“El caballo de Turín”

Friedrich Nietzsche habría tenido un colapso en una plaza de Turín después de abrazarse al cuello de un caballo flagelado por su amo; el supuesto episodio precipitó la enfermedad mental de la cual el gran filósofo prusiano ya nunca se repuso. Del caballo no se sabe nada; pero la anécdota inspira al solemne realizador húngaro Béla Tarr a seguir la huella de un viejo caballo, propiedad de un campesino que vive con su hija en condiciones de extrema pobreza.
Según declara Tarr, El caballo de Turín (A Torinoi Lo; Hungría-Francia-Alemania; 2011), Oso de Plata en Berlín, será su ultima cinta; mala noticia para los admiradores de este místico de la imagen que elabora aquí un simulacro de relato exponiendo el ritmo de vida del campesino durante seis días, en un largometraje de dos horas y media.
Auténtico asceta del cine, Tarr compone sus secuencias con estados de ánimo que impactan al espectador; levantarse al amanecer, limpiar el establo, cortar la leña, prender el fuego, comer una papa con las manos, cuidar del caballo casi moribundo que hace lo posible por obedecer a su amo, se convierten en rutinas que organizan ritmos saturados de emociones agobiantes.
Aunque Tarr proclama que Fassbinder fue su mayor influencia, las largas tomas de cinco minutos, la fotografía en negro y blanco y la composición perfecta de sus planos, sugieren la visión contemplativa del ruso Tarkovski y su manejo del tiempo como agente de revelación.
El cine de Tarr carga con el malentendido de una parte de la crítica que explica las secuencias largas como reproducción de un supuesto tiempo real, propio de directores más en la línea casi documental de Agnes Varda y su Cleo de 5 a 7; para poetas del cine como Tarr o como Tarkovski (que decía que hacer cine era esculpir en el tiempo), se trata de transmitir una visión de la temporalidad, no de calcar el tiempo (¿para qué?).
Claro que las prolongadas secuencias de Tarr son también una forma de comentario político; en la rutina del hambre y la supervivencia en un mundo precario e injusto, la decrépita granja en medio de la nada, el tiempo es cadena y una forma de tortura. Para realizadores de esta categoría, la queja es inseparable de la mística, sólo que la propuesta se apoya en la mera estética, su única arma política, no en el discurso.
La secuencia inicial, el viejo campesino conduciendo la carreta con el caballo que tira a duras penas en medio de una tormenta de polvo, marca la disposición mental y emocional de la cinta; la banda sonora anuncia el apocalipsis; la cámara se mueve en torno a la carreta, alejándose y acercándose, la pureza del negro y blanco. Maravilla estética del director de Satantango (1994), adaptación de la novela épica de Laszlo Krasznahorkai sobre el fracaso de una granja colectiva al final del gobierno comunista, o de El hombre de Londres (2007), novela de George Simenon.
Advertir que el cine de Béla Tarr, alabado por Susan Sontag, no es para todo público implica disculpar de antemano a un autor que no tiene la mínima necesidad de hacerlo; implica, sobre todo, negarle al espectador la posibilidad de escapar del cerco del mero entretenimiento y de arriesgarse con otra manera de experimentar y ver cine. En este tipo de filmes poco importa que la gente abandone la sala de cine a mitad de la función; no se trata de un castigo, la experiencia de unos cuantos minutos siembra la semilla que algún día puede germinar. El gusto por Spielberg no anula la posibilidad de apreciar a Tarr.