El antisemitismo, activo Argentina cosecha el fruto de la semilla nazi

BUENOS AIRES.- Europa resiente el surgimiento del neonazismo expresado en los jóvenes “cabezas rapadas” y los ecos de esa moda intentan hacerse sentir en América Latina.
En Argentina, por ejemplo, la presencia de los nazis de viejo cuño fue un hecho comprobado a partir del término de la Segunda Guerra Mundial y su influencia en sectores de la sociedad parece evidente. Alrededor de 200 jerarcas del derrotado Tercer Reich se instalaron aquí. Algunos fueron detectados y capturados por los buscadores de criminales de guerra, entre ellos, Adolf Eichmann, autor de “la solución final”, plan de exterminio definitivo de judíos.
Existe, incluso, la teoría de que Adolfo Hitler no habría muerto en su bunker de Berlín, sino en una localidad de la Patagonia argentina, de incógnito, tras huir de Alemania ante el triunfo de los aliados.
Y aunque en Argentina el fenómeno de los “cabezas rapadas” no ha irrumpido, el antisemitismo existe y está activo.
En la última década, dos atentados terroristas contra entidades judías reavivaron los temores de que la semilla sembrada hace medio siglo por los refugiados nazis en Argentina esté dando frutos. El 17 de marzo de 1992, un carro–bomba explotó frente a la puerta de la embajada de Israel, en Buenos Aires, causando la muerte a 29 personas y dejando heridas a otras 200. El 18 de julio de 1994, otro carro-bomba hizo volar en pedazos el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA),  en esta capital. Murieron 86 personas y 300 resultaron heridas (Proceso 927 y 1134). Ambos atentados siguen sin aclararse.
“¿Por qué en Argentina?”, se preguntó angustiado el entonces presidente Carlos Menem. “Porque en este país el antisemitismo es de larga data”, explica Sergio Widder, representante en Argentina del Centro Simón Wiesenthal.
Y explica: “La presencia de numerosos exjerarcas nazis, así como de altos oficiales de las SS de Hitler en Argentina y la propaganda que impulsaron mediante publicaciones y de contactos personales ahondaron un sentimiento antisemita ya existente en el país, que es anterior a su llegada e incluso a la existencia del Tercer Reich. En 1860, el diario La Nación publicó en capítulos la novela La Bolsa, de abierta inspiración antisemita.
“En 1910, al conmemorarse el centenario de la Independencia, jóvenes de la alta sociedad local expresaron su fervor patriótico insultando a judíos y atacando los barrios en que éstos habitaban. Tras el golpe militar de Uriburu, en 1930, caracterizado como ‘ultranacionalista’, arreció la persecución a los judíos.”
La llegada de los criminales de guerra nazis a Argentina a mediados de siglo ayudó a profundizar un sentimiento antisemita ya existente, o a despertarlo.
Un informe oficial de Estados Unidos afirma que Argentina fue el único país latinoamericano que colaboró con Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Según el historiador William Slany  –quien elaboró un estudio en coordinación con el Departamento de Estado estadunidense– España, Portugal, Suecia, Turquía y Argentina proveyeron a Alemania de productos indispensables durante la guerra, recibiendo a cambio oro que, se asegura, fue robado a los judíos durante la persecución nazi. En estas transacciones, agrega el informe, Suiza participó como intermediario.
A los países que habían declarado “neutrales” en el conflicto entre los aliados y el Tercer Reich –Suiza y Argentina entre ellos– les fue posible eludir las presiones aliadas en cuanto a colaborar con los alemanes.
En cuanto a Argentina, el informe de Slany indica que el bloqueo aplicado por los aliados a las potencias del Eje “volvió imposible a ese país suministrar cantidades sustantivas de exportaciones hacia Alemania, que hasta entonces había sido uno de sus principales socios comerciales”. Pero agrega: “Bienes valiosos tales como platino, paladio, acero, hierro, diamantes industriales, medicamentos, otros productos químicos y extracto de hígado, fueron traficados desde Argentina  hacia el Eje en pequeñas cantidades”.
Y concluye: “Argentina, sola entre todas las repúblicas americanas, mantuvo una posición neutral durante la Segunda Guerra Mundial, algo que Estados Unidos percibió no sólo como una falta de apoyo a los aliados, sino como una real simpatía política hacia el Eje y una indiferencia a la penetración nazi en Argentina, prácticamente hasta el fin de la guerra”.
En efecto, fue sólo el 27 de marzo de 1945 cuando el gobierno argentino del general Edelmiro Farrel declaró la guerra a Alemania, a poco más de un mes del fin del conflicto bélico. La ayuda continuaría luego para los derrotados.

