Personaje dantesco, Antonia Mora ha buscado redimirse como novelista, luego de vivir una temporada interminable en el infierno. De 66 años, residente y originaria de Guadalajara, Jalisco, ella confía:
“Mi incursión en la prostitución y la delincuencia fue por ignorante, aún me siento carente de muchas lecturas, es una sensación que nunca acaba y te persigue. Sin embargo, reconocerme ignorante es algo que me motiva a superarme.”
La autora de la novela Del oficio, reeditada por sugerencia del escritor José Agustín en la editorial Planeta (la periodista Sara Moirón la publicó por primera vez en los años setenta), reivindica a una escritora de una única novela, que sin embargo fue impulsada por los escritores María Luisa Mendoza y Salvador Elizondo. Calificada como “una escritora autodidacta” y autora del reportaje periodístico sobre boxeo Los cuarenta chatos (1978), la novela de Mora fraguada en el Centro Mexicano de Escritores con el apoyo de Margaret Shedd y la ayuda de Vicente Leñero, es juzgada así por José de la Colina:
“… Sin precedentes en la literatura mexicana, por su crueldad y su ternura casi viscerales…”
Y es que resulta que “el filo y la vigencia” de esta novela singular proviene de la vida misma. De ello el propio Agustín asienta:
“Su madre era una prostituta pobre, así que para Antonia la prostitución era lo más normal del mundo y, tan pronto como pudo, que fue demasiado temprano, se inició ‘en la vida’. Era bonita, graciosa y con un carisma extraordinario, por lo que tuvo éxito. Antes de cumplir veinte años ya se hallaba bien cotizada en la prostitución de lujo y entre su clientela se encontraban varios grandes magnates del alemanismo.”
Por su parte, Mora relata:
“Mi madre fue una fichera ubicada en un mercado de locatarios egoístas y machos que la condenaban como una mujer mala. En cambio, ella asumía su oficio con naturalidad, por eso decía: ‘Los hombres agobiados por el trabajo a veces quieren bailar, tomar un trago y hablar con una mujer’.”
De su periplo por las casas de citas en la época del sexenio de Miguel Alemán para “salvar y ayudar a mi familia”, cuenta:
“Siempre hay un político que quiere reserva y exclusividad, esas exigencias las pagaba y las asumía al hacerse cargo de los gastos. Por eso no tuve la necesidad de soportar a muchos individuos.”
Ahora, Mora no deja de pensar que la vida es, como decía Juan Rulfo, ”muy dura en sus cosas”, pues ella se hace cargo de su madre sumida en una larga agonía, “debido a una existencia con carencias alimenticias y no a la falta de cariño”, y además guarda la esperanza de escribir otras novelas. También explica:
“El hombre que da dinero por hacerle el amor a una mujer, es alguien que no sabe amar o le da miedo el compromiso para toda la vida con una pareja.”
Con tono sentencioso, añade:
“El fulano que llega al burdel se siente despreciado. Ahí llegan los machos para exhibir una baja estima y un miedo galopante a las mujeres.”
De carácter fuerte, Antonia es tan sólida como una roca y no titubea al contar:
“Tuve un maestro que me inició en la lectura, a él le debo mi incursión en el mundo de las letras, yo tenía muchas ganas de contar mi historia. Y sin embargo no podía. Empecé a leer a Dostoyevski, a Chejov y a Carlos Fuentes, de él me gustó Las buenas conciencias, fue el primer libro que leí, ahí me di cuenta que el lenguaje era descarnado y con un gran poder expresivo. Sin embargo, yo tenía limitaciones educativas pues no terminé la primaria. Mi amigo era el traductor Sergio Martínez Carro, le decíamos Keko, y a él lo conocieron muchos intelectuales en Mundo médico y la editorial Herrero Hermanos.”
Mora, cuya vida se asemeja a una novela existencialista de Albert Camus o de Sartre, aclara:
“La audaz fui yo, a mí me apasionaba la lectura, las conferencias de los escritores Juan de la Cabada, Gustavo Sainz y José Agustín. Con ellos forjé una amistad. Aunque Emilio García Riera nunca dio una conferencia, yo y mi amigo Sergio repartíamos una hoja que se llamaba ‘La semana en el cine’ escrita por él, en ella había educación cinematográfica y lecciones maravillosas.”
Toña, en confidencia, revela quién la catapultó a una vida diferente:
“Juan de la Cabada me ayudó a estudiar y leer, sobre todo, me introdujo en la novela social. Una de sus geniales ocurrencias radicaba en que yo no debía admitir lo que se decía de mí: ‘Eres una hetaira, una prostituta, una ramera.’ Así las cosas, él me sacudía y afirmaba: ‘Tú en realidad debes admitir que el mundo es al revés, es decir, tú eres una víctima del sistema’.”
Víctima o no, narra José Agustín que en la segunda mitad de los años cincuenta, Antonia conoció a un ladrón cubano de origen armenio y se enamoró irremediablemente de él. Juntos se dedicaron a robar en hoteles, y una de sus víctimas famosas fue Ana Luisa Peluffo, célebre pionera del nudismo en el cine nacional. Ambos fueron a la cárcel. Hoy, ella argumenta:
“Estaba embarazada, él tuvo que delinquir para salvar su pellejo pues era de las fuerzas armadas de Batista, tenía familia en Varadero y quería zafarse del régimen de Fidel Castro. A mí me involucraron. Él tuvo que hacer robos aparatosos. Yo era su pareja y lo ayudé. En la persecución me violaron y tuve que abortar.”
Recuerda Antonia que ella y el cubano fueron absueltos y el 15 de agosto de 1957 salió de la prisión, pero su calvario continuó:
“El abogado que logró sacarme de la cárcel, se enamoró de mí y yo me casé con él. La relación fue un fracaso porque él me reprochaba mi pasado y se ufanaba de haberme rescatado de la basura. Tal vez él se excitaba sexualmente con la idea de que había sido usada por muchos hombres. Era un enfermo.”
Templada en el fuego de un mundo encendido por prostitutas, rateros, carteristas y criminales, sopesa la experiencia “amarga y reveladora” del encierro carcelario:
“Es un sitio lacerante pero ahí se adquieren valores. De la escoria surgen de modo imprevisto los códigos morales. En el penal conocí a su directora, la señora María de Lourdes Ricaud, que le molestaba si nos decían ‘presas’. Porque ella sostenía que éramos internas y estábamos en un centro de reclusión y de adaptación femenil, ella fue una gran mujer.”
Adherida a la remembranza, suelta:
“Había mujeres asesinas de sus hijos y se les repudiaba, ellas daban miedo. Y había otras que golpearon a sus madres, eran malas hijas y también eran repudiadas. Son cosas que te enseñan a ser buen hijo, buena madre y ser una buena mujer. Aunque parezca increíble en la cárcel uno se puede redimir, porque el peor castigo no es el encierro sino el peso de la culpa.”








