Diagnóstico de Alfredo Joskovicz y Gustavo Montiel, directores del CUEC y el CCC, respectivamente Espera a los futuros realizadores, una floreciente industria del entretenimiento, pero ya no el cine de autor

A los estudiantes de cine, cuando terminen la escuela, trabajo no les faltará: lo encontrarán en las telenovelas, los comerciales, los videoclips, los videos de boda… Ahora, que si lo que pretendían era ser los nuevos tarkovskis, fellinis, ripsteins y cuarones, pues tendrán que hacerse a una realidad muy diferente a la de las ilusiones.
Con un cine independiente prácticamente “inexistente” y una “floreciente” industria de entretenimiento, los espacios para el “cine de autor”, para la creación artística, han desaparecido por disolvencia.
Esto lo saben, y lo reconocen, los directores de las dos escuelas mexicanas de cine: Alfredo Joskowicz, del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México, y Gustavo Montiel, del Centro de Capacitación Cinematográfica.
Ambos realizadores coinciden en que el ingreso a la producción fílmica es algo parecido a la utopía, aunque no por eso el panorama es necesariamente desalentador, ya que sus alumnos pueden optar por alguna de las variedades que ofrece el “inmenso espectro del mundo audiovisual”. No se sataniza a los que accedan a trabajar para ese “negocio abarrotero” que es Televicine, por el contrario, “tal vez logren mejorarlo”.

