La Basílica de Guadalupe, en disputa Por encima de Prigione, cuatro candidatos independientes para suceder a Corripio

Sin el consentimiento del nuncio apostólico, Jerónimo Prigione, el clero de la arquidiócesis de México en octubre de 1994 entregó a la santa sede un documento en el cual propone a sus cuatro candidatos para ocupar el arzobispado más grande del mundo.
Después de una votación secreta efectuada en la parroquia de Milpa Alta, el 21 de octubre, el clero capitalino, “con una excepcional coincidencia”, propuso a: Sergio Obeso Rivera, arzobispo de Jalapa y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano; Abelardo Alvarado Alcántara, obispo auxiliar de la arquidiócesis de México; Ricardo Watty Urquidi, obispo de Nuevo Laredo, y Luis Morales Reyes, obispo de Torreón.
La corriente identificada con el cardenal Ernesto Corripio Ahumada también se opuso a que la Basílica de Guadalupe, el santuario que más limosnas recauda en todo el país, sea separada de la arquidiócesis, como intenta hacerlo Prigione.
Dirigido al cardenal Bernardin Gantin, prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos, el documento detalla las razones por las cuales se eligió a cada uno de los candidatos.
Respecto a Obeso Rivera, oriundo de Jalapa y de 64 años de edad, dice:
“Es un buen pastor, probado, experimentado y evangélico.
“Ha vivido una experiencia episcopal en diversos ámbitos y niveles, como obispo, arzobispo, presidente de la Conferencia Episcopal de México, colaborador del Celam, a nivel latinoamericano. Ha tenido buena aceptación de su presbiterio y del episcopado en general. Su relación con el gobierno ha sido pastoral, digna, prudente, sana.
“Es de muy buena relación, cercano y accesible a toda la gente, con una particular preocupación e interés por los sacerdotes y las personas necesitadas de su diócesis.
“Su mente y actitud son abiertas a los signos de los tiempos. Tiene iniciativa, pero busca asesoría y colaboración. Promueve a los demás; es hombre de equipo y corresponsabilidad. Organiza la pastoral con los sacerdotes y agentes de pastoral. Se entrega a todos. Promovió el Sínodo Diocesano, que vivió en real comunión con la comunidad diocesana. Esto lo hace sensible a la experiencia sinodal de la arquidiócesis de México, para darle continuidad.
“Como persona, es sencillo, humano, amable, dispuesto siempre al servicio; es capaz intelectualmente, pero sabe escuchar; es humilde, sin pretensiones y, al mismo tiempo, expresa sus ideas y puntos de vista con libertad y sinceridad; es prudente y claro con los medios de comunicación social. Guía y orienta.”
Del obispo Abelardo Alvarado, resalta estas cualidades:
“Tiene un conocimiento grande de la situación humana y cristiana de la ciudad de México y una experiencia pastoral de varios años como vicario episcopal de una zona difícil de la capital, con sus desafíos y posibilidades pastorales.
“Actúa con sentido eclesial: es abierto, escucha, dialoga, sabe trabajar en equipo, delega responsabilidades; conoce a sus sacerdotes y se relaciona bien con ellos; es estimado y representa signo de unidad.
“Intelectualmente capaz, prudente, buen organizador y administrador; de buena relación y don de gentes.
“Ha vivido el sínodo y manifiesta voluntad de impulsar el proceso de aplicación de sus lineamientos pastorales.”
En torno de Watty Urquidi, de 57 años, el documento dice:
“Durante varios años fue obispo auxiliar y vicario episcopal de una de las zonas pastorales de la arquidiócesis. Por eso conoce, por experiencia, esta realidad tan compleja.
“Aquí hizo muy buen papel; fue muy aceptado, dio testimonio de buen pastor. Fue promotor de su presbiterio. Planificó la pastoral con sus agentes.
“Tiene capacidad de diálogo y servicio; es hombre de equipo y corresponsabilidad. Escucha, es abierto, sencillo, amable y paternal. Se deja asesorar. Es cercano y promueve a los demás. De muy buena relación con sus hermanos obispos. Crea ambiente de unidad. Es de gran sensibilidad espiritual. Sería un obispo muy valioso en esta ciudad. Vive ahora la madurez de su edad.”
Y, finalmente, de Morales Reyes –nacido hace 59 años, en Churumuco, Michoacán– se resalta:
“Es ante todo pastor: dinamizador de la pastoral, con su presbiterio. Abierto a la colaboración y al diálogo con los demás. Aprecia a sus sacerdotes y lo aprecian, según lo atestigua el presbiterio de su primera diócesis de Tacámbaro y el del actual. De notable prudencia y profunda comunión con el obispo residencial de Torreón, como coadjutor de él.
“Es amable, de trato llano, dispuesto a servir. Hombre de equipo, trabaja en corresponsabilidad. Es organizador. Acepta y promueve la iniciativa de sus colaboradores. Es firme en sus directivas. Manifiesta gran vigor humano y espiritual.”
De este modo, la arquidiócesis de México rechazó a los candidatos de Prigione, quienes desde hace dos años se vienen mencionando en los círculos eclesiales: Javier Lozano Barragán, obispo de Zacatecas; Luis Reynoso Cervantes, de Cuernavaca, y Emilio Berlié Belaunzarán, de Tijuana.
De 62 años y capacidad intelectual reconocida, Lozano Barragán perteneció en un tiempo a la llamada corriente progresista del clero mexicano, a la cual ahora se ha dedicado a atacar. Ha sabido ganarse la antipatía de gran parte del presbiterio zacatecano.
Reynoso Cervantes, de 69 años, se encargó de desmontar la labor que el obispo Sergio Méndez Arceo realizó en Cuernavaca, por lo cual se especula que recibirá el arzobispado como premio. Trabajó ya en la arquidiócesis de México, donde fue uno de los hombres de confianza del arzobispo Miguel Darío Miranda.
A Berlié Belaunzarán, por su parte, se le considera un diplomático excelente y con mucha capacidad para coordinar equipos. Sin embargo, estas mismas cualidades, según testimonios de prensa, al parecer lo llevaron a relacionarse con los hermanos Arellano Félix, jefes del cártel de Tijuana. Por intermediación de un sacerdote suyo, los narcotraficantes prófugos no sólo mantuvieron correspondencia epistolar con Prigione sino que se entrevistaron con él en los salones mismos de la nunciatura.

