Nostalgia por el Parque Agua Azul

Construido a mediados del siglo pasado en medio de un lago y orgullo de los tapatíos durante varias décadas, el Parque Agua Azul es sólo un mal recuerdo. Atrás quedaron los buenos tiempos en los que podían escuchar conciertos musicales en el foro de la Concha Acústica y divertirse en ese espacio ecológico.

Volver al parque que solía frecuentar durante su infancia le causa una profunda emoción a Camila Pérez. Tenía 20 años de no visitarlo. Hoy lo ve diferente. En la entrada principal, la de la calzada Independencia, observa un grafiti de grandes letras que forman la palabra Agua Azul; también la inmensa cabeza blanca de Miguel Hidalgo.
La taquilla luce descuidada. Al llegar a ella, Camila se sorprende al ver la tarifas de entrada: seis pesos el ingreso y 118 pesos por sesión fotográfica. “La tarifa es más elevada que la del parque Mirador, ubicado al borde de la barranca de Huentitán”, comenta, donde estuvo hace poco y sólo pagó tres pesos con 50 centavos.
El Agua Azul fue construido entre 1946 y 1952 en el lugar donde había un lago, paso obligado del río San Juan de Dios. Su extensión es de 16.8 hectáreas, con dos secciones divididas por calzada González Gallo.
Ya dentro del parque, Camila decide ir a la Concha Acústica, el sitio donde se organizaban conciertos al aire libre y en el cual muchas veces esperó pacientemente, horas incluso, a que salieran a tocar los artistas favoritos de su mamá.
Ya no es así. Las cosas andan mal, dice mientras camina y observa más grafitis en las paredes interiores; el pasto está casi seco y el entorno está casi vacío.
Al llegar al alambrado que rodea la Concha Acústica su decepción aumenta al ver que las sólidas bancas de cemento están desmoronadas –“como polvorón”–, con las varillas levantadas. En el entorno crecen plantas silvestres, “de esas que nacen en cualquier construcción abandonada”.
El triángulo imponente que se alzaba a varios metros del escenario está completamente descarapelado; las paredes y las puertas que cruzaban los cantantes están pintarrajeadas. Además, las ramas secas de los eucaliptos inundan la zona de las gradas, como si fueran los espectadores. “Y pensar que era el único auditorio que hubo en el lugar durante años”, afirma Camila.
Y cuando intenta abrir la puerta oxidada para ingresar a la antigua Concha Acústica, una voz de mujer la espeta.
–¿A dónde va?
–Me gustaría entrar. Desde afuera no puedo creer que se esté cayendo el lugar.
–Lo siento, está prohibida la entrada. La Dirección de Obras Públicas decidió clausurar porque los asistentes corren peligro.
Tras el ríspido intercambio de palabras, la chica que le prohíbe la entrada a Camila cambia su tono e incluso le comienza a platicar sobre el lugar; le expone con detalle cómo fue decayendo el foro de manera paulatina.
Dice que, de acuerdo con el área de administración del parque, éste cuenta con un presupuesto cercano a los 500 mil pesos al año, que resulta insuficiente para darle mantenimiento, pese a que desde hace tiempo el área de calzada González Gallo, que hoy divide en dos al parque, se otorgó en comodato al DIF para que atienda a niños con Síndrome de Down.
La mujer, que resultó ser empleada administrativa, comenta a Camila que el último concierto que tuvo lugar en la Concha Acústica fue el 29 de noviembre de 2008, cuando se presentó el grupo Jaguares. “A partir de esa fecha la Dirección de Obras Públicas dijo que ya no se podía usar, pero existe un proyecto para rescatar el lugar”.
Hoy, dice la empleada del parque, ni siquiera hay dinero para focos: “Tenemos 140 lámparas en forma de gárgolas y cada una necesita cinco focos… En verdad no tenemos dinero ni para eso”. Ello provoca que, por las noches, la gente del lugar aproveche para entrar al parque y robarse la tubería de cobre, así como los escasos focos y las bombas.
Descuido total

