Mauricio Mejía
Este país, contra lo que muchos consideran, ha dado al mundo campeones deportivos de enorme personalidad. En 1974, Ramón Carlín escribió otra versión de la obra de Julio Verne. En 152 días le dio la vuelta al mundo sobre el mítico Sayula II, un barco que sigue siendo respetado en casi todos los puertos de Europa. Pero, lo que siempre pasa, la hazaña apenas es recordada.
Aquello sucedió. Y aquí sucede. Por extraño que parezca, el hecho es real, la historia lo avala. La reina Isabel II de Inglaterra está e visita oficial en México. En un arrebato de cordialidad el presidente Luis Echeverría busca halagar a su majestuosa visita. Le pregunta si fuera del protocolo quiere conocer algo de especial interés en México. Sí, responde la reina, quiero conocer al señor Carlín, el mexicano que derrotó a mi veleros, en los que invertí dos millones de dólares.
Se refiere a Ramón Carlín, el hombre que ganó la vuelta al mundo en velero en 1974. Echeverría manda a buscar con prisa al tal Carlín, un vagabundo de mar. Lo encuentran en las aguas del Pacífico, a varias millas de Acapulco. Le notifican la orden del presidente. Carlín suspende el paseo y acepta ir a Palacio Nacional a la siguiente noche. La cena es de gala, desde luego. El navegante es llamado a la mesa de honor.
“Ramón, no la vayas a regar”, dice entre dientes la mujer a Carlín, en el camino a la mesa, donde Echeverría festeja a la reina, el hombre piensa en cómo saldrá del apuro. Al llegar suelta el ancla:
-Quihubo, Güicho- le grita a Echeverría. El presidente siente el tirón de las olas. Pero es astuto, En un segundo se repone.
Quihubo, Ramón, que gusto verte, hombre.
Se levanta, lo abraza y lo presenta a su Majestad. La traductora intente hacer su trabajo. Carlín que habla inglés, le dice que puede con la plática. La reina lo enaltece: “Así que es usted es el que venció a mi orgullo naval, es un placer conocerle, señor Carlín…”
Ramón Carlín nació en Tlacotalpan, Veracruz, en 1932. Las grandes aventuras le llevan a los 40. Mientras, la vida le da para entretenerse. Se casa a los 16 y a los 17 tiene su primer hijo. Llega al Distrito Federal sin grandes espadas para conquistarlo. Sigue el ejemplo del pueblo hebreo. Trabaja todo el día tocando puertas, vendiendo en abonos. Primero aquí, luego allá, después en Monterrey. Logra junta una fortuna que aprovecha cuando sus proveedores le piden que regrese a México.
Vuelve y logra hacer una empresa de 2 mil 500 empleados. Puede decirse que es un cuento de hadas. Pero la fantasía llega después.
Un día, del que la fecha es baladí, su único hermano, Moisés, le propone una idea: “Vamos a comprar un velero, Ramón, te va a gustar”. Éste se da cuenta que ha llegado la gran oferta de su todavía incompleta existencia. Carlín se deja llevar por sus afanes de aventura. No se sabia nada de veleros, no sabe nada del camino de las olas, como se llamó hace muchos siglos al mar.
Primero, mediante un trámite que puede ser prescindible en este relato, compra el Sayula, un barco de 40 pies, con el que participa en regatas del Pacífico de modesto nivel. Hasta allí, la sede e aventura se cumple. Pero, como el viejo navegante medieval, Carlín sucumbe ante los altos caminos salados del océano.
Herman Melville, como nadie, destacó los enormes rigores del mar: “Siempre que se aborda por primera vez en un navío grande y populoso, se produce, en cierto modo por contraste con el vació del océano, un prodigio. Todo asemeja un fantasmagórico retablo surgido de las profundidades”, escribió en una página de Benito Cereno, que lee y confirma el mismo Carlín en sus días de altamar.
Nada sucede a la víspera. Un día en 1973, Enrique, uno de sus hijos, le dice a Ramón: “Papá, te informo que me voy a casar, como tú a los 16 años”. Carlín no se espanta, se da tiempo para pensar. Chantajea: “¿Pero qué sabes hacer? Antes de casarte quiero que estudios un año de inglés, ¿estas de acuerdo?”. Enrique acepta. Entonces viene la segunda condición: “Pero vas a estudiar donde yo diga”. El hijo se queja y acepta. “Te vas a Irlanda…”. Lo que Ramón quiere es retrasar la boda un año. Para su suerte, que no la del hijo ni la de la futura nueva, el matrimonio de Enrique se da cuatro años después.
En el viaje a Irlanda, Carlín, que no acompaña a su hijo, se enamora de un barco hermoso, más grande que el Sayula, que ve en una revista especializada de Europa. “Si te lo compras y te inscribes en la Vuelta al Mundo, yo voy contigo papá”, le dice Enrique, que será su capitán de guardia. El próximo Sayula II, una nave tan respetada en cada puerto como las mejores, tiene su historia, real, y fantástica, como todos los barcos.
Su origen es finlandés, de una tierra la que los nativos llamaron. Petaarsari. Aunque los suecos la conocen como Jackobstob. El Sayula II mide 55 pies, es el tercer barco más grande de la compañía. El gerente de la marca le recomienda a Carlín el tamaño porque “es ideal para tu familia. Pero no te lo puedo vender porque está apartado por un alemán. Si quieres te vendo el próximo”.
Porque el destino lo quiere, el alemán no deposita el pago. El gerente le dice: “Pues se lo venderé a mexicano que lo quiere para la vuelta”. El alemán se burla y le dice lo que los mexicanos conocemos como “cuéntame una de vaqueros, cómo que un mexicano”. Meses después el alemán será uno de los millones de seres humanos que llamará campeón del mundo a Carlín, quien invierte 250 mil dólares en la compra del Sayula II y en la inscripción a la regata planetaria.
