Dos miradas, dos formas de aprehender el mundo, de capturar la realidad. Dos trazos que se cruzaron en las calles de Manhattan: David Alfaro Siqueiros y Jackson Pollock. Jackson Pollock y David Alfaro Siqueiros. El realismo dramático por contundente del mexicano y el expresionismo abstracto del estadunidense. Una relación de amor-odio.
Se trata de un encuentro apenas descubierto por los críticos y académicos de Estados Unidos, que está revolucionando la apreciación de ambos artistas y, en especial, la influencia del chihuahuense sobre el neoyorquino.
Como preludio del centenario de Siqueiros, la Künsthalle de Dusseldorf inaugurará en septiembre próximo la exposición Siqueiros-Pollock/Pollock-Siqueiros.
Jürger Harten, director de la Sala de Arte de Dusseldorf, explica los motivos de esta reunión:
“Es un poco complicado definir la relación entre ambos y el porqué los escogimos para la exposición. En primer lugar, bueno, pues se trata de dos artistas del continente americano, son dos creadores sobresalientes del arte del siglo XX. Esta exposición tardó tanto en llevarse a cabo por una poderosa razón: la Guerra Fría. Por ejemplo, en Estados Unidos los académicos hicieron de lado el estudio de la relación entre Siqueiros y Pollock, simplemente porque Siqueiros era comunista. La Guerra Fría ya terminó, en 1989, y la unificación nos obliga a los alemanes a ser conscientes de que Alemania fue una de las causas de este enfrentamiento sordo de la posguerra. Ahora hay una nueva generación de académicos norteamericanos que están redefiniendo su propia historia del arte y la relación de éste con el arte indionorteamericano y mexicano.”
Es en este sentido, dice, que el trabajo del pintor mexicano realizado en los años treinta y cuarenta cobra especial interés para los estudiosos por la influencia que tuvo, indudablemente, sobre la generación de artistas plásticos de esos años en Estados Unidos. El mejor ejemplo de esto es Pollock.
Irene Herner, quien se desempeña como curadora por la parte mexicana para la exposición, explicó a mediados del año pasado a la prensa, en ocasión de la exposición Siqueiros, el lugar de la utopía (Proceso, 940), que la muestra de Dusseldorf será de enorme importancia en el ámbito artístico internacional, porque indagará la relación profesional que mantuvieron ambos artistas en la ciudad de Nueva York de la década de los años treinta.
Después de pintar en Los Angeles, en 1932, el primer mural al exterior, Siqueiros empezó a experimentar con materiales industriales para crear otros significantes y otros puntos de vista, mientras que entraba en contacto con artistas de todo tipo.
La muestra indagará sobre la relación del artista mexicano con los “action-painters” estadunidenses que ingresaron en 1936 al taller que fundó el “Coronelazo” en Nueva York, en especial con Pollock, quien es considerado por la crítica como uno de los más importantes seguidores de las propuestas artísticas de Siqueiros.
ATRACCION PERSONAL
En 1935, David Alfaro Siqueiros polemiza con Diego Rivera sobre el muralismo mexicano, y al año siguiente, en Nueva York, funda el Taller Experimental (New York Art Workshop), un laboratorio de técnicas modernas para el arte; entre los miembros se encontraba Jackson Pollock, el máximo representante del expresionismo abstracto norteamericano, y creador del action painting (pintura de acción).
Artistas completamente diferentes, el mexicano y el estadunidense coincidían en una cosa: el afán de experimentar, de encontrar nuevas técnicas pictóricas. Ambos expresan su momento a pesar de estar en polos opuestos. Pollock, entre otras cosas, aprendió de Siqueiros el uso de la pistola de aire.
En 1983, el poeta mexicano David Huerta escribió un artículo titulado “Jackson y Lee” (Proceso 368) en el que evidenció esa influencia mexicana. Huerta, vinculado a las artes plásticas a través de una crítica cercana a la poesía y llena de imágenes sensibles, contó entonces:
“Hace dos semanas, en plena euforia de inauguraciones orozquianas, dos de los nuevos diseñadores gráficos de nuestro país –asimismo pintores y dibujantes por derecho propio– quisieron ponerle un cuatro a un escritor al que, seguramente, juzgaban ingenuo y bobalicón en cuestiones de artes visuales. Le dijeron, mostrándole una vistosa reproducción en un voluminoso libro de arte: ‘Mira, a ver, ¿a poco habías visto a Orozco?’ El otro, no tan candoroso como suponían los bromistas, sospechó algo y dijo de manera fulminante: `Ese no es un Orozco: debe ser de algún pintor gringo’. Tenía razón: se trataba de un cuadro de Jackson Pollock, el héroe del action painting y una de las figuras centrales del arte moderno de los Estados Unidos –junto a su mujer de toda la vida, la admirable Lee Krasner, quien le ha sobrevivido varios años, en plena creación pictórica.”