LA DIVISION DE LA ARQUIDIOCESIS

En su documento, el clero capitalino también tomó en cuenta la posible división de la arquidiócesis de México, la cual se está analizando en Roma, por lo que propuso a cinco sacerdotes de la arquidiócesis para ocupar los posibles nuevos obispados o, bien, para que se desempeñen como obispos auxiliares. Ellos son:
Alberto Márquez Aquino, vicario de pastoral de la arquidiócesis; Manuel Zubillaga Vázquez, responsable de la Pastoral Social; Luis Fletes Santana, vicario episcopal de Institutos de Vida Consagrada; Mario Angel Flores Ramos, vicerrector del Seminario Conciliar de México y secretario de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, y, por último, Guillermo Ortiz Mondragón, vicario episcopal para el Apostolado Laical y las Organizaciones Laicales.
De diez páginas y dividido en tres partes, en el documento se pide que la Basílica de Guadalupe siga perteneciendo a la arquidiócesis, ya que está ligada a la tradición que dejó Fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México:
“Nos parece que para salvaguardar el sentido de unidad que hemos expresado, la basílica siempre deberá estar dentro de los límites de la arquidiócesis primada de México. Ciertamente, requiere un tratamiento pastoral muy particular que, sin embargo, deberá resolverse sin alterar su significado histórico, cultural y religioso que le une al sucesor de Zumárraga.”
Guillermo Schulemburg, abad de la Basílica de Guadalupe e incondicional del nuncio, ha pedido, en cambio, que el santuario se erija en diócesis autónoma, y que abarque unas 25 parroquias más.
Integrada por casi 1,000 templos, más de 1,100 sacerdotes y con una población de más de 10 millones de habitantes, la arquidiócesis finalmente se dividirá de acuerdo con los lineamientos vaticanos.
El clero del cardenal Corripio aclaró en el documento que sus propuestas no son “excluyentes”, y que están hechas “con el anhelo de servir de iluminación” a las autoridades de la santa sede.
La elección de los candidatos fue hecha por alrededor de 45 directivos de la arquidiócesis: vicarios episcopales, decanos, integrantes de la curia y del seminario conciliar, quienes realizaron un breve retiro espiritual antes de dar su voto y contaron además con el respaldo de sus párrocos.
Después se nombró una comisión encargada de redactar la carta, la cual, según versiones periodísticas, se entregó al sacerdote mexicano Arturo Reynoso, quien trabaja en Roma, en el Instituto de Vida Consagrada. Personalmente, el sacerdote dio el documento al cardenal Gantin, para que después se lo entregara al papa Juan Pablo II.
Trascendió que hasta después se entregó una copia a un Prigione indignado por no habérsele consultado, ya que, formalmente, el nuncio es el conducto para enviar a la santa sede las ternas de candidatos.
Empero, fuentes del arzobispado argumentan que, aun cuando parezca fuera de la ortodoxia, el canon 212, del Código de Derecho Canónico, faculta a los integrantes de la comunidad eclesial a expresar sus opiniones.