PARIS.- Ya no es un secreto para nadie: Desde el derrumbe de la URSS existe un profundo malestar en las Fuerzas Armadas rusas. Este fue particularmente obvio durante la crisis de octubre de 1993. En ese entonces Boris Yeltsin tuvo muchos problemas para convencer a Pavel Grachov, ministro de la Defensa, para que interviniera contra los diputados rebeldes atrincherados en la Casa Blanca, el parlamento ruso.
La desastrosa campaña militar contra la República Autónoma de Chechenia, que se autoproclamó independiente en 1991, agudiza aún más las contradicciones internas en las Fuerzas Armadas.
Ahora Pavel Grachov y Boris Yeltsin parecen estar de acuerdo para defender la misma política de “mano dura” contra “los bandidos armados” de Chechenia, aunque algunos observadores políticos rusos afirman que Yeltsin es “el títere” de Grachov en esa lamentable y cruel aventura militar; mientras que otros aseguran que de seguir “el desastre chechenio”, Grachov podría servir de chivo expiatorio y ser destituido. Sea como sea, crece la inconformidad en los cuarteles y en el estado mayor.
Por un lado, los jóvenes conscriptos sin experiencia militar alguna están aterrados por la perspectiva de enfrentarse a los aguerridos chechenios. Conocen de sobra el infierno que vivieron sus “hermanos mayores”, los soldados soviéticos en Afganistán, y no quieren seguir el mismo destino. Según la prensa y los expertos rusos, las deserciones se multiplican desde hace un mes. Las madres de los jóvenes reclutas comparten el temor de sus hijos y organizan manifestaciones de repudio a la guerra cada vez más amplias en numerosas ciudades de Rusia.
Por otro lado, una parte del alto mando de las Fuerzas Armadas plantea graves interrogantes. Chechenia es parte de la Federación de Rusia, subraya, por lo tanto no le corresponde al ejército, y mucho menos a las Fuerzas Aéreas, restablecer el orden dentro del país. Es anticonstitucional, insiste. El papel de los militares es defender la Federación de Rusia contra un peligro exterior. Los problemas internos corresponden a las fuerzas de seguridad…
Otros miembros eminentes del Estado Mayor no cuestionan tanto la intervención en Chechenia como la manera de llevarla a cabo: Fue improvisada, inadecuada, no se tomaron en cuenta las lecciones del fracaso soviético en Afganistán, dicen a los diarios rusos que se atreven a publicar sus declaraciones. Algunos renuncian, otros critican públicamente al ministro de la Defensa.
El 22 de diciembre, el general de brigada Eduard Vorobiev, primer adjunto del comandante en jefe del ejército ruso, dio a conocer su renuncia después de haber rechazado “la propuesta del ministro de la Defensa de tomar el mando del operativo de desarme de las bandas armadas de Chechenia”. A mediados de diciembre el general Ivan Babichov, responsable del frente occidental de Chechenia, detuvo a sus tropas, 35,000 hombres, a 35 kilómetros de Grozny y no quiso avanzar más.
Dos viceministros de la Defensa, los generales Valeri Mironov y Boris Gromov, se pronunciaron contra la intervención militar, mientras el general Alexandre Lebed, jefe del 14 ejército de Moldavia, la criticó abiertamente. Lebed se está convirtiendo en una de las personalidades más escuchadas y respetadas tanto en los sectores inconformes de las Fuerzas Armadas como en amplias capas de la opinión pública rusa.
A continuación Proceso reproduce dos documentos que ilustran ese creciente malestar en las Fuerzas Armadas rusas.
El primero muestra la inmensa desmoralización de la base. Se trata de una entrevista con un joven piloto de un avión de guerra que bombardeó Grozny, realizada por Alexandr Jilin, especialista en problemas militares del importante semanario Moskovie Novosti (Noticias de Moscú).