Pollock tenía sólo 24 años cuando ingresó al New York Art Workshop, 16 menos que Siqueiros.
“Testigos presenciales –cuenta Harten– aseguran que entre ambos artistas existía una fuerte atracción personal, un hate-love affair (relación amor-odio)”.
Esta ambivalencia, dice, encuentra su origen en que los dos tenían temperamentos similares: “Eran muy machos, agresivos y ambos sentían especial gusto por beber”.
En este punto Irene Herner interviene para aclarar que Siqueiros no era, ni de lejos, el alcohólico que era Pollock.
Sigue Harten: “Siqueiros era elocuente y encantador. Pollock, por su parte, era un ser no verbal, de hermosa personalidad, aunque lo suficientemente atractivo. Era una relación del tipo que se da entre el maestro y el alumno.
“Cuando se conocen, Pollock todavía no había definido ni sabía su camino en las artes. De Siqueiros probablemente admiró su empeño, su vigor, probablemente también sentía celos de él, lo que explica su postura ambivalente hacia David Alfaro Siqueiros”.
Según el curador de la Künsthalle, es muy difícil establecer la influencia de Siqueiros sobre Pollock, dado que en ese entonces el norteamericano no había logrado una obra verdaderamente madura. Sin embargo, en su producción artística de esos años, entre los cuarenta y cincuenta, las estructuras estéticas y de contenido se relacionan con Siqueiros sin ser similares los estilos.
Harten revela que “hasta ahora sólo se había pensado que para la técnica de la action painting, Pollock la tomó en un gran porcentaje de Siqueiros. En cuanto a la temática, Siqueiros tenía un sentimiento de lucha muy personal, pero también político. Por lo que respecta a Pollock, era menor aunque él produjo imágenes de las hordas, lo que se llamó la masa primitiva”.
Llama la atención el hecho de que Siqueiros no haga mención alguna de Pollock en sus memorias, tituladas Me llamaban el Coronelazo.
Sin embargo, la relación entre ambos pintores tuvo como principal característica, a decir del curador, “la urgencia de un parteaguas a la dimensionalidad pictórica, de aprovechar la oportunidad de experimentar y hacer algo con los elementos que pueden y no controlar”.
En lo que a Pollock concierne, se hallaba convencido de que la pintura de caballete estaba muerta, pero no había llegado a encontrar su verdadera expresión en el muralismo; de hecho, hizo algunos, pero transportables. Pollock se situaba a sí mismo “en la mitad del camino entre la tela y la pared”.
Resume: “Son más importantes las diferencias que las igualdades entre ambos”.
Entrevistado por El Norte, en mayo de 1992, Henry Geldzahler, quien fue curador de arte del Siglo XX en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, indicó que ha hecho falta un estudio que muestre que José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera, cuando estaban pintando sus grandes murales en los treinta, influenciaron en buena medida a la pintura norteamericana, la cual, según el especialista, se tornó más ambiciosa en contenidos y formatos.
Citó a Jackson Pollock como un ejemplo de esto: “La pintura norteamericana sentada en los museos de Estados Unidos que jugaron un rol central en los treinta, cuarenta y cincuenta, como todavía lo siguen haciendo, se puso en contacto con la pintura mural del medievo y el Renacimiento a través del impulso de los muralistas mexicanos”.
Geldzahler fue pieza clave, de acuerdo con la nota de Dinorah Basáñez, en la cultura norteamericana y específicamente en el campo de las artes pues fue el principal impulsor de grandes pintores como Andy Warhol o David Hockney.
CIEN AÑOS DE SIQUEIROS
Además de la complejidad conceptual de la exposición, la parte operativa ha resultado por demás extenuante. Jürger Harten ha trabajado más de año y medio en ella. Desde principios de 1994 entabló contactos con las autoridades culturales mexicanas para obtener su cooperación. Comenta que aunque la respuesta ha sido positiva, es apenas ahora cuando espera lograr un “acuerdo constructivo” con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, “a pesar de las dificultades económicas que todo el mundo entiende”.
Irene Herner, catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, fue llamada por Harten para participar como curadora y asesora de la exposición, según contó ella misma. Entró de lleno en el proyecto luego de su salida forzada de la coordinación de Siqueiros, el lugar de la utopía (Proceso 940), que había montado en la Sala de Arte Público Siqueiros. Desde entonces, el Instituto Nacional de Bellas Artes la asignó al trabajo relativo a la exposición de Dusseldorf.
