En el Aguascalientes de los zapatistas, en agosto pasado, de pronto lo sintió a sus espaldas. Llevaba la bandera nacional. Sin preámbulo, tan sorpresivamente que no existe foto del instante, se la puso en las manos.
–Cuídela, doña Rosario. Si no puede, nos la devuelve.
“Solo atiné a decir: ¡Marcos!, y lo abracé. Las cananas cruzadas en su pecho me hicieron sentir una emoción muy distinta. Sentí ternura por él, por ellos, por los zapatistas, pero temblaba por su suerte.”
Rosario Ibarra de Piedra recuerda las 12 ocasiones en que se entrevistó con el subcomandante Marcos, tiene presente a Fernando Yáñez –uno de los presuntos dirigentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) identificado por la Procuraduría General de la República–, a quien conoció desde niño, y la imagen de su hermano, César Yáñez, desaparecido político de los años setenta, cuyo rostro se veía en uno de los primeros carteles que llevó por las calles, enlutada, gritando: “¡se buscan!”.
Guarda en su interior los sonidos de la guerra. Habla del viraje, del endurecimiento gubernamental. Lo que hizo el presidente de la República, Ernesto Zedillo Ponce de León, sentencia categórica, “fue una declaración de guerra”.
Doña Rosario habla en su casa de la colonia Roma, en un cuarto tapizado por imágenes, recuerdos, retratos, fantasmas. Habla de Marcos, así, a secas.
“No conozco su identidad. Nunca quise conocerla y no sé si Marcos sea esa persona cuyo rostro nos enseñan por todas partes. Le dije que no me interesaba verle la cara, porque la suya era la de mucha gente, la de los desaparecidos, la de mi hijo.
“Creo que la mayoría de la gente no quería saber quién era para evitar cualquier indiscreción. Sin el pasamontañas, su identidad quedaría al descubierto y aumentaría la posibilidad de que aprehendieran a su familia, a sus amigos, a su mujer, si la tiene, a sus hijos, para obligarlo a entregarse.”
Doña Rosario Ibarra acaba de llegar de Monterrey. Acepta la entrevista unas horas antes de partir, ese viernes 10 de febrero, hacia el Angel de la Independencia para gritar un “no a la guerra”.
Nueve meses atrás viajaba por primera vez a Guadalupe Tepeyac y se internaba en territorio zapatista.
“El 15 de mayo de 1994 fue la primera vez que vi a Marcos y a todos los miembros del Comité Clandestino Revolucionario Indígena (CCRI). Iba con el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solózano y con una amplia comitiva.
“Había nacido una cercanía espiritual con Marcos, quizá porque en algún periódico norteño se mencionó la posibilidad de que fuera mi hijo desaparecido. Yo estaba totalmente segura que no era así. Jesús fue secuestrado por el gobierno y nunca más volví a verlo. No había parecido alguno entre ellos, ni en los ojos, ni en la voz, ni en las manos. Pero sí existía ese sentimiento. Vamos a llamarlo maternal. Le hablé como hijo, siempre lo nombré de esa manera. El mismo sentimiento era compartido por las compañeras madres de los desaparecidos. Se había desarrollado una especie de hermandad, de maternidad colectiva.
“Lo vi muchas veces, pero nunca hablamos a solas, siempre estaban presentes Tacho, Moisés y algunos otros compañeros del CCRI. Alguna vez fui y no estaba Marcos. Recorría la selva. Hablé entonces con Tacho y Moisés. Fuimos por el rumbo de San Miguel y por el de Guadalupe Tepeyac.
“Pasábamos los retenes del ejército mexicano como los demás. Enseñaba mi pasaporte al principio, luego mi credencial de diputada. No había nada oscuro, clandestino. Inspeccionaban los vehículos cuando querían. Con espejos revisaban bajo los vehículos, nunca intentamos evitarlo.”
