Aplausos panistas, espaldas priistas, ante la autoexaltación de Zedillo

En su sexto y último informe de gobierno, el presidente Ernesto Zedillo no resistió la tentación de hablar bien de sí mismo y de la forma como ha hecho las cosas al frente del país.
De sí mismo: que desde el primer día de su mandato renunció a utilizar todo poder extraconstitucional antes asociado con la Presidencia; que su gobierno ha sido ajeno al patrimonialismo, “esa idea terriblemente equívoca de que la investidura del cargo y hasta los bienes de la nación son patrimonio de quien gobierna”, la cual ha sido “causa de graves desviaciones y abusos”.
También, y en alusión a otros presidentes, empezando por Salinas: que actuó bajo el principio de que, en el ejercicio de su función, el primer mandatario de la nación “no tiene y no reconoce amigos ni familiares. Éstos pertenecen al ámbito de las relaciones personales y afectivas, que de ningún modo deben vincularse con el ejercicio del mandato presidencial”.
Y, finalmente, de su probidad: “He cumplido con el deber de percibir como salario, exclusivamente, lo que cada año ha sido aprobado en el presupuesto por la Cámara de Diputados, y, felizmente, seré un expresidente que deberá trabajar para apoyar el sustento de mi familia”.
Probo y republicano, pues, dibujó también el desastre de país que recibió en diciembre de 1994 y la forma como exitosamente lo sacó adelante. Que se encontró, dijo, con una de las más severas crisis financieras que haya conocido nuestro país en toda su historia.
De este tamaño era la herencia que le dejó Carlos Salinas:
“Un enorme y creciente déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos, financiado con entregas de capital de muy corto plazo; la acumulación de deudas con vencimiento casi inmediato por más de 41 mil millones de dólares; una fuerte inercia de fugas de capital generada en varios episodios a lo largo de 1994; una política de rigidez cambiaria sin adecuado sustento fiscal ni financiero; un sistema bancario sumamente quebrantado, y una economía con crecimiento muy bajo a pesar de la disponibilidad sin precedente de ahorro externo.”
Ésos, dijo, “fueron algunos de los factores incubados de tiempo atrás -no en unos días, como algunos quisieron soste-ner- que explican la erupción, en diciembre de 1994, de aquella grave situación de emergencia económica”.
Y sin el tono panegírico de su antecesor, pero con el mismo argumento, no tuvo empacho en resaltar el éxito de su manera de enfrentar la crisis: “No dudé en tomar todas las medidas que juzgué necesarias… Lo hice convencido de que sin esas medidas el costo social de la crisis habría sido mucho más alto”.

Logros, logros, logros

Por supuesto, no se refirió al tamaño del costo real que sus medidas tuvieron para la sociedad, mucho menos al incremento sustancial de la pobreza en el país. Antes que eso, y ahí sí muy al estilo de Salinas, refirió que, gracias a su política económica, México es hoy “una auténtica potencia exportadora a nivel mundial”, que coloca en los mercados internacionales mercancías con un valor superior a 160 mil millones de dólares.
Un párrafo en especial parecía calcado de los discursos de Salinas: “Los mexicanos podemos tener la certeza de que México es hoy una nación más fuerte, más respetada y más reconocida en todo el mundo”.
En todos los rubros, informó Zedillo, se hicieron bien las cosas: se aumentó el presupuesto de los programas sociales; en salud, casi toda la población cuenta con los servicios básicos; en educación, que es “la mayor prioridad”, los recursos han sido cuantiosos y sin precedente, y las metas, casi todas, superadas; en combate a la pobreza, la eficacia del Progresa -que beneficia a 2.6 millones de familias en 56 mil localidades rurales- es prueba del éxito de la política social; en empleo se logró lo que en ningún otro país: la tasa de desempleo abierto llegó a 2% en julio y promedió 2.2% en los primeros siete meses del año (por supuesto, no dijo que en todo el sexenio se crearon apenas poco más de millón y medio de empleos permanentes, cuando su promesa era crear casi 8 millones, a razón de 1 millón 300 mil empleos por año); en salarios, señaló que luego del “grave deterioro” al inicio de la administración, al final lograron recuperarse. (El dato oficial es que, en general, los salarios perdieron en el sexenio una cuarta parte de su poder de compra.)
En fin, que todo salió bien, pese a las “duras pruebas” a que fue sometida la economía nacional, como las turbulencias financieras de Asia y en varios países “emergentes” entre 1997 y 1999, y no obstante el desplome de los precios internacionales petroleros en 1998.
Y, siempre con el fantasma de Salinas y su herencia, reiteró su “entera convicción” de que la economía nacional “no tendrá sobresaltos ni retrocesos alrededor del cambio de gobierno”, y añadió que “cuenta con condiciones adecuadas para seguir creciendo en los siguientes años”.
De los pendientes, también como Salinas, poco dijo Zedillo. Reconoció, como aquél y como todos, que aún faltan cosas por hacer: “No sería honesto ni correcto declararme satisfecho por lo alcanzado”. (También en su sexto informe, Salinas, luego de reseñar su magnífica obra, acotó:
“Ello no significa que estemos satisfechos”.)
A lo único que se refirió Zedillo como pendiente
-que no es poco, ciertamente- es al fracaso en materia de crimen e inseguridad. El presupuesto federal para atacar esos problemas aumentó 300% y fue mucho el esmero por acabar con ellos. Pero la tarea resulto “infructuosa”, admitió.
Y si en lo económico el presidente se adjudica un abultado haber, en lo político sus logros no tienen parangón en la historia reciente del país. Tanto, que “México ha completado su camino a la democracia”.
Largo y tendido, expuso que desde que asumió la Presidencia consideró que “todos lo mexicanos debíamos unirnos en la tarea inaplazable de alcanzar la plena normalidad democrática”.
Y actuó, dijo, en consecuencia: en enero de 1995 logró que gobierno y partidos suscribieran un Acuerdo Político Nacional que desembocó en “la anhelada reforma constitucional en materia electoral”, de la que se derivó toda una gama de beneficios: principios constitucionales claros y modernos a los que deben ceñirse todas las leyes electorales federales y estatales del país; total autonomía al Instituto Federal Electoral y al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación; principios claros y mecanismos justos para el financiamiento de los partidos políticos y las campañas electorales, así como su acceso a los medios de comunicación; voto libre y directo para el jefe de gobierno y los delegados del Distrito Federal… en suma, “condiciones justas para la competencia política”.
Gracias a todo ello -obra impulsada y promovida por él-, al cabo de las 96 elecciones estatales y las dos federales que se han realizado durante su sexenio, “es posible asegurar que la suspicacia, las recriminaciones y los conflictos electorales han quedado atrás”.
No sólo eso: “Se ha cumplido el propósito común que expresé el 1 de diciembre de 1994: que todos quedemos satisfechos por la forma como se llevan a cabo las elecciones, independientemente de sus
resultados”.

