Rodolfo Valtierra
Le llaman el síndrome del World Trade Center: enfermedades en las vías respiratorias causadas por la exposición prolongada a partículas de asbesto suspendidas durante meses en la llamada Zona Cero. Lo padecen unos 200 mexicanos, la mayoría indocumentados. Estuvieron trabajando en labores de limpieza en edificios aledaños a las derruidas Torres Gemelas. Nadie les proporcionó equipo de protección, nadie les avisó del peligro que corrían.
Nueva York.– Cientos de trabajadores inmigrantes de distintas partes de América Latina –entre ellos unos 200 mexicanos— sufren del llamado síndrome del World Trade Center.
Se trata de enfermedades por exposición al asbesto que contrajeron cuando trabajaron en la remoción de escombros de las torres gemelas y en la limpieza de edificios aledaños en el distrito financiero de Nueva York.
Y es que, la mayoría de los trabajadores –casi todos indocumentados—no contaron con el equipo de protección necesario: overoles cerrados, máscaras con filtros, guantes especiales, protectores de oídos, etcétera.
Semanas después de los ataques y cuando se realizaban las labores de limpieza, la procuradora general del Estado de Nueva York, Eliot Spitzer, comenzó a investigar la manera en que empresas de limpieza contrataron a inmigrantes poniendo en riesgo su salud.
Todo comenzó con una demanda judicial interpuesta por bomberos y policías que participaron durante meses en la remoción de escombros. Ellos empezaron a sufrir enfermedades respiratorias. Ante ello, se creó un espacio en el Hospital Monte Sinahí para hacer pruebas periódicas a los trabajadores. Pero todos los que ahí van son trabajadores legales –auténticos estadunidenses– contratados por la alcaldía de la ciudad.
Para atender a los ilegales se creo un espacio en el hospital de la Universidad de Nueva York. “Estoy realmente preocupada por la salud de estos trabajadores, pero no estoy autorizada para hablar con la prensa”, dijo una investigadora del hospital quien pidió el anonimato.
Duro de eliminar
Debido a su resistencia al fuego, al ácido y a la tensión, el asbesto es un material muy usado en la construcción de edificios y en mobiliario de casas y oficinas.
Científicos de alrededor del mundo han comprobado la relación entre la exposición al asbesto y cuatro serias enfermedades: cáncer pulmonar, mesothelioma, cáncer en el sistema digestivo y asbestosis. En éste último caso, las heridas causadas en el pulmón dificultan la respiración. Una persona afectada por ésta enfermedad difícilmente puede jalar oxígeno suficiente para caminar. Los casos más severos ocurren en personas que se expusieron al asbesto durante largos periodos de tiempo. Sin embargo, en condiciones normales de trabajo no debería haber daño.
Según los expertos, diferentes tipos de asbesto tienden a separarse en varias fibras muy delgadas, en su mayoría sólo visibles con un microscopio. Suelen expandirse fácilmente en el aire, donde con dificultad se pueden controlar o eliminar. Una vez que están en el medio ambiente se quedan en él. La exposición por poco tiempo puede ser suficiente para contraer las enfermedades arriba citadas. No hay lugar para mantenerse a salvo de los asbestos. El sitio en Internet de American Industrial Hygiene Association recomienda medidas de seguridad para las labores de limpieza en lugares donde se encuentran asbestos, tales como no permanecer durante tiempo prolongado y usar equipo de protección completo.
El hospital North Shore-Long Island Jewish Health System ha tratado ya a cinco pacientes con el llamado Sindrome del World Trade Center.
Una asociación civil llamada El Proyecto de los Trabajadores Latinoamericanos INC., de la ciudad de Nueva York, fue la primera en instalar una clínica móvil de registro. Lo hizo tres días después de la tragedia. Sólo el primer día atendió a unas 3 mil personas. Recibió todo tipo de quejas: desde trabajos de alto riesgo sin ninguna protección hasta despidos injustificados, así como incumplimientos en el contrato de trabajo.
Oscar Paredes, dirigente de dicha agrupación, señala que han recibido a más 800 inmigrantes de distintas nacionalidades quejándose todos de los mismos síntomas del llamado síndrome del World Trade Center: mareos, cansancio, fuerte comezón en los oídos, supuración por los oídos de un líquido transparente y de sangre negra, resequedad en la boca y hemorragias nasales. Calcula que unos 100 eran mexicanos.
Por su parte, Verónica González, encargada de relaciones públicas de la organización Casa Puebla, calcula que los mexicanos afectados con el síndrome son entre 40 y 50, aunque reconoce que podrían ser mas.