Refugio seguro… y caro

Se sabe, sin lugar a dudas, que en Argentina se refugiaron Joseph Mengele –apodado El ángel de la muerte–, Adolf Eichmann, Gerhardt Bohne –lugarteniente de Heinrich Himmler–, Walter Kutschmann, Eduard Roschmann y Erich Priebke, entre otros. Para obtener refugio, pagaron.
En su libro Aftermath, Martin Bormann and de Fourth Reich (que no ha sido traducido al español), el periodista húngaro Ladislav Farago afirma que el general Juan Domingo Perón, quien gobernó Argentina entre 1946 y 1955, hizo un trato con los jerarcas germanos derrotados: recibir a 5 mil inmigrantes alemanes, de los cuales 200 eran reclamados por la justicia de su país. El monto, según Farago, ascendió a 200 millones de dólares, es decir, un millón por cada prófugo nazi. A cambio les dio protección, pasaportes e incluso intercedió a su favor ante otros mandatarios latinoamericanos, cuando fue necesario.
En descargo de Perón, hay quienes afirman que refugiar a los jerarcas nazis no fue una muestra de su antisemitismo –del que dudan–, sino “de su interés por traer científicos, cerebros brillantes”.
Al respecto, el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez aclara: “Los científicos alemanes derrotados en la guerra se fueron a Estados Unidos o a Rusia, en tanto a Argentina llegaron sólo criminales”.
Hoy se sabe que algunos de esos criminales colaboraron con el gobierno de Perón y con el Ejército argentino. Todo indica que su huella caló profundo en la mentalidad de parte de los  efectivos castrenses: durante la guerra sucia iniciada tras el golpe militar de 1976 contra militantes de izquierda, uniformados a cargo de la tortura hicieron saber su admiración hacia Hitler, aplicando sus métodos, repitiendo sus consignas y rescatando sus símbolos, que exhibían en las cámaras de tormento y en los campos de concentración.
Profanaciones de tumbas judías perpetradas en los últimos años en Argentina han involucrado a policías, lo que demuestra que el antisemitismo se extendió también a esos servicios.
“Los judíos en Argentina eran, al momento de ese golpe, alrededor de 250 mil, equivalentes al 1% de la población total. De los 30 mil desaparecidos de la guerra sucia, 5% son judíos”, explica Widder.
El coronel Mohamed Alí Seineldín, líder del grupo militar de los “carapintadas” –que intentaron derrocar a Raúl Alfonsín–, es un fundamentalista y antisemita declarado. En una ocasión dijo públicamente: “No hay caballos verdes ni judíos decentes”. De ahí que existan fundadas sospechas de que en ambos atentados antisemitas, independientemente de la autoría principal de los mismos –que se atribuye a fundamentalistas islámicos, entre otros– haya existido apoyo de los “carapintadas”.

