PARIS.- ¿Quién o qué se esconde detrás de la cruenta guerra sucia de Chechenia? ¿Quién gobierna Rusia? Son las preguntas que hacen sectores cada vez más amplios de la opinión pública rusa e internacional.
Se multiplican las hipótesis, a veces complementarias, otras contradictorias, y siguen el misterio y la confusión.
Hay quienes acusan a los lobistas rusos del petróleo de haber acelerado la guerra (Chechenia tiene abundantes recursos petroleros). Otros señalan que Boris Yeltsin buscó tapar su fracaso económico con una “victoria” en Chechenia. Tercera tesis: se asegura que fue Pavel Grachov, el ministro de Defensa involucrado en un gigantesco escándalo de corrupción, quien quiso salvar la cara con un triunfo en el Cáucaso.
El muy serio diario Izvestia, uno de los principales periódicos de Moscú con fuentes de información al más alto nivel, informó en su edición del jueves 12 de enero: el 31 de diciembre Grachov festejó alegremente su cumpleaños en la base militar ubicada en la frontera con Chechenia. Entre los invitados del ministro se encontraban el primer viceprimer ministro de Rusia, Oleg Soskovets, delfín de la eminencia gris de Boris Yeltsin; Alexandr Korjakob, y otro general, que el periódico no pudo identificar.
En la madrugada, después de haber bebido durante toda la noche, se les ocurrió acabar de una vez con los chechenios y lanzar en seguida “la ofensiva final” contra Grozny. En la euforia general prometieron “tres estrellas” a quien lograra apoderarse del Palacio presidencial. “Fue así como se decidió la masacre del primer día del año”, concluye escuetamente Izvestia.
Esta terrible anécdota agudizo aún más el creciente descrédito de Boris Yeltsin dentro y fuera del país. En menos de un mes el presidente ruso, que ya había perdido bastante credibilidad después de haber ordenado el bombardeo del parlamento en octubre de 1993, logró aglutinar a todos en su contra.
Los ultranacionalistas, encabezados por el peligroso Vladimir Jironovski, quienes lo apoyaron en su política de mano dura en Chechenia, le reprochan su lamentable fracaso militar. Los sectores democráticos, quienes se levantaron con mucha dignidad contra la intervención armada en la pequeña república autónoma, lo acusan de reforzar su régimen dictatorial.
Los sectores económicos del país se dan cuenta de que esa aventura asusta a los inversionistas extranjeros, ya de por sí muy prudentes ante el permanente caos ruso. Las Fuerzas Armadas están más divididas que nunca, pero coinciden en un solo punto: califican a Pavel Grachov y Boris Yeltsin de ineptos y los acusan de haber enviado al matadero a miles de muchachos rusos. (Los muertos chechenios no parecen despertar su compasión…)
Desde todas las repúblicas de la Federación llegan críticas muy duras contra el Kremlin, tanto de los dirigentes como de la opinión pública. Las familias rusas comunes y corrientes, que se debaten día tras día en medio de una crisis económica agobiante, temen que sus hijos vuelvan a servir de carne de cañón en otras partes de la Federación y empiezan a salir de su letargo para manifestarse contra la guerra y contra Yeltsin, quien según los sondeos sólo goza del apoyo del 15% de la población.
La prensa rusa, con excepción de unos cuantos medios oficialistas, libra una batalla ejemplar contra la reaparición de los viejos métodos soviéticos para controlarla y sus ataques contra Yeltsin y los “halcones” que lo rodean son sin piedad.
En Europa central, la consternación. “Ahora los polacos vuelven a tener miedo de los rusos”, explica Adam Michnik, exconsejero de Solidaridad y actual director de Gazeta, el principal diario de Polonia. Advierte Michnik: “Dudaiev no es el héroe de mis sueños, pero la guerra en Chechenia es una amenaza y una aventura irresponsable, porque lo que está en juego es el entierro de la democracia rusa. Esa guerra no va a garantizar la integridad territorial de Rusia. Pero en cambio puede provocar el derrumbe del estado ruso”.
Inquietos también los diputados de la oposición polaca acaban de crear un grupo parlamentario de solidaridad con los chechenios y exigen al presidente y premio Nobel de la Paz, Lech Walesa, que pida a Boris Yeltsin que suspenda los bombardeos.
Vaclav Havel, presidente de la República checa, manifiesta oficialmente su reprobación ante la guerra de Chechenia y, al igual que sus homólogos de Slovaquia, Polonia y Hungría, insiste sobre el hecho de que la dislocación del Pacto de Varsovia “dejó esa región del mundo en un peligroso vacío a nivel de seguridad”.
Los jefes de estado de Europa Central intentan en vano integrar la OTAN. Europa Occidental y Estados Unidos están de acuerdo, pero desde hace tres años Moscú pone un veto categórico a esa iniciativa… Advierte Vaclav Havel: “Ya es tiempo de solucionar el problema de seguridad en el centro de Europa porque dentro de dos años, quizás, será demasiado tarde para actuar…”.
En los países bálticos, independientes desde 1991, la intervención rusa en Chechenia provoca también mucha emoción. “De igual forma Moscú nos llamaba separatistas, nacionalistas y criminales”, recuerda Viautas Landsbergis, quien encabezó la lucha por la independencia de Lituania, antes de pedir un rechazo occidental más drástico ante la línea dura del Kremlin.
A mediados de diciembre los gobiernos de Estados Unidos y Europa occidental reprobaron prudentemente la entrada de las tropas rusas en Chechenia. Motivo de su reserva: Chechenia es parte de la Federación de Rusia, no se puede intervenir en un problema interno. La amplitud de las matanzas perpetradas en las dos últimas semanas los obliga a cambiar de actitud.
La Unión Europea acaba de suspender la firma de un tratado de cooperación con Rusia, al tiempo que el Consejo de Seguridad europeo amenaza con aplazar la entrada de Rusia en su seno. Esa adhesión estaba prevista para el próximo mayo. Helmut Kohl tiene largas conversaciones telefónicas con Boris Yeltsin. Y en las grandes capitales occidentales el caos ruso vuelve a ser motivo de profunda preocupación.