Peor que Salinas

Pero sus palabras contrastaron con la actitud de insatisfacción de los diputados y senadores priistas presentes en San Lázaro. Salvo excepciones, le negaron el aplauso. Y hasta se produjo un hecho insólito con el diputado Salvador Castañeda Salcedo.
El legislador priista se levantó de su curul y le dio la espalda a Zedillo ante el azoro de sus propios compañeros que, sin embargo, no lo secundaron. “Fue una decisión espontánea, porque consideré que era mi responsabilidad histórica como diputado. Yo sí tengo valor civil”.
Añadió: “Zedillo dio la espalda al PRI y, con su política económica y social, le ha dado la espalda al pueblo de México. Por eso mi inconformidad”, expresó el diputado por el distrito 32, que comprende los municipios mexiquenses de Los Reyes La Paz y Chalco-Solidaridad, el consentido de Salinas.
-¿Fue mejor presidente Salinas?
-Son dos gobiernos con dos perspectivas distintas.
-Aplicaron la misma política económica.
-Hay una diferencia significativa. En el anterior sexenio hubo un gran desarrollo social en beneficio de la clase más desprotegida. En éste no lo percibimos.
-¿Qué otra diferencia hay con Salinas?
-La diferencia fundamental es que las administraciones anteriores a la de Zedillo, no sólo la de Salinas, tuvieron un gran acercamiento con el pueblo y, sobre todo, ejercieron un verdadero liderazgo en el partido. Su sana distancia nunca la entendimos los priistas y nunca fuimos libres de tomar decisiones en ese sentido. Y cuando tuvimos que cargar con el peso de la política económica y social, entonces sí fuimos responsables los priistas, no el presidente de la República.
Castañeda Salcedo tiene la impresión de que Zedillo estaba contento con el triunfo de Fox. “Pareciera que sí. Todos los panistas le aplaudieron. Nosotros nos mantuvimos al margen”.
Pero Zedillo también usó la tribuna para defenderse. En efecto, velado pero contundente fue el mensaje para sus numerosos correligionarios que, como Castañeda Salcedo, le achacan gran parte de la culpa por la derrota del PRI el 2 de julio:
“Los mexicanos votaron con libertad y en secreto. Cada voto contó y, como en toda democracia, la mayoría decidió”. Y la mayoría -había dicho menos de un minuto antes, y esa frase le mereció un generoso aplauso de todos los legisladores panistas y del Partido Verde- “eligió a Vicente Fox Quesada, de la Alianza por el Cambio, como presidente de la República”.
Y no quedó ahí la réplica del presidente a sus detractores priistas. Expuso que él, en la derrota electoral de su partido, asumía, “sin cortapisas, la responsabilidad que pudiese haber tenido el desempeño del gobierno”. Pero -y allí estaba el mensaje- consideró que “la explicación de los resultados no puede estar completa si no se considera que en cualquier competencia, máxime si es política, debe tomarse en cuenta también lo hecho por los vencedores”.
La elipsis no dejó duda: la oposición hizo mejor su trabajo.