Mientras conversa, observa a una pareja que, sin ninguna inhibición, se muestra cariñosa. Y aprovecha para decir a la visitante: “A las personas les gusta venir en tiempo de calor a este lugar porque es muy fresco y familiar; bueno, ya ni tan familiar. He tenido que pedirle a las parejas de jóvenes, adultos y de homosexuales que se abstengan de estar acariciándose, porque hay niños.
“De hecho, una vez tuve que pedirle a una pareja que se saliera, porque la mujer traía el pantalón a media pierna y había niños jugando alrededor. Si ya hasta parecía motel de paso, incluso hemos encontrado condones.”
Durante un recorrido por el parque, la reportera observó la falta de vigilancia y la forma en que las parejas suelen desplegar una cobija o sábana sobre el pasto cortado para acostarse y agasajarse sin recato a plena luz del día. También se observan grandes montículos de hojas y ramas secas alrededor de las áreas verdes, que son aprovechados por los paseantes para tirar su basura, aun cuando existen algunos botes oxidados y rotos.
En el foro infantil, la estropeada barda del escenario muestra el material con el que fue construida: la cal y la arena. Las bancas de cemento del foro están descarapeladas y lo curioso es que revelan los tonos de pintura que han tenido a lo largo del tiempo: verde, azul y ahora rojo, color que caracteriza a la administración de Aristóteles Sandoval.
Por calzada Las Palmas, donde hay otro ingreso al Parque Agua Azul, se pueden ver troncos acumulados; y entre las oficinas de la clínica de aves y el laboratorio de mariposas se encuentran grandes montículos de tierra y ramas.
El Centro Cultural Ambiental (antes conocido como El Partenón) ya no funciona. Protegida por vidrios polarizados, el área resguarda una vitrina, algunas mesas de metal dobladas, colocadas al fondo, al lado de cubos de madera, troncos y una caja de cartón.
El paseo por el mariposario y el aviario son decepcionantes, por la baja exposición de especies. El colmo: la puerta de salida del aviario está sostenida por un alambre y una leyenda pegada con cinta canela con las palabras “empuje, empuje”.
A la vuelta del aviario, hacia la avenida González Gallo, está colocada la estatua blanca de una bailarina. Le falta el brazo izquierdo, lo mismo que al pedestal que la sostiene, pues no tiene los mosaicos completos. El deterioro también se observa en la señalética del entorno, que luce doblada, rota o destruida.
Por la tarde, el lugar es frecuentado por quinceañeras –ese día la reportera contó por lo menos 14–, que acuden para que les tomen sus fotografías conmemorativas. Buscan los lugares que no tengan el pasto seco y haya árboles cuidados y entonces posan, como si fueran modelos, ataviadas con sus vistosos vestidos rojos, azules, morados, amarillos; algunas incluso calzan zapatillas altas.
Consultadas por esas preferencias, las mamás de las quinceañeras aseguran que lo hacen porque en Agua Azul es más barato que en Los Colomos, donde la tarifa es de casi 300 pesos. Aquí, dicen, nada más cuenta 118 pesos.
Durante su recorrido por el parque, los paseantes pueden escuchar la música que proviene de una gran bocina colocada junto a la Concha Acústica que, según la empleada administrativa, “tiene poco tiempo que comenzó a funcionar”.
Cuando Camila Pérez abandona el parque se dirige a la taquilla y a manera de broma le dice a la empleada que le devuelva su entrada, pues no valió la pena la visita, sobre todo por lo deteriorado que está el entorno. La taquillera, con más de 20 años en el puesto, le comenta que el deterioro del área recreativa comenzó con la llegada del PAN al ayuntamiento tapatío. Y sonríe.
Hoy, en ese emblemático parque ya nada funciona: ni el aviario ni el mariposario ni el orquidario ni la sala de exposiciones; tampoco la sala de video ni el foro de la Concha Acústica. l