El oro del Fhürer

Informes realizados en Estados Unidos señalan que entre 1938 y 1945, los nazis despojaron a los judíos y a los bancos centrales de los países ocupados de 661 millones de dólares, equivalentes a alrededor de 7 mil 800 millones de dólares actuales. El botín incluyó 97 toneladas de oro. Aseguran que Suiza recibió en sus bancos y de los nazis el producto de ese despojo.
También se acusa a Suiza de apropiarse de depósitos por unos mil 500 millones de dólares realizados por judíos que después fueron asesinados y, por tanto, jamás reclamaron su dinero. Hasta ahora, el único reconocimiento al respecto fue el del Banco Nacional Suizo, que reconoció que su país compró a los nazis oro por valor de mil millones de dólares, y aceptó en depósito otros 428 millones de francos en oro para transferir a otros bancos centrales o comerciales.
Lo cierto es que aún existen mil 872 cuentas bancarias en Suiza que no han registrado movimientos desde la Segunda Guerra. Se cree que podrían pertenecer a judíos asesinados y a nazis que habrían intentado asegurar su futuro, pero que nunca se presentaron a reclamar su dinero. Si a las cantidades depositadas se suman los intereses generados en más de medio siglo, ascienden a enormes fortunas aún sin dueños determinados.
Otra forma de colaboración suiza con los nazis fue la vía diplomática: un documento desclasificado por el Federal Bureau of Information (FBI) informa del envío de 20 millones de dólares a Buenos Aires, en 1946, vía valija diplomática suiza. El remitente: el mariscal Herman Goering, fundador del Partido Nazi. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, envió por la misma vía y al mismo lugar 2 millones de dólares.
Pero no sólo Suiza participó del botín. Lo hicieron también España, Portugal, Francia, Suecia y Turquía. Otros destinos posibles para el oro robado fueron Brasil, Chile, Venezuela, Bolivia, Colombia, México y, por cierto, Argentina.
Se calcula que los nazis realizaron en este país inversiones por más de 300 millones de dólares de la época. Existen también antecedentes de que Eva Perón depositó en bancos suizos altas sumas de dinero que, se presume, Perón recibió a cambio de proteger a los nazis.
Shimon Samuels, director del Centro Wiesenthal en París, a cargo de investigar el destino del oro judío, asegura que una parte llegó a América Latina a través de Portugal y España. Señala haber encontrado, en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, documentos fechados en 1940 y 1945 en los que se solicitan al entonces gobernante Francisco Franco informes acerca del paso por su país de 25 toneladas de oro destinadas a países latinoamericanos.
Hoy se supone que gran parte del oro no llegó a América Latina como tal, sino en forma de billetes y documentos equivalentes a francos suizos, posteriormente convertidos a moneda local.

Las leyendas

Hitler habría llegado a este país acompañado de Eva Braun, su mujer,  y de Martin Bormann, el segundo en jerarquía del Tercer Reich, según investigadores europeos y argentinos que dicen tener documentación y testigos que prueban esta teoría. La llegada de Hitler habría sido el fruto de un complejo operativo en el que participaron submarinos alemanes, con anuencia de las autoridades argentinas. Una vez en territorio argentino, Hitler se habría ocultado en una localidad remota de la Cordillera de Los Andes, siempre en el sur de este país, donde habría muerto en 1957.
Un expediente de 731 documentos, desclasificados también por el FBI en 1998, consigna la existencia del supuesto operativo  para traer a argentina a  Hitler. Uno de esos documentos, considerado clave, está fechado el 21 de septiembre de 1945 y reproduce el testimonio de un ciudadano argentino, que declara que unas dos semanas después de la caída de Berlín –ocurrida el 1 y el 2 de mayo de 1945–, dos submarinos alemanes llegaron al golfo de San Matías, en la Patagonia argentina; en uno de ellos habría llegado Hitler, acompañado de dos mujeres, medio centenar de soldados y un médico. Si bien ese informe no confirma la llegada de Hitler a territorio argentino, sí ratifica el arribo de ambos submarinos a ese lugar y en esa fecha.
Existe también la teoría de que un submarino alemán cargado de oro y valores estaría aún en el fondo del Atlántico, en la Patagonia. A finales de 1996, buzos profesionales buscaron sin éxito ese submarino y se cree que su existencia y la llegada de Hitler a este país forman parte de la mitología.
El oro y el dinero llegaron, pero por otras vías, y fueron invertidos, convirtiéndose en pilares de monumentales fortunas nacionales. Otro tanto, aseguran los expertos, fue reservado por Perón para su patrimonio personal, y puesto a buen recaudo, en Suiza, donde aún permanece.
Ocho años después del atentado contra la embajada israelí y seis años después del que afectó a la AMIA, la comunidad judía en Argentina,  los familiares de las víctimas y los sobrevivientes exigen de las autoridades el esclarecimiento de esos hechos.
El 17 de agosto, al finalizar una breve visita oficial a este país, la responsable de la política exterior estadunidense, Madeleine Albright, prometió toda la cooperación de su gobierno para lograr ese objetivo.
Para los afectados, “es una vergüenza nacional que sean las autoridades de otro país las que se dediquen a buscar la verdad que permita la justicia”.