Engendro

De las distintas historias de horror que se propusieron escribir en 1816 alrededor de una fogata un vanguardista grupo de escritores y poetas británicos, la más famosa fue la engendrada por Mary W. Shelley, Frankestein, la historia de un hombre que desafió a Dios, convirtiéndose en el creador de un ser espeluznante.
El Frankestein fue filmado por primera vez en 1910, pero hasta ahora la versión más favorecida y conocida es la realizada en Hollywood en 1931 por el inglés James Whale, Frankestein, the man who made a monster, e interpretada fabulosamente por el también británico Boris Karloff.
La última versión se encuentra en cartelera en estos momentos. Dirigida por Kenneth Brannagh –quien interpreta además a Víctor Frankestein– esta superproducción al estilo Coppola conserva el espíritu clásico de este mito moderno en el que el hombre recibirá un cruel castigo por haber querido robarse el misterio de la creación.
Brannagh está en Frankestein muy lejos de la sobriedad de recursos de su largometraje Henry V –donde hasta las más terribles batallas debían desahogarse en tomas cerradas, y algo profundamente emotivo y teatral lograba crear una atmósfera shakesperiana– y también lamentablemente lejano a la extraordinaria armazón de su deliciosa comedia también de Shakespeare, Tanto para nada. Ya ganado el terreno hollywodense –incluso su esposa Emma Thompson se ha convertido en una de las actrices de moda–, con una estupenda derrama de dólares, con el estelar interpretado por Robert de Niro, en fin, con los vientos al parecer a su favor, Brannagh, sin embargo, se ancló con Frankestein.
El barón bretón Gilles de Rais (1404-1440), guardia personal de Juana de Arco, acusado de satánico y asesino de más de 140 niños con los que luego intentó crear infructuosamente un “homúnculo”, no se habrá atemorizado en lo más mínimo.
¿Cuál es el problema de Frankestein? Pues él mismo, que es un monstruo descosido y disparejo, armado con pedazos de melodrama romántico y de tragedia griega, con retazos de cine gótico y de reflexión freudiana, con aventuras a la rin-tin-tín y escenas epopéyicas, incluso con parches de neorrealismo italiano y laboratorio brujeril de Blanca Nieves, con un soporte musical excesivo y engolosinado, con acordes efectistas al final de cada frase y con misterios sin misterio, y con detalles que en nada contribuyen a la atmósfera, como el moderno ataúd del experimento, más propio del laboratorio de Allien que de la gótica construcción frankesteiana que el inconsciente colectivo recuerda como el frágil laboratorio de un hombre tenaz azotado por las iras de los cielos en la noche de tormenta.
Se le notan las costuras, las cicatrices y los remiendos. Ni la estupenda actuación del propio Brannagh ni un guión plagado de lugares comunes y frase poéticas logran crear un producto suficientemente verosímil. Este Frankestein no cobra vida. Simplemente sucede sin ningún aliento dramático, y el resultado es un engendro lo suficientemente comercial como para esperar a que lo exhiban en la televisión.