Las elecciones en Chiapas, en las que el PRI resultó derrotado, confirman su situación inmediata: “cuesta abajo en la rodada”, y sugieren reflexiones sobre su futuro. Es cierto que las perdió, pero el margen fue escaso; si la memoria es fiel, quedó 10 puntos abajo del ganador, Pablo Salazar Mendiguchía, postulado por una alianza encabezada por el PAN, el PRD y partidos locales y minúsculos. Se repitieron en cuanto a márgenes los datos de las elecciones nacionales celebradas en julio reciente.
Frente a los resultados de ambas elecciones, las diferencias demuestran que no fueron derrotas arrolladoras, y el PRI cuenta todavía en nivel local y nacional con una votación copiosa que lo sitúa por escasos márgenes en una segunda y vigorosa fuerza frente a las alianzas integradas por partidos coaligados. En estos marcos conviene recordar que en la Cámara de Diputados queda en un empate técnico frente al PAN y en el Senado es primera mayoría con un margen escaso pero evidente. Es, todavía, una fuerza electoral que sin alianzas “le pisa los talones” al PAN y al PRD.
En cuanto a la formación de líderes, tarea fundamental en la vida de los partidos políticos, en el PRI los frutos no escasean pero no ha sabido identificarlos y aprovecharlos. El beneficiario de este inexplicable desperdicio ha sido el PRD. En Zacatecas, Nayarit, Tlaxcala, Baja California Sur, ha recogido a los desertores priistas, y bajo el manto amparador de sus siglas y distintivo los ha conducido a la victoria en elecciones para gobernadores. Ya ganadores, en su actuación han resultado eficaces y si bien es cierto que han establecido “sanas distancias” han mantenido relaciones cordiales, sabias y prudentes con el PRD, y en ningún caso han intentado el regreso al PRI, el partido en el que aprendieron el oficio político. En el denominador común, navegan solos pero dan testimonio permanente de gratitud al partido que en la orfandad les tendió la mano y les dio impulso y cobijo para la satisfacción plena de sus legítimas ambiciones políticas.
Hay otro dato reciente, sórdido, monstruoso, que conviene traer a presencia en estas reflexiones sobre la decadencia del PRI. Recientemente “en el municipio de Chimalhuacán, Estado de México, se dio un enfrentamiento entre fracciones priistas que dejó un saldo de 14 muertos, 36 desaparecidos, 102 heridos, la mayor parte de bala, 229 detenidos y un ánimo de rencores que presagia venganzas” (La Jornada, domingo 20 de agosto). La pugna es por los puestos clave en el ayuntamiento, continúa el reportaje de La Jornada. La autoría intelectual y material de la masacre se atribuye a una lideresa, cuya militancia priísta se remonta a varios lustros, Guadalupe Buendía Torres, y su sobrenombre es La Loba. Sus oficios fueron, durante lustros, invasión de tierras, control del agua potable, los carretoneros de basura, transportistas y manejo público del recién concluido ayuntamiento. Esta breve biografía define el perfil de una lideresa típica y abundante que, en sus años de gloria, soportó al PRI en el manejo de la gente para inducir el voto a favor de sus candidatos. En todo el país estos siniestros personajes permitieron al PRI la tenencia y el disfrute del poder no compartido durante 71 años.
Frente al zafarrancho, la dirigente nacional del PRI, Dulce María Sauri Riancho, reaccionó mediante una apasionada condena: “El PRI asume su responsabilidad histórica por haber tolerado a dirigentes y agrupaciones en el seno del partido, cuya conducta condenable lastima y destruye, pero hoy les dice: ya basta, nunca más. El Comité Ejecutivo Nacional del PRI presentará ante la Comisión de Honor y Justicia la solicitud de expulsión de aquellos militantes que resulten responsables de estas atrocidades, pues su permanencia en este instituto político denigra y ofende a los miles de militantes y simpatizantes que conducen sus actos de acuerdo con las leyes y con los estatutos priistas”.
Dulce María Sauri Riancho no es una lideresa recién llegada a la militancia en el PRI, “bajita la mano” acumula más de 30 años de actuación destacada, ha sido diputada, gobernadora de su estado, Yucatán, ha ocupado puestos relevantes en el vértice del organigrama priista. En consecuencia, no fue ajena al apapacho, disimulo, promoción y tolerancia que su partido, y sus militantes brindaron a estos personajes en cuyas sucias manos y tenebrosas conciencias se ponían las tareas de canjear migajas de poder por abundancia de votos. En la más indulgente de las apreciaciones podría afirmarse que el “ya basta, nunca más” es tardío y la “responsabilidad histórica” es tan hipócrita, insolente y soberbia como la que asumió un primer priista de la República, Gustavo Díaz Ordaz, frente a los crímenes cometidos el 2 de octubre de 1968, y el premio posterior otorgado a su inspirador y cómplice, Luis Echeverría Álvarez al consagrarlo como sucesor en los tiempos sombríos del presidencialismo imperial. La frase es la misma: “Asumo la responsabilidad histórica, ética, moral de los hechos ocurridos en Tlaltelolco”. A 32 años de distancia, Sauri Riancho la retoma en integridad de forma y fondo.
Si bien es cierto que el PRI continúa su cuesta abajo en la rodada es evidente que no es un moribundo próximo a desaparecer. Ni el PAN ni el PRD aislados podrían derrotarlo. En estricta objetividad, deben reconocerse los esfuerzos que el PRI realiza internamente para salir del bache. En estas tareas de sobrevivencia pariticipan priistas de varias generaciones, figuras políticas destacadas en los tiempos de la comodina abundancia que hoy buscan a través de la militancia la adecuación a las nuevas circunstancias. “Corrientes” en el argot priísta abundan y buscan aglutinarse para sustituir el feo rostro del partido de Estado por el nacimiento de un partido político moderno, competitivo, democrático.
Hay, sin duda alguna, aceptación y consenso interno en torno de la doble orfandad, la liquidación del primer priista de la República como administrador único a instancia final de su cómodo destino y la ausencia de los recursos que en la clandestinidad apenas disimulada soportaban su decir y ser cotidiano.
En el resumen, pudiera afirmarse que el PRI transita de la universidad del fraude, de la dictadura perfecta que consteló su pecho con premios y medallas porfirianas y se inscribe aquí, ahora, en el jardín de niños para aprender ya viejo, 71 años, ya tarde, año 2000, ya indefenso, sin complicidades el ángel de su guarda: el Presidente de la República, sin el apoyo de los hombres del dinero, las lecciones elementales de la democracia, la alternancia, la elección manejada por un instituto honrado, y en la síntesis, el sufragio libre y respetado.