El 4 de octubre de 1972, en Nueva York, Ramón Carlín se convierte en el dueño legal del barco finlandés. Se lo entregan en junio en 1973, tres meses antes de la prueba. Hay quien le dice que lleva el barco ideal para la travesía, pero no la tripulación. “Estas haciendo todo para fracasar”, le dicen. Él ha elegido a su hijo como capitán de guardia de una tripulación de 12 (tres estadunidenses, un australiano, un inglés, un holandés y seis mexicanos), prefiere acordarse de Walt Whitman: “Puedo cantar una canción verdadera sobre mí mismo, puedo narrar mis viajes…” Para entonces su bitácora incluye regatas a Hawaii, a Cabo San Lucas, y otras rutas menores.
Cuenta, con una voz tranquila sin viento a babor, que él y sus compañeros de viaje salieron de Posrtmount, Inglaterra, el 8 de septiembre de 1973, con tiempo y vientos favorables. Al Sayula II, que nunca había navegado, le habían sido reparados los detalles que arrojaron la primera travesía de Copenhague a Portsmount. El tempestuoso mar los esperaba con su vastedad y, lo sabrían más tarde, con su aterradora soledad.
El Sayula fue bautizado así porque Paquita, la esposa de Ramón, había nacido en Sayula, Jalisco, la misma tierra en la vino al mundo Juan Rulfo.
Semanas más tarde de su triunfo en Inglaterra, Carlín dijo que siempre tuvo confianza en ganar la justa, explicó su entrega al aprendizaje de la lengua del mar y su sometimiento a las enseñanzas de las matemáticas marinas. A todo eso hay que agregar dos cosas: su fortaleza física –sus brazos acomplejaron a casi todos los tripulantes- y su resistencia a la soledad de la primera etapa de la aventura, Enrique y uno de los gringos cayó presa de la angustia. No había más que desierto de agua para todos lados. Cuál tierra, cuál gente.
“Papá – le dijo Enrique-, te dije que te acompañaba en esta ruta, pero creo que ya no quiero seguir…” Siete semanas y 7 mil 639 millas marinas después, el Sayulla II ancló en la Ciudad del Cabo. Nadie quiso bajarse del barco. Salvo Paquita, que ya había anunciado su participación únicamente en la primera parte del recorrido, todos siguieron. “Para todos el resto fue cuesta abajo”, dice Carlín ahora que la vida le da reposo para contarlo. Fortuna que no tuvieron todos los marineros.
En la segunda etapa de la ruta, de Ciudad del Cabo a Sidney, el mar arrebató las vidas de dos tripulantes, un francés y un inglés, de una nave inglesa. Y luego se tragó la de un inglés en la tercera. Nadie puede cruzar los mares sin curarse de miedo, Ramón y su tripulación vieron el final del mundo justo en las llamadas “Rugientes Cuarentas”, en el Océano Indico.
Fue una pesadilla –le dijo al Daily Telegraph en diciembre de 1973-, todos deberíamos estar muertos ahora. Fue como si alguien hubiera levantado el bote y le hubiera dado una buena sacudida. El agua hizo flotar los libros de navegación, comida y toda la galería. Todo estaba lleno del espagueti y del vino derramado tras el impacto…”
Sucedió que una ola gigante, de 12 metros, se escondió entre la oscuridad del horizonte y pasó sobre el Sayula, cuya ingeniería lo salvó del hundimiento. La posición del barco en el momento del accidente, según la bitácora, fue a los 48º 50’ latitud sur y 102º 35’ longitud este. Tom Addisson, un hombre de Rodesia, comentó que esa había sido la peor tormenta que había visto en toda su vida. La tripulación de Carlín expresó, al tocar tierra en Rió de Janeiro, que por nada del mundo volvería a los Mares del Sur por inhóspitos. Y por helados. Los tripulantes adornaron al Sayula II con grandes muñecos de nieve formados con el granizo de los helados cielos antárticos. Con todo, ninguno de los tripulantes del barco campeón volvió al mar.
Después de 152 días y 27 mil 640 millas marinas de odisea, el Sayula II se ancló de nuevo en el puerto Portsmount, de Inglaterra, para ganar con dos días de ventaja la Vuelta al Mundo en velero. En la primera etapa, terminó segundo; el la segunda, en la que consiguió su insuperable ventaje, llegó en primer lugar. Fue segundo en la tercera y cuarto en la cuarta.
“El gran factor del triunfo –dice Carlín- fue el sistema de guardias combinando y la alimentación”. Se refiere a una combinación de dos grupos de cinco, en la que Carlín y el navegante quedaban separados. Los dos equipos de cinco se turnaban en guardias de 14 horas.
Dos años después, el Sayula llegó también primero, en el festejo del segundo centenario de la independencia de Estados Unidos. Si bien es cierto que la tripulación estuvo a punto de fallar la dirección del destino horas después de haber salido de Barbados, un viento más que favorable con rumbo al Oeste hizo confirmar lo que hoy cada puerto europeo conoce: el Sayula y su capitán sólo tienen lugar en la grandeza del mundo”.
Carlín decide después de aquellos días seguir su peregrinar en el techote la ballena, el mar, como llama Alberti. No da entrevistas. Se extravía el tiempo y se deja llevar por la envidiable costumbre de la aventura. Un día de septiembre de 2002 decide por fin recordar sus días de rey del mundo. A elegido la más costosa de las posturas ante la vida, la sencillez, aquello sucedió. Aquí sucede.








