Maestro Richard Wagner
Villa Wahnfried
Bayreuth
Exvenerado Maestro:
Rompo el silencio de todos estos años porque no quisiera dejar pasar por alto un acontecimiento que me parece tener calidades idénticas a las de su producción: es simultáneamente nimio y trascendental. Recordará usted, con esa memoria admirable que siempre le ha caracterizado, especialmente para asuntos pecuniarios, que el último contacto habido entre nosotros fue cuando recibí un ejemplar de Parsifal, finamente encuadernado y con una dedicatoria que usted quiso hacer pasar a los ojos de la posteridad como gesto de modestia, pero que solamente logró acentuar cuán falsamente humilde era al enviármelo mucho tiempo después de nuestra ruptura, por lo que no respondí por escrito.
Esa buena mujer (atroz y manipuladora, por lo tanto) que fue mi hermana Elizabeth Foerster-Nietzsche tuvo la patética gentileza de incluir en la edición de nuestra correspondencia esa dedicatoria, que prefiero no haber leído, así como las confidencias suyas, teñidas de un sentimentalismo de la peor especie y tan auténticas como un billete de 17 marcos, acerca del dolor que le había producido a usted nuestra separación.
No necesito decirle que, ante los malentendidos, tantas veces reiterados, acerca de nuestra relación, he estado tentado de escribirle, pero se dificultaba mucho por la carencia de comunicaciones entre la mansión donde usted se ha aferrado en permanecer después de su muerte en Venecia y este planeta (me niego a creer que es un mero asteroide) donde Ray Bradbury nos ha enviado graciosamente –lo que mucho agradezco– a todos los escritores. Poetas, filósofos, autores de cuentos o novelas, dramaturgos y ensayistas, e, incluso, algún historiador, disfrutamos mucho la mutua compañía, una vez desprovistos de esa anécdota un tanto contingente que constituye la existencia terrena. Aquí hay un sitio para usted, maestro: sin duda, pertenece más a nosotros que a los músicos, raza maldita, quienes insisten en reclamarlo como uno de los suyos. Poco es lo que tiene que agradecerles, dada su incomprensión. Incluso cuando lo atacan no lo hacen por las buenas razones o con inteligencia; ya ve que hasta un enemigo suyo declarado, como Satie, tuvo que adoptar actitud insurgente y censurar con acritud a quienes vituperaban la obra wagneriana sin tener la estatura suficiente para ello. No quisiera parecer insidioso, pero recuerde que (por ejemplo) Manuel de Falla se afana en subrayar lo que llama el “diletantismo filosófico” de usted.
Mi tarea, ahora, al respecto es similar a la de Fausto cuando exclama:
“¿Y no debo yo, con la violencia más llena de anhelo, traer a la vida esa figura única entre todas?”
Sin embargo, el objeto de esta misiva no es discutir nuestros nexos. Como ya le dije antes, se trata de un acontecimiento a la vez trivial y significativo: los mexicanos (retóricos y sanguinarios que son ellos) han decidido incluir en la programación de dos orquestas suyas (Sinfónica Nacional y Filarmónica de la Ciudad), la misma semana, en la misma ciudad, el Poema Sinfónico que Richard Strauss dice haber derivado de mi Así hablaba Zaratustra, hasta totalizar seis audiciones del mismo.
Por lo visto, en ese país les atrae mucho mi libro: ¿Sabía que Jodorowsky hizo con él en México un bellísimo espectáculo, homenaje teatral hacia mí, tan conmovedor como irreverente? (Por supuesto, debe tener noticia, no debí subestimarlo: los conocimientos de usted, quien nada ignora, son universales e infinitos).
Y, obviamente, se ha hecho ya una identificación simbiótica entre la obra musical de Strauss y mi pensamiento, así como aquellos escritos en los que lo cifro o explicito. Cuando George Crumb cita los primeros compases del Zaratustra de Richard Strauss en una partitura suya, este pasaje, además de sus valores sonoros, lleva consigo, irremisible, una clara función mnemotécnica al estar conectado a mi texto.
Quizá debamos atribuir también, en buena parte, un fervor tan inmoderado hacia la vistosa partitura de Strauss a que ésta tiene hoy evidentemente otras connotaciones; a saber: las adquiridas por la habilidosa inclusión que de su secuencia inicial (¿fanfarria?) hizo Stanley Kubrick en 2001. Odisea del espacio. Todos los programas de televisión, documentales, noticiarios (como los gobiernos: mal indispensable) y anuncios comerciales que hagan referencia a temas interplanetarios, se sienten obligados ya automáticamente a incluir este esplendente pasaje (a la menor provocación), creyendo aprovechar su ardiente vehemencia.
Conjuntos de rock, orquestas tropicales e incluso nuevos ricos de la orquestación (mercachifles del tipo Ray Coniff, Caravelli, Frank Pourcel o Legrand) han entrado a saco y hecho mil, tan vulgares como grotescos, “arreglos” de este mismo fragmento; contribuyen, así, a una popularidad establecida a petición de nadie, distorsionando tanto melos, como ethos y pathos que Strauss supo lograr en forma lapidaria.
Quizá para contrarrestar los estragos causados por esto (cabe aventurar), los mexicanos se han decidido a exorcizar la situación y hacer oír, en consecuencia, el Poema Sinfónico de Strauss seis veces consecutivas, tal como se lo comuniqué líneas arriba.
A Richard Strauss esto le importa muy poco: lo único que deplora es no haber vivido en la Tierra lo suficiente para cobrar los correspondientes derechos de autor. Ya ve que siempre fue un centavero. Ése no era ni Apolíneo ni Dionisíaco; siempre tenía los ojos puestos en la taquilla: para él, imperativo categórico.
¡Si supiera que ese estafador de Kubrick, abusivamente, se apropió las músicas que usó en 2001… ! El pobre Ligeti ha tenido que demandarlo; aún hoy, según parece, siguen los procesos judiciales al respecto y no tienen para cuándo acabar.
Usted conoce de sobra mi pensamiento y sabe que a pesar de haber proclamado mi preferencia última por la música mediterránea, siempre creí en la existencia (y durante un buen tiempo, el espejismo) de la supremacía del arte sonoro alemán. Al respecto, me veo a mí mismo como el “Prometeo” de Goethe:
¡Aquí estoy sentado,
formo hombres








