Varias sorpresas pudo contener, insólitamente, el último mensaje que Ernesto Zedillo dirigió al Congreso de la Unión el pasado 1 de septiembre. La primera de ellas, que no logró evitar a lo largo de todo su sexenio, fue el seguir informando del descalabro financiero de diciembre de 1994. La segunda, que recurrió al cadáver, hace tiempo cremado, de la Revolución Mexicana para hacer una extemporánea profesión de fe revolucionaria. La tercera, que escudado de la democracia electoral hizo gala de la mayor amnesia política que hayamos visto en los últimos 18 años. Esta amnesia es grave, porque esconde procesos de corrupción y violencia que seguirán afectando a México durante varias décadas.
La amnesia le permitió expresar que ejerció “una Presidencia ajena al patrimonialismo”. Con tal afirmación preliminar en su mensaje logró olvidar que el patrimonialismo del Fobaproa fue el más grande fraude que se perpetró contra los mexicanos durante el siglo XX. Con esa amnesia logró olvidar que el Fobaproa mostró a los mexicanos que la corrupción patrimonialista provenía no sólo de funcionarios intocados de la Secretaría de Hacienda y de la Comisión Nacional de Valores, sino de una moderna élite de banqueros y empresarios, encargados ahora de consolidar en el país el modelo neoliberal. Gracias a tal amnesia, no creyó necesario disculparse por la ineptitud de la Secretaría de Industria y Comercio que, además del patrimonialismo, tiene a bien contratar genocidas para recabar y conservar una información de naturaleza pública. Por esa amnesia no consideró explicar que por un reciente fallo de la Suprema Corte de Justicia tendrá que abandonar una actitud patrimonialista de defender el secreto bancario de Banca Unión.
La amnesia democrática le fue muy útil en otros aspectos. Por ejemplo, para asegurar que no creía que la represión pudiera solucionar los conflictos sociales. También, para explicar que ahora, más que nunca, la amenaza de la violencia no es un recurso legítimo para luchar por la justicia social. Sin embargo, su administración desató ciertos procesos de violencia social y de represión que seguirán produciendo efectos devastadores durante mucho tiempo. Estos procesos represivos se han situado en Guerrero, Oaxaca, Chiapas y diversas zonas de la Huasteca. Son procesos represivos que han ocasionado no solamente masacres inexcusables en Aguas Blancas, Acteal o El Bosque, sino que están provocando un desgarramiento del tejido social en incontables comunidades rurales e indígenas. No es correcto disimular el agravamiento de la represión y de la estrategia de guerra aplicada en las zonas más hambrientas y marginadas del país. No es honesto ocultar que durante su administración se decidió aplicar una estrategia de guerra en Chiapas en lugar de una estrategia de negociación política.
Los grupos paramilitares diseñados en Chiapas y aprobados por el gobierno federal han actuado en más de 60 municipios de la Selva, el Norte y los Altos. Han provocado que millares de familias se desplacen de sus lugares de origen. Han incendiado y saqueado millares de viviendas, parcelas y cosechas. Han causado la muerte de centenares de campesinos indígenas, incluidos niños y mujeres. Tanto los grupos paramilitares como las comunidades que los protegen, se han visto, además, recompensados con financiamiento oficial para proyectos de desarrollo microrregional. Difícil será negociar con estos grupos la paz. Difícil será remontar los efectos devastadores de esta represión. Difícil será justificar que en su último mensaje no haya habido una explicación, una disculpa.
El otro proceso de violencia social, desencadenado por su administración, es el del empobrecimiento extremo de una inmensa parte de la población mexicana, particularmente en las razones rurales. Dos encuestas del Instituto de Nutrición efectuadas en 1997 y en el presente año revelan una progresiva desnutrición infantil que dejará secuelas irreversibles en la vida de millones de niños. Su mensaje ocultó que la multiplicación aparente de los desayunos escolares ocurrió a costa de reducir el valor nutricional de los desayunos, medida criminal ante el dispendio efectuado en los rescates bancarios y carreteros.
Difícil entender, ante este empobrecimiento nutricional de los desayunos escolares y el dispendio a favor de la élite bancaria y empresarial, su idea sobre el Estado de derecho y su afirmación de que la justicia social no debe entenderse como la igualdad de condiciones, sino como la igualdad de oportunidades. Difícil entender que su idea de economía de mercado permita alcanzar el progreso a cualquier nación. Difícil será que estos niños entiendan que son libres para educarse, libres para alimentarse, libres para cuidar su salud, libres para trabajar, libres para opinar.
Pero el último informe presidencial de Ernesto Zedillo reflejó algo más que un final de gobierno y mucho más que un final de época. El gusto actual por la idea de transición impide ver con nitidez que este último mensaje refleja el cruce de caminos en que se convirtió su sexenio.
En primer término, debemos aclararnos que no se trató de un régimen aislado, sino integrado en un proceso más amplio que fue conduciendo al país hacia un orden diferente de política económica. No fue este gobierno el último de una era priista, sino el tercero de la era que se inició en el régimen de Miguel de la Madrid, se consolidó con Carlos Salinas de Gortari y avanzó con Ernesto Zedillo. En este proceso de neoliberalismo y de americanización, más que de globalización, el PRI fue vaciándose de contenido y de memoria histórica, fue negándose a sí mismo no en función de principios ideológicos, sino de disciplina pragmática ante las tareas de gobierno, allanando el camino para que, a partir de la docilidad, el mismo PRI diera paso no a un cambio de época, sino a la continuidad de esa política económica, continuidad que significa ahora el reemplazo de partidos políticos.
El gobierno de Ernesto Zedillo no fue el último de una larga época; fue el tercero de una nueva época iniciada en 1982. El gobierno de Vicente Fox no será el primero de una nueva época , sino el cuarto período de esa misma orientación económica iniciada en 1982. Por ello, en este mensaje final del presidente Ernesto Zedillo, resulta peregrino el encomio a la Revolución Mexicana y la profesión de fe revolucionaria. El proyecto que él defendió e impulsó era exactamente el opuesto al de la revolución que él ahora pretendió reivindicar.
En realidad, con esta profesión de fe, Ernesto Zedillo trató de ocultar un hecho innegable: él es el gran triunfador, el gran victorioso. Logró asegurar la continuidad de su proyecto económico. Logró asegurarlo con los mejores medios: con instituciones electorales que todos los mexicanos debemos conservar. Enhorabuena.