Todos ellos trabajaron en los alrededores del WTC, básicamente en labores de limpieza de oficinas corporativas, tanto por dentro como por fuera.
“Todos lo inhalaron”
Uno de los trabajadores de limpieza en esa zona fue Santiago Cortés: originario del estado de Oaxaca, de 24 años de edad, casado y padre de una niña de 13 meses.
Santiago llegó a Nueva York hace más de ocho años. Desde entonces se ha dedicado al trabajo de la construcción en diferentes empresas.
El día de los ataques a las torres gemelas se encontraba trabajando en un lugar lejos de la zona. Se enteró de lo ocurrido por un compañero de labores.
Luego su patrón lo invitó a trabajar muy cerca de la Zona Cero. Haría lo de siempre: lavar edificios por fuera, colgado de un andamio. El jefe les advirtió que irían bajo su voluntad, que no era obligatorio, “pero en ese entonces no había trabajo, si no aceptábamos nos quedábamos parados, sin trabajar. Y yo de este trabajo mantengo a mi familia”, comenta.
Aquel día le ofrecieron pagar el mismo sueldo: 110 dólares por ocho horas de trabajo. Santiago se sintió privilegiado: un salario así es bastante, aún en Nueva York.
No recuerda el nombre del edifico al que llegó el día 15 de septiembre, pero dice que estaba justo frente a la zona de la tragedia. Santiago y otros seis compañeros –todos mexicanos– se dedicaron a bajar su equipo de trabajo: cables, plataformas, motores.
“Era un edificio de ladrillos rojos, de 25 pisos. Estábamos empezando a armar los andamios y a meter el material cuando me tocó salir (de la zona). En uno de los retenes de la Guardia Nacional me detuvieron por ser ‘sospechoso’. Me interrogaron durante unas seis horas. Me amenazaron con expulsarme del país. Finalmente me soltaron y mi patrón me acomodó en otro lugar fuera de la Zona Cero: me fui para el número 44 de Wall Street”.
Para lavar ese edificio, Santiago –al igual que muchos otros trabajadores– sólo recibió de su patrón un par de guantes de plástico y un cubrebocas, de los que se usan regularmente en los hospitales. Trabajó allí seis meses.
“Cuando lo estabamos lavando era como tierra mojada, de color negro y salía un vapor bien concentrado. Pero cuando estaba seco, el más mínimo movimiento hacia que eso se levantara. Era de color blanco cenizo y cuando se levantaba brillaba con el sol; se veía como si fueran cristales. Sentías que los inhalabas. Todo mundo los inhaló. Eso te daba bastante ‘piquín’ en la piel. Así estuvimos trabajando con bajas temperaturas, todo el invierno”, cuenta Santiago.
De aquellos días recuerda una gran masa de cenizas grises, como una hilera de humo. Recuerda también que el Ejército de Salvación les daba desayuno y comida gratis, justo a un lado de los escombros de las torres gemelas.
“Los síntomas me comenzaron a los 15 o 20 días del atentado. Me comenzó a molestar la nariz, la comezón en los oídos y el cansancio (…) Luego, yo sentía que tenia estancado algo en la nariz. Me limpiaba y no me salía nada, no tenía nada, totalmente limpio, pero no podía respirar. A veces hasta me sangraba la nariz de tanto sacudírmela. Desde entonces me comenzó la comezón en los oídos. Era leve, se soportaba, pero de unos meses para acá se ha vuelto más mala.
“Fui al Lincol Center Hospital y les dije que había estado ahí. No pasó nada. Sólo me dieron unas gotas para los oídos que no me funcionaron. Volví y me dijeron que no era nada malo que siguiera usando las gotas…Hace casi un año de eso y eso está empeorando.
“Uno de mis compañeros tuvo que irse un día del trabajo porque le empezó a sangrar la nariz bastante. Fue a un hospital en Queens y le hicieron un lavado nasal…No supe ya después nada de el”.
Santiago teme que se enteren de su enfermedad en la compañía para la que trabaja. “Me van a echar”, dice. Afirma que puede conseguir trabajo en otra empresa, pero mientras tanto estaría sin empleo. “Tengo una niña de 13 meses y una esposa que mantener. Soy el único sostén de mi familia”, comenta con preocupación.
“Si esto se quitara con una demanda sería bastante bueno, pero si mi cuerpo se empieza a amolar más… esta de pensarse”, reflexiona.
“De los últimos seis mese para acá, me salía de los oídos un líquido blanco, como agua. Pero de un mes para acá el líquido me sale con sangre, sangre negra. A veces no me doy cuenta, cuando veo ya me esta escurriendo. Es de los dos oídos. Y la resequedad en la boca: la tengo desde el primer mes”.








