De la obra del a estas alturas ya ilustrísimo maestro del cine chino Zhang Yimou, conocemos casi todas las cintas en México a partir de Sorgo Rojo (1987).
El prestigio internacional que lo acompaña a él y al grupo de cineastas de la llamada Quinta Generación, junto con algunos de sus intérpretes, garantiza el éxito comercial. Ningún riesgo económico, por lo tanto, para los distribuidores (Columbia Tri Star), que pueden darse el lujo de anunciar y exhibir El camino a casa (Wo de fu qin mu qin; China, 2000) junto con los demás productos de Hollywood. Mencionar el Oso de Plata que obtuvo la película en el pasado Festival de Berlín, equivale a hacer hincapié en la difusión internacional y en la enorme vitalidad de esta cinematografía.
Filmada en Cinemascope, El camino a casa es una simple historia de amor integrada a una visión idílica del paisaje de la China rural. Luo hijo (Sun Honglei), quizá un alto funcionario de Pekín, llega a su pueblo para asistir al funeral de su padre; la anciana madre Zhao Di se obstina en que el ataúd de su esposo sea llevado en hombros hasta el viejo pozo de la región. Solicitud complicada e impráctica. Luo contempla un retrato de sus padres cuando jóvenes y nos cuenta su historia de amor, la de una campesina (Zhan Ziyi) con un maestro rural. Comprenderemos por qué es tan importante para Zhao Di realizar el funeral de acuerdo con la tradición de la región para que su marido no olvide el camino de regreso a casa.
Zhan Yimou encuadra el relato en dos momentos del presente, fotografiados por Hou Yong en negro y blanco, de un paisaje desolado y clima invernal. El pasado se muestra en colores orquestados en la espléndida sinfonía del otoño. El rojo, su color favorito, y aquí inequívocamente el emblema de la pasión, es el motivo que se de-sarrolla en toda su gama; emociones y colores se asocian de tal manera que cuando regresamos al granoso negro y blanco, sentimos el rojo cuando vemos la tela que confecciona la vieja Zhao Di. El amor y la fidelidad de ésta, que sobreviven al tiempo, a la política y a la muerte, coloran la imagen como cuando la joven, que espera ansiosamente el regreso del maestro rural, llega a la escuela abandonada en pleno invierno y la adorna animándola con luz y calor.
A los jóvenes cineastas chinos de la siguiente generación, como Zhan Yuan (17 años y de quien ya comentamos en este espacio), más preocupados por mostrar la violencia de la actual realidad urbana, El camino a casa puede parecerles el colmo de una visión romántica de la vida rural. Cierto, para nosotros es más fácil dejarnos llevar por la visión idílica de este paraje del pasado donde todos los habitantes son nobles y respetuosos, pero Zhan Yimou representa el modelo de un artista que aprendió a combatir la intolerancia con la belleza, a insinuar lo peor sin declararlo. El camino a casa es un ataque radical contra el aparato de la Revolución Cultural que se empeñó en despojar al país de su legado cultural.
“Hay que aprender del pasado y las tradiciones”, reza una de las máximas del maestro rural a sus alumnos. En un cierto nivel, tradición y amor son sinónimos en esta cinta; la autoridad institucional castiga con dos años de separación a los enamorados por haberse atrevido a desobedecer.
Cada gesto del personaje de la bellísima Zhang Ziyi, en quien el realizador encontró a una nueva Gong Li, desprende una carga de erotismo codificado para el ser amado; la tradición se torna fuerza combativa frente al autoritarismo. Cocinar, tejer y enterrar a los muertos a la vieja usanza representan aquí no una necedad folclórica, sino el lenguaje espiritual de un pueblo. La vasija, bella pieza de porcelana que Zhao Di rompe, es una fácil pero eficaz metáfora de un corazón roto; el minucioso y costoso arreglo del artesano, la fe y la esperanza del cineasta en el legado cultural de la China ancestral; aquello que los años de exilio en el campo le permitieron comprender. La tumba del padre junto al antiguo pozo que ya nadie utiliza.








