Televisa y TV Azteca continúan, de manera menos abierta que hace unos años, la pelea por el raiting.
Se disputan a un público semianalfabeta, adicto a la pantalla casera, sin horizontes culturales, despolitizado y subempleado que, lamentablemente para México, representa más de la mitad de la población adulta del país. El mismo que le proporciona entre 23 y 39 puntos a las telenovelas de Canal 2 y a ciertos partidos de futbol. Leal a su “Canal de las estrellas”, a sus Hechos y a cuanto programa escandaloso y amarillista se difunda por la pantalla de señal abierta y gratuita. Aquel que gustoso veía todas las semanas Duro y directo, y que hoy no se pierde detalle de los programas Hasta en las mejores familias y Cosas de la vida.
La polémica que han desatado en las semanas recientes las emisiones mencionadas se parece mucho a la originada por series como Duro y directo, acusadas de fomentar la violencia y de hacer apología de la delincuencia, discusión que terminó luego de que el presidente Zedillo intervino y los programas fueron sacados del aire. Pero como el show debe seguir, hoy montan otras producciones tan violentas como las criticadas, sólo que ahora se trata de una violencia intrafamiliar que se escenifica frente a las pantallas y se difunde en todo el territorio nacional.
Hasta en las mejores familias se transmite por Canal 9 a las cuatro de la tarde. Consiste en un panel que progatonizará el escándalo del día, público en el foro y grabaciones en blanco y negro de las personas de quienes se habla en el set, quienes luego harán su triunfal y sorpresiva aparición frente a las cámaras. La conductora es auxiliada por tres fortachones que se ocupan de poner orden cuando los invitados se extralimitan. Por lo general, uno de ellos se levanta de su silla para golpear a otro, de manera tan reiterada y sin gracia que se nota la impostura. Lo que domina es, por supuesto, la agresión verbal que muy pudorosamente la televisora censura con un zumbido cuando se trata de palabras conocidas como “groserías”.
Los temas tratados son truculencias sexuales, infidelidades, triángulos y relaciones incestuosas. Destaca la pobreza expresiva de los panelistas, su rudeza, sus limitaciones conceptuales que los llevan a repetir y repetir y repetir lo mismo a pesar de que la conductora trate de obtener otra información con sus preguntas. Los asistentes pertenecen al mismo grupo social que los televidentes o incluso se encuentran algunos en niveles más bajos, casi son lumpen. Y el público del estudio está en ese mismo estrato.
Para darle un toque científico, una psicóloga asiste para dar su opinión, pero es interrumpida a gritos por panelistas y audiencia. Además de los paleros sin disfraz, hay otros tres que se llaman los “metiches impertinentes”, quienes agregan cantidad de estulticia al programa.
Cosas de la vida es muy similar al programa de Canal 9. Se transmite a la misma hora por el Canal 13 y es conducido, precisamente, por quien fue conductora de Duro y directo. Algunas variantes son que el panel es más grande, se presenta más de un caso, la conductora la hace de psicóloga, opina y regaña en términos moralistas y habla casi tanto como los participantes. El público del estudio interviene con sus opiniones y se le permite también ofender a los panelistas, quienes reciben los juicios sumarios sin inmutarse. El nivel socioeconómico es similar al de Hasta en las mejores familias; consecuentemente, la escasez de vocabulario, de argumentos, y la vulgar manera de expresarse persiste.
Sin embargo, esta realización tiene un atractivo del que carece el de Canal 9: los premios. Se sortean viajes, departamentos, autos. A partir de llamadas del público televidente se toman datos y números telefónicos; luego la conductora, acompañada de la siempre patética figura del interventor de la Secretaría de Gobernación, toma un número al azar. Si la persona consultada está viendo el programa y, por tanto, puede responder las preguntas, se lleva el premio acordado.
Los programas aquí mencionados han sido criticados desde un punto de vista moralista. Se ha cuestionado la pertinencia de que la gente se preste a decir al aire intimidades que sólo debían concernirle a quien las padece, y también el hecho de que quienes acuden a esas emisiones son ridiculizados, juzgados, insultados, y su dignidad como seres humanos queda totalmente maltrecha. Todo lo anterior es verdad, pero lo que habría primero que preguntarse es por qué la sociedad ha creado seres sin dignidad o que la arrastran a cambio de la ilusión de un auto, una casa o una suma de dinero, pues nadie los obliga a prestarse al escarnio público por vía tecnológica. Y también por qué una masa considerable gusta de ver y regodearse en ese tipo de programas.
Algo está fallando en la educación, y la pantalla chica ha tenido un papel importante en la creación de ese auditorio.
Así mismo, habría que preguntarse y criticar la escasa o nula calidad de la televisión comercial abierta, pues si algo se puede achacar a dichos talk shows es la miseria de los elementos con que están construidos, tanto por su contenido como por la forma. No hay tampoco originalidad: En España, Estados Unidos y Francia ya se habían hecho emisiones de este tipo, aunque mejor producidas. Cosas de la vida y Hasta en las mejores familias son prescindibles por lentas, repetitivas y pobres; en suma, por la ausencia de calidad en su factura.








