El amante perfecto

“Para mí, el Hollywood de aquella época es, al igual que el jazz, motivo de nostalgia” (1), declara Woody Allen cuando evoca su década favorita, la de los años treinta. El amante perfecto (Sweet and Lowdown; EU, 1999), título cuya traducción al español es de lo más imperfecto (Dulce y ruin), es una perfecta combinación de jazz y cine en la que el arte de uno y otro se celebran mutuamente.
Desde hace algún tiempo, Woody Allen quería recrear la vida de alguno de los músicos más famosos de la historia del jazz; como no es un cineasta por el que las grandes productoras peleen para financiar una cinta costosa, opta por la independencia e inventa su propio gran músico. ¿Quién podría imaginar un Allen riguroso y apegado a los hechos históricos? Así nace Emmet Ray, el segundo mejor guitarrista del mundo, después, claro está, del genial y auténtico Django Reinhardt. Ficción, y, no digamos realidad, sino la sombra de un personaje real se contraponen en la ejecución de una de las mejores piezas en la carrera del director de Mannhattan. Cuando el vanidoso y megalómano Emmet (Sean Penn) se llega a topar con su insuperable alter ego, Django, se desmaya; es decir, no pueden aparecer uno frente al otro más que como espectros.
Emmet Ray, a propósito del cual Allen inserta entrevistas consigo mismo y con especialistas conocidos del jazz para fabricar su autenticidad, ficción pura, se torna verídico y cercano a nosotros, demasiado humano. Surge la obvia referencia a Zelig (1983), donde Allen había recurrido a este procedimiento inspirado, a su vez, del Ciudadano Kane, el personaje medio histórico, medio ficticio, más real de la historia del cine. Orson Wells ilustró la técnica de construcción del mito.
A pesar de la nulidad moral de Emmet, borracho y proxeneta fracasado, irresponsable y misógino, capaz de competir fraudulentamente ante una audiencia de incautos, el director nos contagia la admiración ante el talento creador del artista que parece no explicarse más que como producto de la “inspiración divina”. Si las anécdotas, negadas siempre por otras posibles versiones como todo mito que se jacte de serlo, sobre la desordenada vida y manías de Emmet logran el estatus de revelación, no es tanto por lo que nos aportan del perfil del individuo, sino porque se refieren a un artista investido de ese don al que alude Platón. A Emmet –y más a la soberbia actuación de Sean Penn– se le perdona todo porque nadie, excepto Django, toca así la guitarra (estupendos los arreglos de Dick Hyman).
El principio de incertidumbre respecto de la veracidad en la biografía que establece desde el inicio, marca el contrapunto de esta pieza que ejecuta el director con los temas de todas sus cintas anteriores. Un solo hecho puede tener hasta tres versiones, como el episodio del asalto que comete el amante de su esposa (Uma Thurman) y que el guitarrista presencia; cada una, además de sabrosa, es tan cierta como la otra; ninguna sobra; como las mejores improvisaciones en el jazz. Megalomanía, amores fallidos, infidelidades, soledad y genio junto con la duda de carecer de él, serían los temas cuyo tratamiento perfecciona Sweet and Lowdown, a tal grado de naturalidad que todos los artificios se vuelven invisibles.
Quienes se sientan atraídos principalmente por el humor de Allen se verán defraudados; apenas la dosis necesaria para matizar la melancolía profunda de este gran músico que intenta compartir con sus amantes su obsesión por balacear ratas y ver pasar trenes.
Emmet Ray es un ser patético; incapaz de perdonarse a sí mismo. Aterrado frente al compromiso amoroso, se topa con la mujer perfecta para el misógino: Hattie (Samantha Morton), una linda y vital mujer dispuesta a escucharlo y soportarlo porque, además, es muda. Woody Allen contrapone la simplicidad de ésta con la complicada y encantadoramente perversa Uma Turman, fabricada de frases que se sueñan novela mientras surgen. Una y otra, como las diferentes versiones de su biografía, reflejan el alma de un hombre que perdió el alma.

(1) Revista Positif, No. 468.