que llevó en sus movimientos la estafeta nacional de Carlos Chávez y de la cual (aunque no lo dice) el chiapaneco se siente responsable.
Un flujo masivo de luciérnagas se concentra todas las noches en el lugar donde desapareció la nave entre los árboles. Descripción del santuario a que llegaste, transmutado en El pájaro de fuego de Stravinski para ofrendar tu inteligencia en cuerpo a las rocas, el musgo, el agua y la memoria del tiempo. Esto es lo que nos convoca.
Ahonda:
“Ya que no hicimos el vuelo a La Aurora, lo hicimos por Morelos como una forma de realizar algo juntos. Luego comimos en su nueva casa y me enseñó todos los espacios. Le gustaba mucho su jardín y había un árbol gigantesco que se salía del proyecto arquitectónico general; entonces, le diseñó el arquitecto Jorge Mercado la habitación y el baño alrededor con cristal.”
Destaca el estudio donde Mata pensaba poner su archivo.
“Platicaba con su sobrina Lourdes Mata para ver cómo sería conveniente organizar este archivo maravilloso, en qué lugar podía colocarse a salvo, que estuviera bien clasificado y fuera material de consulta; porque además tiene indicaciones de mando en las partituras de Revueltas, en las grabaciones que se hicieron con la Sinfónica de Londres, Chávez, todo ese tipo de indicaciones son muy valiosas para un director. Son apuntes de interpretación, de estilo y sobre los cuales, me platicó, diseñaba sus movimientos corporales. Esto generó un estilo muy original, atrayente, enigmático en la forma de marcar con la orquesta.”
Por eso el 6 de enero, dos días después de la tragedia, fuimos al lugar en que Mata desapareció parcialmente junto con la nave que representaba su libertad. Nos precedía una hora de camino por una brecha polvosa inaccesible; llegamos al borde de una colina en la cual se abre un vientre telúrico que en la medida que descendemos se abre. Nos indican que hay que caminar dos kilómetros más con premura, pues la luz en el fondo es escasa.
A pocas horas de ocurrido el percance, los cuerpos de Eduardo Mata y su compañera Marina fueron retirados sin que nadie, con excepción del compositor de El espíritu de la Tierra (obra que Mata interpretó con la Sinfónica de Londres), sintiera necesidad de ir al sitio del accidente.
“Quise hacer algo así como una ofrenda, un deseo de revolcarme en esas cenizas, que también eran las mías de alguna forma: pude haber estado en ese momento con él. En lo personal, fue una manera de confrontar mi propia muerte, pues hacía sólo 25 días había estado sobrevolando por 45 minutos con él la zona arqueológica de Xochicalco, el Lago de Tequesquitengo y sobre las montañas de Tepoztlán en que se encontraba su antiguo estudio donde tantas veces pasamos las tardes libres analizando partituras de Revueltas, Chávez, Villalobos, y examinando la situación musical del país. Pensé mucho en todo esto, me confronté a mí mismo, fui a buscar lo inacabado, un deseo de tocarlo cuando ya no estaba.”
Caminamos entre grandes rocas pasando junto a algunas lagunas en las que flotan lirios, tramos casi imposible de pasar y en los que hay que asirse completamente en las rocas para no caer. Nos acoge un sentimiento extraño, una cálida recepción, como el develamiento de un misterio.
En sus días finales, según Alvarez del Toro, Mata dio señales que delataron la premonición de su muerte. Entre los despojos metálicos del avión, Del Toro halló el libro bitácora de vuelos. Hay pasmo al referirse a su maestro y amigo:
“Poca gente conoció al Mata aventurero, al rastreador de ríos y montañas, al observador de estrellas, al escucha de la música del viento. `Hoy no hablemos de música’, decía frecuentemente. `Vamos a caminar, a subir esa montaña’, y todo eso se comprendía: el trabajo de dirección orquestal es arduo y agotador. Pilotear un avión, la dirección orquestal y la cirugía cerebral están consideradas las actividades que provocan mayor estrés y exigen concentración absoluta. Mata ejerció dos de ellas con gran pasión.”
Alvarez del Toro lo describe “de hábitos estrictos”, pero agrega que al final mostraba “una especie de ausencia en su mirada, distracción o preocupación interior”. Concluye: presentía cercano su fin.
Entre las rocas comienzan a aparecer luces furtivas como ojos que nos observan, pequeñas luciérnagas que habitan el lecho de la cañada. Encuentro disperso entre la hojarasca su diario de vuelos, el mismo que por encargo suyo mantenía junto a mí cuando hicimos el vuelo. Recojo algunas hojas de su diario y las guardo. Son testimonio de la muerte cerca de nosotros cuando alcanzamos a percibir la línea vulnerable que nos separa de ella.
“Hay algo mágico aquí”, comentó llegando a la cañada del percance Francisco Ibarra Ocampo, jefe de seguridad y de servicios del aeropuerto de Cuernavaca, quien guió al músico. Los férreos vestigios del Aerostar entre las rocas aparecieron como “osamenta reposada de un animal premoderno, a la vez prehistórico”.
