La galería Lourdes Sosa es un espacio interesante no sólo porque difunde propuestas particulares ajenas al mainstream internacional, sino porque ha integrado en un mimo proyecto tres vocaciones: intereses comerciales, actividades educativas y actitudes alternativas.
Por lo mismo, su proyecto se caracteriza por un profesional atrevimiento que incluye la venta, la difusión, el entretenimiento y la formación de nuevos públicos. Además de realizar diferente actividades culturales, la galería sobresale por su atención al público infantil, al cual introduce en el arte a partir de la confrontación con obras de maestros tan emblemáticos como Diego Rivera, tan controvertidos como Juan Soriano, tan ignorados como Pedro Friedeberg, tan valorados como Rafael Coronel, tan apreciados como Rodolfo Morales, y tan jóvenes como el sugerente Heriberto Quesnel o el recientemente galardonado Jesús Lugo.
En general, la vocación de la galería se centra en la pluralidad de generaciones –nacidas desde los últimos años del siglo XIX hasta los años XX- y en la difusión de obras y poéticas particulares dentro del contexto creativo de cada artista. En cuanto a los géneros, Lourdes Sosa confiesa su inclinación por las bidimensiones pero también integra algunas tridimensiones.
En estos días, para celebrar su segundo aniversario, la galería presenta la muestra Sin Título, una colectiva con seis artistas nacidos durante la década de los años setenta quienes, como señala la curadora y también expositora Masha Zepeda, ha desarrollado sus poéticas personales a partir del ejercicio pictórico.
Con Excepción de Carlos Villanueva, quien exhibe una pieza trimensional, todos presentan diferentes géneros bidimensionales entre los que resalta la presencia del espacio como categoría estética, ya sea como territorio de lo representado –Rodrigo Ayala, y Zepepeda-, como metáfora de sensaciones- Rafael Gaytán y Luby Springall- o como representación o soporte de una memoria simbólica- Patricia Torres.
La poética de Ayala es seductora. A través de la integración de falsas contrdicciones, como la sensualidad barroca con la frialdad de las geometrías modernas, el pintor elabora una poética que se basa en un juego de ilusión poética que convierte el espacio en un etéreo personaje ocupado por falsos cubos de madera, iluminados con la teatral luz pictórica del siglo XVIII.
En cambio, la propuesta de Rafael Gaytán es inquietante. No sólo por las escultoras abstractas que interviene pictóricamente, sino muy especialmente por esa poética de espacios vacíos que remite a emociones desoladoras de angustiante fragilidad. Sus personajes de cuerpos y vida falsa, ausentes, indiferentes, fantasmales y sin embargo reflexivos, logran referir a ciertas condiciones absurdas de la época contemporánea: la homogeneización, el control asumido, la repetición, la voluntad perdida.
También contradictoria, y sin embargo profundamente seductora por la belleza de sus texturas y colores, es la propuesta plástica de Patricia Torres. Con una paleta restringida en sepias, blancos, negros y grises, la artista elabora un discurso feminista que se basa en la representación de cuerpos de mujeres fragmentados que, ubicados en espacios vacíos, son rodeados por objetos cotidianos que funcionan a manera de metáforas: un cabello remite a la belleza obligada, la casa al control ejercido, los senos a la sexualidad.
La confrontación de la condición humana contemporánea es la temática de Luby Springall. En sus dibujos de racional lenguaje expresionista y gestual, la artista compara las capas de color con las etapas de la vida y, por lo mismo, encima con obsesión colores y objetos que simbolizan la violencia bélica contemporánea.
Por último, la curadora expone algunas piezas de poética naif que no corresponden a la profundidad temática y conceptual de los artistas mencionados.
En conclusión, tanto la galería como la exposición demuestran la pluralidad que existe y que caracteriza a la escena artística del Distrito Federal. Una escena que los principales funcionarios gubernamentales desconocen o ignoran ya que, si de difundir el arte mexicano en los principales centros de Europa y de Estados Unidos se trata, las instituciones oficiales recurren frecuentemente a una restringida representación tanto de curadores como de artistas.








