La pregunta: ¿Qué tienen en común la música del ballet de La consagración de la primavera y el perfume Chanel No. 5? Suena a guasa, pero en Coco Chanel e Igor Stravinsky (ídem, Francia, 2009) Jan Kounen confecciona toda una tapicería con base en los ritmos de Stravinsky, la fragancia y los diseños de Chanel.
En mayo de 1913, en París tuvo lugar uno de los escándalos más famosos de la historia de la música, golpes y abucheos ante este ritual pagano donde la coreografía de Nijinski se articulaba con mezclas inauditas de tonalidades y ritmos obsesivos; Coco Chanel (Anna Mouglalis) asiste al espectáculo. Siete años más tarde reencuentra a Stravinsky (Mads Mikkelsen), pobre y atribulado con una esposa enferma después de exiliarse de la Unión Soviética; entonces lo invita a instalarse en su casa de campo con toda la familia. Basado en la novela del británico Chris Greenhalgh (Coco et Igor), Jan Kounen explora la supuesta pasión entre estas dos celebridades y la pinta como una lucha de poder entre dos titanes.
Aunque a nivel publicitario y mediático la introducción del famoso ballet se ha banalizado casi tanto como los espectaculares de la marca Chanel, esta obra de Stravinsky equivale a Las señoritas de Avignon en pintura. El escritor André Malreaux comentó alguna vez que Coco era tan importante como Picasso; hoy en día el comentario podrá sonar exagerado. Kounen hace lo posible por reubicar a estos personajes, petrificados por su misma fama y sus etiquetas, en el contexto de la época; posteriormente a tantas revoluciones y rupturas en el terreno de la moda, el estilo Chanel se ha vuelto sinónimo de esnobismo aburguesado, pero en su momento Coco, genial empresaria, impuso la imagen de la mujer liberada en Francia.
El franco-holandés Jan Kounen dirige con un estilo tan vaporoso como los diseños de la misma Chanel, sorpresivamente académico para un autor de cintas sicodélicas como Dobermann (1997), pero el corte es preciso y las costuras no se dejan ver a lo largo de las largas secuencias donde la cámara recorre los pasillos del Teatro de los Campos Elíseos o la quinta de Coco, decorada en negro y blanco como sus creaciones. Los diseños Art Decó proponen un ambiente de innovación y efervescencia creativa.
La primera parte de Coco e Igor transcurre en forma de estudio de caracteres; Anna Mouglalis transmite la fuerza de una mujer dispuesta a utilizar cualquier medio para obtener lo que desea; esta Coco Chanel dejó atrás cualquier duda existencial acerca de su rol social, no hay lugar para la compasión; Stravinsky se encarga de aclarar que él es un genio de la música y ella sólo una modista, pero quien manda es ella, el espectador siente que la cabeza del compositor puede caer de un momento a otro; la única voz de conciencia es la lastimada mujer del compositor, Catherine.
La segunda parte se pierde en ausencias y largas elipses, recurso que, en este caso, propone un camino para el callejón sin salida de la relación entre estas dos figuras emblemáticas. El problema es que ni el estilo Art Decó ni el formalismo de la cinta permiten una interpretación abierta; queda la sensación de una serie de retazos de lo que pudo haber sido un gran final. Quizás la reticencia a abordar problemas tan espinosos como la posible colaboración de la chévere Coco con los nazis durante la guerra, impuso esta segunda parte tan descocida.








