Trozos de manzana

Hugo Hiriart

A Nueva York, como se sabe, la llaman la Gran Manzana. Alguien me contó el origen de esa designación: los empresarios, y, sobre todo, los gángsters, hablaban de las ciudades como manzanas; para decir que ya operaban en Chicago, por ejemplo, decían “ya corté esa manzana”, o decían de Nueva Orleans “esa manzana sigue en el árbol”. Ahora, había una manzana que, como mercado, era la más grande y apetitosa, y esa fruta era Nueva York, The Big Apple, la manzana grande. El modo de hablar caducó, pero el apodo quedó ahí.

Y bien, esta Manzana se parece a México en algunas cosas. Voy a hablar de Raúl Vázquez de Lara, que trabaja aquí en el Instituto de México.

Raúl es experto en la India legendaria, y ha vivido ahí, y también, por varios años, en Haití, y habla creole, el francés peculiar de Haití. Algunos, digo de paso, reducen Haití sólo a ser lugar de extrema pobreza. Eso es decir nada. Los lugares pobres son, a menudo, los más interesantes, Africa es interesante, y Haití también, Oaxaca y Chiapas son de las regiones más fascinantes de México. Quien lo dude puede leer un maravilloso librito sobre Haití, El paso del viento, de Eric Sarner, volumen 557 de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica.

Pues bien, Raúl vive en New Yersey, no en Manhattan, sino enfrente, en la margen occidental de río Hudson. Mucha gente vive fuera de Manhattan porque las rentas aquí son altas. Y todos los días toma el camión 127 a la isla (sus buenos 45 minutos de viaje). Pero el otro día, que amaneció lloviendo fuerte, y no dejó de llover en todo el día, el camión simplemente no pasó. En eso es en lo que la Manzana se parece a México, en que basta a veces con algo lluvia terca para descomponerlo todo. (Los camiones de esa línea se vuelven irregulares, en parte, porque en su interior llueve tanto como afuera y los pasajeros viajan con los paraguas abiertos dentro de vehículo estorbándose unos a otros). Como el camión no pasaba, Raúl, furioso, tuvo que tomar un taxi. Y con las prisas y la gastadera (8 dólares de ahí a donde pudo tomar otro camión), Raúl olvidó su portafolio dentro del taxi, y estaba furioso.

Y en lo que no se parece la Manzana a la Ciudad de México es en que muy rápido pudo localizar el taxi y recobrar su portafolio, sin tener que aportar gratificación ninguna. Porque en Nueva York hay, desde luego, obsesión por el orden. Cada taxista anota lugar y hora cuando recibe a cada pasajero y lugar y hora cuando lo deposita, y por supuesto extiende un recibo impreso por el taxímetro, con hora y fecha.

Tampoco se parece la Manzana a México en que aquí, en general,  hay mano más pesada para hacer cumplir la ley. Lo que no quiere decir que no haya criminalidad ninguna, sino que los delincuentes tienen también que organizarse bien si quieren adelantar en el oficio. Y también ellos, a su modo, desarrollan obsesión por el orden, no el legal, claro, que no los conmueve ni persuade, sino el propio de su actividad.

La ley es, a veces, también extraña. Consideren este caso jurídico. En Pensacola (qué nombre), Florida, se siguen dos juicios casi simultáneos sobre el mismo asesinato, quiero decir, acusados diferentes, dos jurados diferentes, y un solo caso, una sola víctima. Los acusados de asesinato también son peculiares, porque dos de ellos, que son hermanos, tienen 15 años Derek, y 14 Alex King. El otro acusado,es Rick Chavis, un plomero, electricista, carpintero que repara cosas (handyman, le dicen aquí), de 40 años, amigo de la familia King. La víctima es Terry Lee King, el padre de los dos niños. El señor King fue asesinado a batazos en la cabeza mientras dormía.

Primero se pensó que Chavis era el asesino. Y se le abrió juicio. Ahí se ventiló que, con antecedentes en pedofilia, había seducido a Alex y entablaba una relación erótica con él, y temeroso de la reacción del padre al enterarse de los hechos, lo había asesinado con el bat de beisbol, y luego había prendido fuego a la casa. Pero en ese juicio salió a relucir que tal vez no hubiese sido Chavis, sino uno de los niños quien asesinara a su padre, con la complicidad del otro. Eso fue porque se divulgó una confesión hecha por Alex a la policía, poco después del incendio, en el sentido de que él había golpeado a su padre con el bat. Entonces se abrió el juicio paralelo a los niños.

El juicio a Chavis ya terminó. Pero se guarda en secreto la decisión del jurado para no prejuiciar el otro juicio. En el juicio a los niños, Alex se retractó de su confesión alegando que Chavis le había pedido que se echara la culpa porque siendo, como era, niño, recibiría una sentencia ligera de pocos años. Pero no, la sentencia que se espera que reciba si es hallado culpable de parricidio es cadena perpetua sin ser elegible a libertad condicional, es decir, entraría prisión a los 14 años y no volvería a salir.

El juicio a los niños ya terminó, y es triste decirlo, fueron hallados culpables del asesinato de su padre. El único problema jurídico, que podría haber consistido en que los veredictos fueran discrepantes, dos culpables cuando sólo puede haber uno, no se produjo.

No está de más recordar que el difunto Terry Lee King, el victimado a golpes de bat, criaba solo a sus hijos, no había madre, y que era estricto con los niños, pero no les aplicaba nunca, que se sepa, castigos corporales.