Cuando faltan ocho meses para la inauguración de Siqueiros-Pollock/Pollock-Siqueiros –comienza el 29 de septiembre y termina el 3 de diciembre–, aún no han sido definidas las obras que participarán del “Coronelazo”, entre otras cosas, porque Harten, dice él mismo, tuvo que esperar al cambio de gobierno en México:
“Ojalá fueran obras maestras para que la comparación valiera la pena. Preferentemente las de los años treinta y cuarenta. Buscamos que participen algunas que se encuentran, obviamente, en el Museo de Arte Moderno, en el Carrillo Gil, en el Museo Nacional de Arte y, por supuesto, en la Sala de Arte Público Siqueiros.”
La búsqueda de las obras de Siqueiros incluye colecciones privadas, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo Nacional de La Habana, la Casa de las Américas, en Cuba, y hasta el Museo de Tel Aviv. Dice además que sí se mostrarán murales, aunque “lo ideal es admirarlos in situ, para corroborar lo consecuente del trabajo del pintor”.
También por el lado de Pollock ha sido pedregoso el camino recorrido ya que, explica, se trata de obras sumamente frágiles y de alto valor económico. Muchas de ellas, asegura, se encuentran en las listas de “no prestables”. Aunado a esto, el Museo de Arte Moderno de Nueva York prepara una gran retrospectiva sobre Pollock para 1997, lo que también ha dificultado su labor.
La exposición, según cálculos del investigador alemán, tendrá un costo mínimo de un millón de dólares, el cual será aportado por algunas instituciones públicas y corporativos privados de Alemania, aunque la mayor parte por el gobierno de la ciudad de Dusseldorf. El catálogo será publicado en colaboración con Editorial Dummond y, prometen, tendrá “un enfoque novedoso”.
En mayo del año pasado, la crítica de arte Raquel Tibol participó en la mesa redonda “Siqueiros y la crítica”, dentro del homenaje “La Marcha de la Humanidad” que realizó el Poliforum Cultural Siqueiros en ocasión del vigésimo aniversario luctuoso del pintor. En esa mesa también expusieron sus puntos de vista Bertha Tarracena, Carlos Blas Galindo, Laura Levinson y Felipe Ehrenberg, como moderador.
Allí, Tibol llamó la atención en el hecho de que fuera en Alemania donde se llevara a cabo la exposición y no en México, máxime que se cumplen, en 1996, los cien años del nacimiento de David Alfaro Siqueiros: “Simplemente porque también el centenario de Diego Rivera se le ocurrió primero al Museo de Detroit y después a México”, “y el centenario de Orozco tuvo un poquito de vuelo porque hubo un funcionario que volaba un poquito, y que era Juan José Bremer, él dijo: ‘qué buena ocasión el centenario para comprarle a la familia del pintor jalisciense gran parte de la colección’, y fue realmente un paso a la altura del artista”.
Dijo que a los funcionarios que llevan las riendas de la política cultural en México todavía no se les ha ocurrido qué hacer con Siqueiros, pero eso sí, indicó, el 6 de enero (fecha de nacimiento del pintor) están en la Rotonda de Hombres Ilustres para protagonizar “actos ridículos”.
Siguió: “Los funcionarios no lo han pensado, el medio cultural sí, pero lo tiene en un segundo plano y, quizás, cuando empiecen en otros países, como va ocurrir el año próximo en Dusseldorf, entonces se van acordar y van a decir: ‘Ah sí, nosotros también'”.
Ese día, Raquel Tibol mencionó que Siqueiros no tuvo un alumno a su altura, sólo ayudantes, “de ahí que la mayoría se haya dedicado a hacer falsos y ese ha sido el triste camino de casi todos los ayudantes de Siqueiros”.
No ha sido, dijo, “como lo fue Diego Rivera en un momento, que hubo un riverismo; es decir, Juan O’Gorman no existiría sin Rivera; no podemos hablar de ninguna personalidad a quien Siqueiros haya contagiado, salvo Jackson Pollock, a quien le enseñó el ‘chorreado’ y después Pollock se lanzó por un camino”.
Este “chorreado” de Pollock, conocido en el medio artístico como “drip paintings”, influyó hasta en el maestro del pop-art Andy Warhol, quien para conseguir las manchas de color cobrizo de sus Oxidaciones, serie iniciada en 1977, hizo orinar a los amigos y visitantes de ambos sexos de su Factory. En algunos casos, el artista les pedía que antes de orinar tomaran tabletas de Vitamina B para lograr efectos cromáticos especiales.








