Si 1993 fue el año de las dramaturgas que invadieron los escenarios, 1994 puede calificarse como el de las ediciones teatrales.
Lo sorprendente del caso es que no fueron las instituciones públicas las que se ocuparon de editar y difundir el teatro mexicano sino empresas editoriales pequeñas y gente del medio teatral las que se aventuraron en la publicación de textos. Admirable por esta parte y reprobable por la otra.
Al Fondo de Cultura Económica, que dirige Miguel de la Madrid Hurtado, no le interesa el teatro, salvo el de Maruxa Villalta. Lejanos aquellos tiempos cuando editaba esas maravillosas antologías, con lo mejor de cada año. La UNAM se vio lenta esta vez, y en su serie La Carpa sólo editó un volumen con tres textos de Harold Pinter y dos obras de Ignacio Solares. El jefe máximo e Infidencias, estrenadas en teatros universitarios.
El IMSS, antes tan activo, sólo publicó una antología in memorian de Tomás Espinoza. La UAM, desde los años ochenta, cuando lanzó el movimiento Nueva Dramaturgia Mexicana, no ha vuelto a tener un proyecto de apoyo editorial al teatro; el INBA ni el ISSSTE tampoco lo tienen.
En cambio, editoriales privadas pequeñas como El Milagro continuaron su labor publicando en bellas ediciones obras como Entre Villa…, de Sabina Berman, y el Hamlet, por ejemplo, de Héctor Mendoza.
La Editorial Plaza y Valdés, con patrocinio del Conaculta (léase Dirección de Publicaciones), editó una atractiva colección de textos breves en un formato de bolsillo que se vende en múltiples librerías. Al lado de obras de Argüelles, Luis Josefina Hernández, Carballido y Sánchez Mayans, como sorpresa, aparece Ventajas de la epiqueya, una interesante comedia de intriga de Luis de Tavira, quien confirma con esta obra su vocación por la dramaturgia escrita.
El Instituto Nacional para la Educación de los Adultos encomendó a la actriz Emma Teresa Armendáriz la elaboración de una antología de teatro mexicano contemporáneo destinada a los guías teatrales del INEA.
Con un ilustrador y bien documentado prólogo del poeta Dionicio Morales, apareció hace unos días el resultado de la labor de esta destacada actriz, también dramaturga metida a editora, un espléndido volumen con obras breves medianas y extensas de Usigli, Garro, Carballido, Licona, Marcela del Río y otros, siendo las novedades El cántaro seco, de la recordada Nancy Cárdenas; La fuerza del hombre, obra poco conocida de Oscar Lera, y Tomóchic, del joven autor chihuahuense Joaquín Cossio.
Y algo insólito: los dramaturgos Tomás Urtusástegui y Felipe Galván fundaron la Editorial Iberoamericana y han emprendido un gigantesco proyecto, editar 120 títulos en ediciones rústicas, de 1,000 ejemplares a un costo de cinco nuevos pesos (lo que vale una boleada o una cerveza). Llevan ya 19 títulos y para difundirlos han realizado más de 100 lecturas dramatizadas con el apoyo económico de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y el Departamento del Distrito Federal (DDF).
En esta colección destacan obras nuevas como las de dos actrices, ahora dramaturgas: Mishima, de Susana Robles, y Avalancha, de Cristina Ribal, inspiradora del proyecto editorial; obras de los argentinos Griselda Gambaro y Roberto Cossa, textos poco conocidos de Manuel Talavera, Héctor Berthier, Hugo Fragoso y José Dimayuga, ganador del concurso de la Sogem, al lado de obras de Carballido, Azar, González Dávila, González Caballero, Licona, Argüelles, Carmen de la Fuente y César Rendón.
Más hacen por el teatro estos dos dramaturgos metidos a editores que muchas instituciones públicas.
Y la editorial privada que se lleva una mención de honor este año es el Grupo Editorial Gaceta, que dirige Edgar Ceballos. Con independencia de sus aplicaciones de ensayos, investigaciones y libros para la formación teatral, Gaceta publicó un impresionante número de textos dramáticos. En su colección Escenología apareció Trilogía musical, de Hugo Argüelles, y Cinco obras para una sola actriz, de Arnold Wesker, cinco monólogos que harán las delicias de las actrices desempleadas que quieran generar su propia fuente de trabajo.
En su colección Teatro Contemporáneo aparecieron trilogías de Usigli, Novo, Argüelles y Luisa Josefina Hernández y en colaboración con el DDF (léase el exregente Manuel Aguilera Gómez, presionado por Hugo Argüelles) Gaceta publicó una colección de 12 volúmenes, con tres obras cada uno, de conocidos dramaturgos mexicanos: Argüelles, Carballido, Leñero, González Caballero, Mendoza, Olmos, Berman, Urtusástegui, Azcárate y Reyes.
Y por si esto fuera poco, Gaceta publicó en Edición Conmemorativa la obra completa de Hugo Argüelles en diez tomos, más tres volúmenes con obras de los alumnos de su taller (Castillo, Luna, Alanis, Jerrade, Vázquez, Alcalá, Jaramillo, Mujica, Inclán, Schwartzman y Aura) y está en prensa una trilogía de Fernando Sánchez Mayans.
En la Colección de Teatro Contemporáneo faltaron algunos destacados autores, como González Dávila, Liera, Wilebaldo Tenorio, Velázquez y Licona, pero Ceballos anuncia ya otra edición para incluirlos. Y falta una colección que recoja los textos de una nueva y brillante generación de dramaturgos: Jaime Chabeaud, Luis Mario Moncada, Estela Leñero, Silvia Peláez, Jorge Celaya, Ricardo Pérez Quitt, Hernán Galindo y varios más que están haciendo el teatro nuevo, aunque esto sería ya demasiado pedírselo a Gaceta, a menos que encuentre un copatrocinador, que debiera ser el Conaculta.
El teatro, lo sabemos, es para la escena, pero su publicación lo documenta, registra y contribuye a su divulgación. Ahora, habrá que luchar para que estas obras pasen del papel al escenario, su verdadero y único destino.