“Parece un lugar como escogido (recuerda), no es nada siniestro. Muy acorde con lo que Mata fue, como preparado para él, no lo imagina uno ahí entre ciudades y potreros. Nos comentaba el jefe de seguridad, a quien conocimos incidentalmente, que cuando Mata se reportó con pérdida de altura y falla de motor, en vez de entrar en sentido contrario a la pista debido a la emergencia, fue a dar la vuelta para aterrizar correctamente, lo cual resultó fatal.”
Alvarez del Toro añade:
“Esto deja entrever el cerebro del director de orquesta: hacer las cosas bien, como se debe. Lo vieron pasar con el motor apagado, dio la vuelta en vez de meterse directamente como pudiera. Estaba en posición y le faltaron dos kilómetros para aterrizar en el aeropuerto de Cuernavaca. No sabemos cómo se depositó en la cañada, parece un lugar imposible. Incluso la parte superior no está quemada, dicen que las llamas eran de siete metros y no hay nada quemado en la nave.”
Como parte de su cuerpo se desintegró aquí, sentimos que necesariamente está vibrando en este espacio y habitando partes vivientes. Desconcierta este escenario de la naturaleza marcado por un silencio acompasado y vestido por una manto de luciérnagas. Reconforta saber que la primera noche de Eduardo y Marina no fue oscura ni sola. Estos diminutos insectos los iluminaron. Dejamos en una cueva pequeña flores, veladoras e incienso. Sobre el borde superior una muralla de árboles cubren y protegen la cañada. Están intactos.
Singular paz descrita así: la imagen estremece, es difícil saber cómo en una abertura tan estrecha pudo entrar el avión a depositarse en el sueño y perturbar las plantas. De las paredes penden orquídeas y musgo verde, al fondo hay lagunas aisladas sobre las que viven flores y se aparean insectos. Parece un santuario con cuevas pequeñas y musgo, un lecho protegido, un vientre pétreo. Esto es como una morada de dioses diseñada por ninfas de la naturaleza… todo parece generoso.
“Regresamos con la media luna en lo alto (dice) y la pregunta está en lo alto: ¿hay entre generaciones una estafeta, una dinastía que él sentía haber recibido de Carlos Chávez? ¿Hacia dónde va este espíritu musical? Un comentario suyo que estremece al recordarlo es el siguiente: `si un día muriese, ojalá mi muerte sirviera de algo, por ejemplo, para unir a los músicos’. Las imágenes de Bellas Artes el día del homenaje son como un sueño borroso: rostros extraños, descompuestos, lejanos; el gremio de músicos –personajes inalcanzables, desunidos, egoístas–, algunos funcionarios de cultura, ausencia presidencial. Recuerdo con Beethoven: `por encima del egoísmo mezquino y cuanto separa a las multitudes está la música como antorcha de amor que une a los hombres’.”
Los planes de ambos colegas incluían viajar a La Aurora para iniciar el “santuario musical con características de protección a las aves y las especies de extinción en el Pacífico”. Un sueño que Mata abrazaba era ser el primero para establecer su estudio temporal y dar a conocer la isla internacionalmente debido a su prestigio.
“Cancelamos el viaje debido a la inquietud social que había en esos días por la toma de posesión el 8 de diciembre. No sé si hubiéramos podido hacer completo el viaje a Chiapas, hubiera sido una despedida muy hermosa en ese lugar que es fiesta de la naturaleza.”
En su agenda, Mata guardaba compromisos hasta el año 2,000 con orquestas de Europa y Estados Unidos.
“Me maravillaba esta organización y ese futuro. Intercambiamos nuestras últimas grabaciones, me comentó multitud de cosas que quedaron pendientes. Mata declaró incluso que su vida personal había estado bastante atrás, un poco relegada, y que se había dado cuenta que su vida cotidiana y personal era muy importante para lo artístico. Comenzó a recuperar los vínculos, a dar tiempo a sus amigos y darse tiempo él de comunicarse. Se ocupó de reconciliaciones, juntó en la Navidad a sus hijos Roberto y Pilar, y a su esposa original. Me sorprendía que hablara desde Dallas e insistiera tanto en ir a la isla en Chiapas. Era muy escrupuloso hasta en detalles, tanto en sus obras como con su avión. Tenía una semana libre y nos quedamos con las maletas hechas.”
El deseo de Alvarez del Toro es de los herederos y consiste en crear “tal vez no un museo”, pero sí “un espacio para compartir sus cosas.
“Pensamos en una exposición con programas de conciertos, catálogo discográfico y sobre todo su gran acervo de partituras de la música internacional. Eduardo Mata posee el mérito visionario, la audacia, la exploración de lo inédito, de lo desconocido. Adquiría riesgos, empresas difíciles y las abordaba. Retomó generacionalmente el alma de la música que dejó Chávez. Mata llevó la estafeta de Chávez, esta misión, y en tal sentido no sólo fue su alumno académico sino espiritual. Es una especie de brújula, de guía internacional para la música mexicana y esto provoca hoy angustia, vacío y ausencia. Su particular forma de dirigir, su promoción de la música contemporánea y su afán por crear semilleros fueron ejemplares. Nunca vendió sus ideales a la parte anquilosada de las instituciones de la cultura mexicana.”