EL RIGOR DE LA ACADEMIA

De 200 personas que lo intentan, sólo 20 son aceptadas como estudiantes del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. La razón que esgrime su director es directa: “Sería irresponsable querer formar a más jóvenes cuando el mercado es muy reducido”.
En total, son alrededor de 70 alumnos los que atienden clases en los ocho semestres de la carrera.
Titular del CUEC desde 1989, Alfredo Joskowicz aclara que los estudios que se hacen ahí no tienen reconocimiento de licenciatura, pese a que uno de sus objetivos cuando tomó posesión era el de implantar la presentación de exámenes profesionales. “Para eso el CUEC tendría que dejar de ser un centro educativo y transformarse en Facultad. Dado que forma parte de la UNAM, y a que ésta concede pase automático a sus preparatorianos, si se hiciera ese cambio perderíamos la posibilidad de controlar el ingreso, cualquiera podría inscribirse. Por ejemplo, en la Facultad de Ciencias Políticas hay grupos de hasta 120 alumnos… No, nunca”.
Las especializaciones en el CUEC van dirigidas en dos vertientes: técnica (fotografía, iluminación, sonido) y producción (dirección, realización, guionismo).
Desde que fue fundado en 1963 por Manuel González Casanova, del CUEC han salido, a juicio del director, tres grupos generacionales de realizadores. En el primero, el de los que pasan los cincuenta años –como el mismo Joskowicz–, se encuentran Jorge Fons (Rojo Amanecer, El callejón de los Milagros), Jaime Humberto Hermosillo (La tarea), Marcela Fernández Violante (De todos modos Juan te llamas), Alfredo Gurrola (Llámenme Mike).
En el segundo grupo se encuentran los de cuarentaytantos, como José Luis García Agraz (Desiertos mares), Mitl Valdés (Los vuelcos del corazón), Alberto Cortés (El amor a la vuelta de la esquina).
Y, finalmente, la “jóvenes” que han llevado la batuta en lo que algunos llaman “el nuevo cine mexicano”: María Novaro (Danzón), Alfonso Cuarón (Sólo con tu pareja), Luis Estrada (Bandidos), así como el fotógrafo Emmanuel Lubezki.
Cada generación fue marcada por su entorno. Cuenta que los fundadores del CUEC vieron su producción fuertemente influenciada por la “nueva ola francesa”, de tal forma que su tendencia se dirigía, básicamente, al cine de autor. A ellos les tocó el movimiento estudiantil de 1968.
Después, vinieron los “radicales”, que preferían anteponer el discurso social y político al artístico. “No importaba que la película estuviera mal sonorizada o la toma fuera de foco, si estaba alineada al discurso izquierdista de entonces”. De esta época (1973-74) es el corto Explotados y explotadores, que surgió del Colectivo Octubre, del que formaba parte, cuenta Joskowicz, el ahora consejero ciudadano del IFE, José Woldenberg.
Luego de diez años de confrontación ideológica, la temática que desarrollaban los estudiantes del CUEC “se atomizó” y cobraron especial relevancia las películas de ficción.
Joskowicz habla sobre las nuevas generaciones de estudiantes, las cuales, lamenta, presentan un alto grado de “enajenación visual”:
“Han crecido en medio de un bombardeo continuo, especialmente de la televisión, de imágenes inconexas, desarticuladas, sin narrativa”, explica en referencia, se entiende, a la tendencia impuesta por las cadenas de videos musicales, básicamente MTV, y los comerciales de la generación de los noventas.
Golpea con su pipa el cenicero y exclama: “Es una epidemia que paraliza las emociones”.
Esta influencia, se queja, hace que los alumnos busquen en sus trabajos escolares, tanto de cine como de video, repetir el mismo esquema de las imágenes múltiples y concatenadas, sin tomar en cuenta que cada una de ellas debe tratar de decir algo y no sólo llenar un espacio alegremente.
En el texto de presentación de la revista Estudios cinematográficos, editada por el CUEC, Joskowicz explica:
“Parece, sin embargo, que en la medida en la que los materiales y los instrumentos de que disponen los cineastas son cada vez más sofisticados, el delicado fuego de la vida interior se aleja del cine.
“El apuro por conocer y dominar las nuevas tecnologías, el espejismo de las innovaciones visuales y auditivas que producen impactos sensoriales apabullantes, y el baúl sin fondo de efectos videocomputarizados, han provocado que el interés de muchos creadores, y el de gran cantidad de espectadores, busque y celebre más los efímeros resultados formales que la profundidad de las emociones.
“No se trata aquí de descalificar el verdadero e indispensable conocimiento de la técnica: conjunto de procedimientos y recursos de que se vive una ciencia o un arte. Se trata de redescubrir o, si se piensa pedagógicamente, de reorientar la adecuada vinculación entre esos procedimientos y recursos, y lo que da vida a las luces y sombras en movimientos que se proyectan en una pantalla.
“Dados los tiempos que corren, la tarea no es sencilla. Y no lo es porque luchar contra el virus de la diverticulosis kinethovisiva –epidemia altamente infecciosa, de la que estamos rodeados cotidianamente y cuyo contagio llega a producir peligrosos efectos de hemiplejía emocional– se presenta como una tarea épica”.
Lo que sí se puede, escribe más adelante, “es buscar, generar y divulgar las nociones, muy claras técnicamente hablando, y las formas de pensar articuladas y muy fundamentadas que puedan servir de vacuna contra la proliferación” de este “virus posmoderno”.
Es por eso, explica, que el rigor académico se vuelve fundamental en la enseñanza cinematográfica, sin perder de vista la actualización profesional, tanto en lo técnico como en lo teórico. “Es necesario crear nuevas fórmulas que contengan el poder que posee el gran cine de alimentar la vida interior, pero con el sabor y el olor de lo reciente, con una buena dosis de imaginación y de frescura”, pone en su texto.
No obstante, expresa, los alumnos buscan y agradecen, finalmente, este rigor que les obliga a aceptar que la cámara “dice” cosas diferentes, según el lugar en que se encuentre.
Respecto del panorama laboral, Joskowicz advierte de entrada que, aunque la esencia del cine es la misma que hace cien años, uno de los principales requisitos para sobrevivir actualmente en el negocio es el de la actualización, ya que la mayoría de los que trabajaban en la industria fueron desplazados por su incapacidad para adaptarse, por ejemplo, a las nuevas tecnologías.
“Pocos de los que estudian en el CUEC han tenido acceso a estas novedades técnicas, mas sin embargo están preparados para enfrentarse a ellas y, lo más importante, saber aprovecharlas cabalmente”, según Joskowicz.
Sobre las posibilidades reales de hacer cine, el realizador comenta: “A un recién titulado de Medicina no lo van a meter al quirófano a realizar una operación de corazón abierto. Bueno, pues lo mismo pasa con los cineastas. Van a depender de su habilidad para las relaciones públicas, de su astucia para conseguir dinero con qué realizar sus trabajos. No hay duda de que la producción cinematográfica ha bajado, en la década del 80 al 90 se producían 90 largometrajes por año, mientras que en los últimos años la producción ha rondado los 40 por año. Pero eso no significa que todo esté perdido”.
No es como en los tiempos en que Margarita López Portillo dirigía los destinos del cine nacional. Ella aseguraba, cuenta, que México no necesita más directores de cine, pues no existía talento.
El trabajo más arduo, considera Joskowicz, será el de mantener la “identidad cultural del cine mexicano”.

