En atención a que mi artículo “La impudicia de Padilla” generó intercambio de cartas a favor y en contra (Proceso Jalisco 362, 364 y 365), la ocasión me da pie para discutir sobre la dificultad de conocer la verdad de la mentira en la actividad pública mejor conocida como política. En la antigüedad Aristóteles advertía que aun cuando uno quisiera escabullirse de ella –no meterse en política, como decimos ahora–, ella siempre se iba a meter con uno. Así que no hay escapatoria.
Lo mejor es coger el toro por los cuernos. En tal rubro es difícil discernir quién miente y cuándo lo hace. Es área pantanosa, de arenas movedizas o de mar de fondo, por usar imágenes de fenómenos de percepción complicada. Por tanto, viene siendo aventurado tildar a otro de buenas a primeras de embaucador, defraudador, doloso o mentiroso; la cautela paciente es mejor receta en este tipo de juicios.
Hace poco más de una década, Sergio Pérez Cortés, filósofo mexicano, escribió un exquisito libro, donde borda, reflexivo, sobre este tema: La prohibición de mentir (UAM-Siglo XXI, México, 1998). Del pensamiento filosófico sobre el binomio verdad-mentira rastrea sus sutilezas en tres momentos históricos: 1) Recorre el medievo de la mano de Agustín de Hipona, de Tomás de Aquino y de todos los que quedan en medio; 2) Del mágico mundo renacentista y posrenacentista se vale de los irascibles caballeros, que a la menor provocación sacaban el guante y retaban a duelo, y 3) Sobre el tercer momento, el más atractivo para quienes gustan de hundirse en las disquisiciones teóricas y quisquillosas de la filosofía, revisa de la mano de Kant la que podría ser la panorámica de nuestra presente polémica en nuestro mundo actual.
Nos dice que, para los contemporáneos, la sinceridad, vista como un acto enunciativo de verdades, se toma como un acto moralmente valioso. Pero que la veracidad a toda costa corre el riesgo de llegar a convertirse en un acto moralmente dañino y agresivo (p. 151). La verdad, par de la mentira, baja de su pedestal. Es un constructo humano, un estadio por alcanzarse, una meta común que pretendemos todos los hombres. Aquí habrá que preguntarse: ¿alcanzamos alguna vez la verdad? Hay espacios, limitados pero seguros, como la actividad científica, donde ésta ha sentado sus reales. ¿Podrá generalizarse su cultivo en todas las áreas de la convivencia humana? No es fácil adivinarlo, aunque la visión optimista sobre las tareas humanas arroje siempre una respuesta positiva.
¿A los políticos les mueve la pulsión por la autenticidad, meta de todos los demás seres humanos, o se norman por un régimen de excepción? Dirimiendo el fondo motivacional de estos actores dilucidaremos si sea cierta o falsa la tesis que sostiene que la política es el reino de la mentira. Ésta es la percepción generalizada que la baña y muchos políticos se regodean en ella. Suponen que aceptamos que mentir está vedado para todos menos para ellos. El principio ético más universal nos impele a ser buenos, a extirpar cualquier manifestación de maldad. Pero ellos se aceptan como malos. Sólo que, para estar a tenor con el resto, aprenden a contenerse. La anuencia para mentir les viene del hecho de tener que manipular, en su lisa, la tensión entre las razones de estado y los intereses individuales. Sienten entonces que no se les puede exigir que actúen como el resto, porque tienen que dirimir y luchar en el campo dual de esta encontrada tensión.
Esta apreciación es errónea. Nadie tiene derecho a mentir. Lo que ocurre es que la política es una ratonera donde la mentira es otro de los males por evitar. El oficio político consiste en cuidar y mantener las instituciones supraindividuales, para conservar la confianza que les brinda la ciudadanía. Si la pierden, se les apaga su estrella. Si violan lo instituido, se dañan y dañan al resto. Si mienten, enfrentarán a una especie de Medea, mendaz hasta el extremo, que procrea hijos carnívoros como ella, que terminarán devorándolos. Sus mentiras se derramarán de su ejercicio y contaminarán el resto del hábitat humano, cuyo régimen ineluctable es la sinceridad.
La lectura de la política como un espacio de tolerancia, donde se permite la mentira, tiene en Platón a su más antiguo progenitor cuando, en su famoso texto de la República, especula sobre los principios para la construcción de la sociedad. La mentira, afirmó, está proscrita para todos los ciudadanos, menos para los magistrados o jefes.
De esta legitimación teórica se han aprovechado los oligarcas de todos los tiempos y han puesto a sus corifeos a repetirla. Con ella le dan carta de ciudadanía universal. Pero sus premisas contienen una burda equivocación, que puede ser desmantelada. Quieren hacer creer a la masa que los oligarcas, o príncipes, posesionarios absolutos de la verdad, son entes de distinta catadura al resto de los mortales; que son elegidos o distintos a todos nosotros; que no se enferman; que no sufren frío o calor; que no les atosigan desarreglos funcionales. Falso. Los así llamados grandes son tan seres humanos como cualquiera de nosotros.
Cuando Maquiavelo sostiene que a la masa no le queda otra que callar y obedecer, toma un trozo de la conocidísima alegoría platónica de la caverna. La masa vive encerrada en una caverna donde asume como auténticas las sombras que se le proyectan en la pantalla del mundo. Quien se atreva a disentir de estas verdades prefabricadas tiene los días contados. Empero hay muchos que no aceptan semejante postura nihilista de la especie. No aceptan que el suyo sea un destino de esclavo, aherrojado en la gruta, incapaz de discernir sobre la verdad oficial a que está sometido. Si no se ha dañado lo suficiente su aparato perceptivo, adaptando sus ojos a la oscuridad reinante, palpando aquí y moviendo allá, confrontará por sí mismo que ese mundo de sombras y ficciones, proyectado como verdadero, no se corresponde con la verdad.
Buscará romper las cadenas; no esperará a que haya manumisos heroicos que salgan de la gruta y regresen a rescatarlo. Enfrentará a la mentira y a los corifeos a sueldo, que la difunden y defienden. Es tarea suya, propia e irrenunciable, ensayar a romper el cerco armado en su torno, asumir su propia liberación y la de sus compañeros. Si logra o no este objetivo, es parte de otra historia. Se trata entonces de una tarea universal, cotidiana e inexorable. Nuestras historias particulares se imbrican en los avatares de este diario enfrentamiento ineludible. Estamos obligados entonces a discernir sobre la verdad y la mentira, pero también sobre nuestras descalificaciones, pues mutuamente nos tildamos a diario unos a otros de mentirosos.