Tres veces candidata al Premio Nobel de la Paz, en 1986, 1987 y 1989; en dos ocasiones aspirante a la Presidencia de la República, y actual diputada federal, vestida de negro, con la fotografía de su hijo sobre el pecho, doña Rosario parece derrumbarse durante el relato, pero se sobrepone con el hilo de las palabras.
“Nunca vi miedo en ninguno de ellos. Preocupación, algunas veces; cansancio, otras; optimismo, las más. Hablaban de la gran travesía del dolor a la esperanza. Apostaban por la paz. Querían todo para todos, nada para ellos; deseaban que las armas fueran inútiles, como dijo Marcos en dos de las frases más bellas que ha pronunciado”, agrega doña Rosario.
“Querían cosas elementales, cosas que no deberían ocasionar ninguna guerra, cosas fáciles de cumplir por un gobierno apegado a derecho, por un gobierno constitucional”, dice enérgica.
“Todos mis viajes obedecieron al deseo ferviente de ambas partes, de ellos y nosotros, de alcanzar la paz. En nosotros veían la posibilidad de crear un movimiento amplio en el cual pudiera participar el EZLN como fuerza política de carácter nacional, y si ellos querían optar por un movimiento de esa naturaleza, eso significa que querían la paz.
“Hasta qué punto y en cuál momento optarían por convertirse en una fuerza civil… lo ignoro, pero podría haberse avanzado con una tregua prolongada, si hubiera habido la elemental buena voluntad del gobierno para solucionar los problemas poselectorales de Veracruz, Tabasco y Chiapas.
“¿Y qué pasó? Que el gobierno sólo hizo promesas vanas. Dijeron que Roberto Madrazo Pintado llamaría a elecciones en diez meses, luego hablaron de 18. Asimismo, en Veracruz, prometieron que se revisarían los escrutinios de cada municipio para conocer a los verdaderos triunfadores, se hablaba de victorias del Partido de la Revolución Democrática en Yanga, San Andrés Tuxtla y Coatzacoalcos.
“Dieron marcha atrás en todo. ¿Qué iba a querer el EZLN si no les ofrecían nada, ni respecto al enorme rezago agrario, ni sobre las cuestiones electorales más elementales como medio para allanar el camino hacia la tregua y el diálogo?
“Y de pronto, con rapidez inaudita, de manera subrepticia y sumamente extraña, sacan todo esto”. Doña Rosario aprieta los puños, gesticula y estrella las manos sobre sus muslos.
“En un operativo singular, que lo hace aparecer como totalmente eficaz, de pronto saben cómo se llama medio mundo, quiénes son, dónde se hallan sus casas. Saben todo acerca de esta trama que han sacado a la luz con gran despliegue publicitario, y los califican de terroristas, de gente belicosa que quiere poner el país en jaque, cuando en realidad la crisis y los problemas que aquejan al pueblo mexicano son resultado de la política económica del gobierno, del sistema de partido de Estado, de los gobiernos –para no irnos muy lejos– de De la Madrid Hurtado, Salinas de Gortari y Zedillo Ponce de León.
“Esta eficacia en la investigación contrasta con la falta de pericia para encontrar a los desaparecidos que ellos mismos tienen retenidos. Sólo es cosa que abran las puertas de sus cárceles clandestinas”, expone y añade irónica: “su éxito con Marcos contrasta con la ineficacia para resolver el caso de Colosio, el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y de José Francisco Ruiz Massieu.
“Contrasta además, dolorosamente, con lo que sucede en Chiapas. Son tan eficientes para encontrar arsenales de cinco granadas, tres pistolas y pólvora para pirotecnia, y no pueden detener a los ganaderos, a los caciques, a las guardias blancas que vociferan a voz en cuello, y por todos los medios, que están armados y que con sus armas van a desalojar a los indios, asesinar a los indígenas, a quienes ahora lanzan perros de presa, como hacían los conquistadores españoles”, señala indignada.
Madre de un desaparecido, esposa de un torturado, con amistades buscadas por las autoridades y algunas, incluso, asesinadas, doña Rosario se mesa las canas revueltas cuando recuerda el mensaje del presidente a la nación, el del miércoles 8 de febrero.