SOLO 40 DE 400

Bajo las estrellas del firmamento hollywoodense, se extiende el páramo del cine mexicano que, salvo contados jagüeyes, parece no acabarse y, por el contrario, la nueva crisis económica amenaza con más sequía.
No bastante, “hasta en un país en crisis, es imposible detener el desarrollo de una industria audiovisual que crece y crece en todo el mundo”, asegura Gustavo Montiel, director del Centro de Capacitación Cinematográfica, quien ve en el “inmenso espectro de oportunidades” los futuros trabajos de los egresados de la institución: televisión, publicidad, videoclips, video arte, “todo lo que se relacione a las imágenes en movimiento”.
“Otra cosa –advierte– es la posibilidad de hacer películas”.
Y es que, de hecho, “ninguno de los que ingresamos en esto y nos quedamos consideramos nunca que íbamos a vivir de hacer cine”.
Reconoce que sí, hay “gente afortunada” con éxitos de mercado, que les permiten dedicarse sólo a eso. Pero para eso “se requiere de procesos muy largos en una industria muy pequeña”.
De acuerdo con Montiel, los egresados tanto del CCC como del CUEC tienen mayores oportunidades “porque quienes estudiaron para cineastas salen mejor preparados que los que estudian carreras relacionadas, como Ciencias de la Comunicación”.
Los primeros, dice, tienen un conocimiento profundo de las imágenes en movimiento, “porque su noción técnica es muy desarrollada. Todos tienen una conciencia profunda, una conciencia muy particular de la producción y de cómo producir; además de una formación artística que les permite captar el mundo desde un ángulo más conceptual”.
También en el CCC la deserción es baja “porque como es una carrera a la que a nadie obligan a entrar, pues la gente llega con la vocación muy clara”.
Pese a esto, acepta que ambas escuelas satisfacen “precariamente” la demanda de estudios cinematográficos, “porque son 400 los que quieren entrar pero sólo lo logran 40. Además, están los que empezaron en Comunicación, por ejemplo, y luego vienen aquí porque buscan algo más sólido”.
El Centro de Capacitación Cinematográfica es uno de los dos organismoS descentralizados del Instituto Mexicano de Cinematografía, junto con los Estudios Churubusco. Desde hace cinco años, Gustavo Montiel es su director. Con esa confianza afirma que el Centro es, probablemente, “una de las dos o tres escuelas en el mundo cuyo enfoque es básicamente hacia la producción: produce profesionalmente, un largometraje al año, como mínimo”.
Entre los filmes que han salido de aquí se encuentran El secreto de Romelia (Busi Cortés), Un hilito de Sangre (en filmación), y La mujer de Benjamín (Carlos Carrera) que, según Montiel, es la película con más premios en la historia del cine mexicano, “unos 24 ó 27”, por encima de Como agua para chocolate, de Alfonso Arau.
Algunos de los egresados del CCC son: Carlos Carrera, ganador el año pasado de la Palma de Oro en Cannes, en la categoría de cortometraje, por El héroe; Busi Cortés (Serpientes y escaleras), Marisa Sistach (Los pasos de Ana) y Francisco Athié (Lolo).
“Además de muchos fotógrafos, sonidistas y editores”.
Según Montiel, de los egresados del CCC que se decidieron por la ruta del celuloide, “el cien por ciento está ocupado en la industria cinematográfica mexicana”.
Egresado él mismo del Centro de Capacitación –en la época en que “no podía haber algo peor”–, Gustavo Montiel cuenta que cuando terminó sus estudios lo hizo en pleno sexenio de Margarita López Portillo.
“Fuimos formados para el cine independiente, las mejores cosas se hacían ahí. Entonces era la respuesta hacia los fenómenos más interesantes. En cambio, ahora, los que salen del CCC tienen un cine independiente prácticamente inexistente, pero una industria floreciente”.
Afirma que su generación “se tardó mucho en debutar cinematográficamente, pero los nuevos lo han hecho más pronto. Hubo un auge de buenos alumnos; las escuelas justificaron su existencia al aportar los mejores elementos”.
Como está actualmente, el “cine comercial” –prácticamente el que hace Televicine– “no vale la pena más que como un negocio abarrotero”. No obstante, a Montiel le parece saludable que “los industriales hayan entrado en razón” y empiecen a contratar a los egresados de las escuelas especializadas. “Es el trabajo que hay y es una forma de ejercer el oficio, en algo lo mejorarán”.
Después de todo, concluye, “el cine ha sido y es, expresión y arte, entretenimiento y espectáculo, todo al mismo tiempo, aun en sus formas más comerciales”.