“México era el patito feo en materia de democracia. Se acabó el patito feo”. Ufano, serenado, así festejaba el joven secretario de Gobernación Esteban Moctezuma, el pacto, llamado “Acuerdo de Los Pinos”, en el cual los partidos que ahora pesan más en las luchas políticas mexicanas, se comprometían a dialogar, consolidar reformas electorales e impulsar reformas políticas en el Distrito Federal.
El meollo del acuerdo radicaba, o radica a pesar de menoscabo inmediato en Tabasco, en la posibilidad de reunirse abiertamente, en “acordar la resolución inmediata de los conflictos poselectorales (Chiapas, Tabasco y Veracruz, lo urgente) y en instalar una mesa de negociación para llevar a cabo las reformas…”.
Los jerifaltes priístas de Tabasco, seguramente con el consentimiento o petición del gobernador formal, Roberto Madrazo –salvo trama de truculencia suicida, no es creíble que “el centro” haya convenido el remedo priísta de la violencia frecuente de los opositores en otros lugares y tiempos–, desalojaron a los perredistas que ocupaban el zócalo de Villahermosa, aunados a las fuerzas civiles y militares del edén perdido.
Asustados, pero no acobardados, apurando un trago de su propio pozol, los perredistas recularon y optaron por no responder a la violencia priísta regional. Lo mismo pensaban en Chiapas, en donde se habló de una tregua en el caso del gobernador formal Eduardo Robledo Rincón. Estimulado, esperanzado por la experiencia tabasqueña, reincide constantemente en afirmar que no defeccionará, que no habrá interinato en el saqueado, envilecido, colonizado estado sureño.
El PRD hizo saber que el Acuerdo de Los Pinos sufría pronta contradicción y que era poco viable si no se reparaba el agravio tabasqueño y se cumplía el punto de arreglo convenido de los conflictos poselectorales.
También el gobierno federal se manifestó atónito y recomendó cese de hostilidades para evitar un enfrentamiento civil peor y constante. Negó que hubiese acuerdo para la inducción de licencia de Madrazo. Alfonso Durazo, vocero incipiente de la secretaría juvenil de Zedillo, aseguró que Gobernación seguiría interponiendo sus buenos oficios, con respeto a la soberanía de Tabasco, para que diriman sus pleitos quienes ya llegaron a las manos.
Quienes no fueron respetuosos fueron los priístas tabasqueños. Insólitamente abuchearon al presidente Zedillo y hasta vociferaron que era un traidor.
Manuel López Obrador dejó en manos de sus correligionarios de hoy –expriísta lo mismo que el candidato del PAN al gobierno del estado encendido ha mucho– la definición de la estrategia a seguir. El PRD se encuentra ahora con un texto o un pretexto de los radicales irredentos, los del todo o nada, para insistir en su tesis de que no son confiables las discusiones y convenios con el priato y sus gobiernos.
Aunque ahora, salvo tozudez enfermiza, tienen que advertir que las fracturas sobrevenientes al colapso inepto y entreguista, del desgobierno de Salinas de Gortari –musita cositas en entrevistas con su cómplice Zabludovsky– llegan al punto de que hasta priístas conspícuos de otros días –Cárdenas, Arturo González Cosío, Enrique González Pedrero (le quieren echar encima los disturbios de Tabasco), Armando Labra Manjarrez y Demetrio Sodi de la Tijera– se lancen a la calle este martes con opositores “en defensa de la soberanía nacional, los niveles de vida y la democracia”.
Si como dice Zedillo resistirá la tentación de la represión, si no se deja llevar por la corriente de los emisarios del pasado, si respeta a los opositores, el Acuerdo de Los Pinos no se convertirá en otro patito feo, en el pato Pascual, que es gringo y estúpido.








