Para Arturo Díaz con gratitud y recocijo
La primera niña en la serie de libros infantiles del Festival Cervantino se llama Ángela Peralta. Más allá de imágenes consabidas, difusas o perfiles atávicos, aparece ahora con relieves más atractivos aún. He aquí un fragmento medular de dicho perfil renovado.
El sábado 16 de septiembre del mismo 1854 ocurrió un acontecimiento muy importante para todos los mexicanos, al que asistieron la niña Ángela emperifollada y sus familiares. En el Gran teatro de Santa Anna se cantó por primera vez el Himno Nacional, triunfador en el concurso convocado al efecto.
Los versos eran del poeta don Francisco González Bocanegra y la música del maestro catalán don Jaime Nunó. El jurado, que se encargó de escoger la música vencedora en el certamen, lo integraron tres maestros muy destacados: don José Antonio Gómez, don Tomás León (que tenía una academia de piano estupenda y era autor de piezas hermosas) así como don Agustín Balderas, maestro de Angelita como ya sabemos. Esta distinción –lógicamente– llenó de orgullo y alegría a la familia Peralta Castera.
Siguieron años de intenso trabajo. Con más funciones de ópera a las que asistían puntualmente los Peralta con Angelita y el maestro Balderas. A pesar de los numerosos peligros que corría, a causa de las acciones militares y asonadas (así se decía) para llevar al poder a un nuevo presidente, el público ni se movía de sus asientos, disfrutando encantado de la función en medio de cañonazos y balaceras.
La voz de Ángela seguía dejando aturdidos a todos los que podrían escucharla, en una forma u otra. Su manera de cantar no sólo era bellísima, sino conmovedora por lo expresiva. Eso decían.
Tal parece que fue en esa época cuando don Manuel Peralta tuvo la confirmación de los dones excepcionales de su hija, porque empezó a oírla tocar en el piano piezas que nadie conocía. Resulta que eran suyas “–¡Así es que no sólo canta magníficamente, sino que también va a ser compositora!”.
De inmediato apareció don Cenobio Paniagua como parte del entorno familiar, para enseñarle a la niña Angelita el difícil (muy difícil) arte de inventar músicas nuevas.
Aun cuando en esos años ya había varias mujeres que componían piezas de todo tipo, la gente pensaba que eso era cosa de hombres principalmente.
Por aquí y por allá surgían de pronto en México muchachas o señoras y hasta monjitas quienes, casi ocultamente, se dedicaban a esa tarea. Pero el machismo las hacía a un lado. Algunas veces lograban que se oyeran sus obras o las editaran. Pero la gran mayoría seguía pensando que los compositores eran los buenos. De manera exclusiva.
Si para un compositor mexicano resultaba difícil abrirse camino, en el caso de una mujer era todavía más problemático (Hasta la fecha. Aunque ahora sea un poquito –pero sólo un poquito– menos terrible).
Hacia mediados de 1860 llegó otra gran fecha, porque –después de una larga preparación– las discípulas y alumnos del maestro Agustín Balderas tenían ya montada, pero sí completita, una ópera de Verdi: El trovador. Tal parece que a la mamá de uno de los cantantes, muy afanosa en promover a su hijo y procurarle brillo, se le ocurrió representar la ópera
“-¡A ver si así se vuelve famoso este muchacho inútil”, exclamó; para añadir entre dientes como si quisiera que nadie la escuchara pero sí que la oyeran al pasar: “-Este gaznápiro me fue a salir un bueno para nada”.
La junta de damas que tenía a su cargo la Asociación de San Vicente de Paul tomó en sus manos –es un decir– el asunto, organizando una función de beneficencia.
El 16 de julio tuvo lugar el ensayo general, lleno de tropiezos y desencuentros. Según la gente de teatro, eso significa que todo va a salir de maravilla. “A mal ensayo, buena función”, dicen. Los asistentes ni cuenta se dieron de los problemas y por lo tanto salieron encantados. La noticia corrió, pero si inmediatamente.
Y llegó la noche del 18. El gran Teatro Nacional estaba lleno “de bote en vote”, según la frase consagrada. “Los asientos se vendieron desde la víspera; el público se agolpó a las puertas desde muy temprano; las más distinguidas señoritas de la capital, elegantemente vestidas, se colocaron en las entradas frente a una mesa para recibir en unos platones de plata las ofrendas voluntarias en metálico de los concurrentes”; eso afirmó un periodista, tan entusiasta como chismoso.
Decir que “el público se volvió loco” proporciona apenas una imagen pálida de lo que sucedió allí, porque los bravos, aplausos, ramos de flores y hojas con versitos cursis (así se usaba) no tuvieron descanso.
El director de orquesta fue, por supuesto, el maestro Balderas. Y aunque resulte difícil de creer: un buen señor que escribía obras teatrales harto melcochosas, el tal don José Zorrilla (nacido en Granada y autor de Don Juan Tenorio, para más señas) se encargó de los movimientos de los cantantes, decorados (así se decía), trajes y todo lo demás. Porque así se usa en la ópera: hay un director para las cuestiones de música y otro para lo correspondiente a la escena. Eso es lo conveniente. Así debe ser. O al menos eso dice todo mundo.
Porque la ópera resulta algo muy difícil. Además de la música –que, por ejemplo, en un concierto se vuelve lo más importante– hay muchas otras cosas que cuidar. Desde el maquillaje o las pelucas, hasta cuando se abre una puerta, o entran los esclavos. Intervienen también los cantantes, que necesitan actuar (es otro decir) no nada más echar sus lindas voces del pecho. Hay bailarines y bailarinas, carpinteros, pintores, costureras y técnicos (los llaman “tramoyistas”, “utileros” o “iluminadores”). Y para colmo, lo comparsas, esos señores que se paran muy serios, como almidonados, sosteniendo una lanza cuando la hacen de guardias o centinelas, aunque a veces se dedican a bobear, viendo para todos lados.
Ángela cantó como sabía hacerlo: muy, pero muy, bien. Requetebién. Fue “la triunfadora de la noche”. El maestro Balderas estaba radiante, feliz como pocas veces. Y claramente los papás, así como hermanos y hermanas, de Angelita por igual.
A partir de ese momento sólo las envidiosas y los pedantes –que nunca faltan– apenas en murmullos se referían a Ángela con burlas, haciendo alusión a su físico de manera despectiva. Pero ya nadie les hacía caso.








