Señor director:
En épocas difíciles como esta que pasamos los mexicanos, lo mínimo que uno exige a los articulistas de Proceso es sobriedad y objetividad. Es difícil mantener estas cualidades al analizar la compleja realidad, pero los lectores de Proceso estamos atentos a las desviaciones que cualesquiera de sus columnistas puede tener, pues su opinión incide sobre decenas de miles de mexicanos.
Me voy a referir, pues, al artículo “Topo chiapaneco”, de Jorge Alcocer Villanueva (Proceso 945). La primera parte de dicho artículo es válida, pues es historia reciente, pero enseguida comienza la opinión, es decir, los errores.
Pretender que el EZLN perdió “políticamente” después de que depuso temporalmente las armas es un craso error de apreciación: El conflicto de Chiapas, hoy, es un problema nacional, pues decenas de miles de mexicanos se identifican plenamente con el EZLN, aunque el grueso de la clase media más bien lo rechaza.
La Constitución mexicana declara como soberano de este país al pueblo mexicano. Yo me pregunto: ¿Cómo es que el señor Alcocer afirma que la salida justa al problema de Chiapas es buscar “un tercero (ni Robledo ni Avendaño) para ocupar el Poder Ejecutivo en dicha entidad”? ¿No es esto castrar al pueblo? ¿No es esto arrebatar el título de soberanas que tienen las mayorías y que, en el caso de México, son los pobres? Debiera tener cuidado el señor Alcocer al hacer afirmaciones como llamar a Robledo “gobernador” pues esta es, ya, una forma de tomar una posición en el terreno político.
Alcocer afirma: “La sociedad optó por la paz, el gobierno optó por la paz; sólo el EZLN sigue haciendo sonar los tambores de guerra”. Detrás de estas bárbaras palabras, se esconde un bárbaro de la pluma. Yo me pregunto: ¿Cuál sociedad es la que, según Alcocer, optó por la paz? ¿Acaso la sociedad formada por la clase media de las ciudades? ¿O la sociedad compuesta por millones de indígenas que paz no han conocido porque son sistemáticamente despojados de sus tierras mediante el exterminio o las simples triquiñuelas legales, y que son despojados o marginados del trabajo, su cultura, su sustento y su vida? ¿De cuál gobierno habla el señor Alcocer? ¿Del gobierno impulsor de los 24 multimillonarios, o del gobierno de las mayorías que aún no existe en este país? ¿De cuáles partidos habla el señor Alcocer? ¿De los partidos hechos en las ciudades mexicanas aglutinados con dinero de la clase media citadina? ¿O de los partidos forjados en el campo mexicano con caídas insistentes –¡me refiero a los muertos, señor!– en esa dura lucha política muy desigual?
No hay derecho a “exigir a Marcos y al EZLN una definición rápida y puntual sobre las condiciones que establecen para arribar a una paz justa”. ¿Es que acaso no ha estado ya dando esas definiciones el EZLN desde las palabras hasta los hechos? ¿O es que el señor Alcocer admite sólo cierto tipo de respuestas?
Al ogro filantrópico, como llamara Octavio Paz al Estado mexicano, no le gusta la comida que lo indigeste: prefiere comer marginados muertos de hambre que fiambres de rebeldes. A estos últimos, en vez de comerlos, prefiere enterrarlos: en lo político, en las ideas, en lo militar… y en lo moral. Quizás el señor Alcocer quiera asumir este papel de sepulturero.
Han pasado 500 años desde la Conquista, y los más marginados de este país, los indígenas, siguen vivos, ¡a Dios gracias!, pero ¿vale para su revista aquel dicho español de que “el indio bueno es el indio muerto”? Yo espero que no.
Le pido que mantenga en su semanario articulistas que, aunque no nos defiendan, nos den respeto. (Carta resumida.)
Atentamente
Carlos Martínez Arreguín
Celaya, Guanajuato.