“La del señor Zedillo Ponce de León me parece una orden obtusa, aberrante. Mandar hombres fuertemente armados a Chiapas no es más que eso. Sólo que piensen que los zapatistas los van a esperar sentados en taburetes en medio de la selva. La orden de Zedillo Ponce de León es de guerra, irresponsable, y condena a la matanza a la población civil que no está armada.
“¿Cómo es posible que pretendan entrar con un ejército bien armado, con tanques y carros blindados, con lanzagranadas y ametralladoras de gran calibre? ¿Cómo pretenden entrar así y decir que no va a pasar nada?”
LOS YAÑEZ
Acerca de los nombres de los cinco presuntos zapatistas que el gobierno dio a conocer el jueves 9 de febrero, doña Rosario Ibarra de Piedra dice que sólo conoce a uno.
“No lo he tratado últimamente, pero lo conozco. No tengo nada que ocultar. Fernando Yáñez es hijo del doctor Martín Yáñez Martínez, quien fue compañero de mi esposo desde la preparatoria, cuando tenían 14 o 15 años. Siguieron la carrera juntos y fueron amigos. Después, recién casado, vivía a tres cuadras de nuestra casa. Conocí a sus hijos, Fernando y César. Jugaban en el barrio, en la calle Madero, en Monterrey.
“Ahora el gobierno se cuida de decir que César Yáñez –hermano de Fernando–, Elisa Irina Sáenz y Carlos Vives Chapa fueron los primeros desaparecidos que traía yo en mi lista de los años setenta. El doctor Yáñez Martínez me buscó para darme los nombres, porque estaban desaparecidos, porque los secuestró el ejército federal en la Selva Lacandona, en Ocosingo, en 1974.
“Pedro Ojeda Paullada declaró entonces al noticiario 24 horas que los habían seguido hasta la selva, y que la policía y el ejército no se habían internado por razones de seguridad. Nunca se volvió a ver a César, Elisa ni a Carlos. Esto es lo que me extraña: la premura que se tiene ahora y la lentitud para encontrar a quienes reclamamos desde 1974. ¿Dónde están?, ¿qué les hicieron?, ¿dónde los tienen encarcelados?, ¿los asesinaron? Lo único que sabemos es que fueron detenidos en la Selva Lacandona.
“A César lo dejé de ver desde jovencito, antes que comenzaran a perseguirlo. Su padre nos dio la foto y la colocamos en un cartel junto con otras cuatro, rostros acompañados sólo por dos palabras que siguen vigentes: ¡se buscan!”
EL PORVENIR
“Creo que se dará una reacción de solidaridad, nacional e internacional, muy grande. Proseguiré mi vida, normalmente, igual que mi participación en la Cámara de Diputados, nunca he actuado en la clandestinidad. Lo que sí trataremos de generar es un gran movimiento de apoyo al pueblo chiapaneco y al Ejército Zapatista, aquí y en otros países. No se trata de terroristas ni de un grupo de sedicentes o amotinados. No atentan contra la seguridad del país.”
Dice que acudirá a foros internacionales para denunciar lo que ocurre en el país, y que ya empezó a comunicarse con comités de apoyo en Europa.
Doña Rosario concluye la entrevista con una reflexión: “creo que la disposición del gobierno al diálogo fue un invento. Ellos sí nunca tuvieran intención de buscar la paz. ¡No nos engañemos! Ejecutar un operativo como ése (el que se dio entre el miércoles 8 y jueves 9) no se logra en horas, como tampoco es creíble que hayan descubierto lo que descubrieron de un día para otro; eso resulta imposible.
“Creo que hace mucho tiempo que se había emprendido la investigación para dar el golpe en el momento preciso, el que quizá se pospuso por el famoso préstamo millonario de dólares. Tal vez el mismo tiene esa condicionante, y para los señores del dinero son más importantes los puntos que pueda subir la bolsa que las vidas que por ello se pierdan.”








