En 1993, Samuel Ruiz hizo esfuerzos desesperados para detener la rebelión zapatista

Con motivo de la segunda edición de su libro La rebelión de las Cañadas, Carlos Tello le hizo correcciones y le agregó nuevas partes, entre ellas la que cuenta los enfrentamientos entre el EZLN y el obispo Samuel Ruiz. A continuación se reproduce un fragmento de ese capítulo.

La Autodefensa

Los guerrilleros estaban inmersos en sus actividades en medio del revuelo que provocaron en el país las elecciones del verano de 1988. Su resultado, manipulado por el gobierno, igual que siempre, era para ellos una prueba más de que nada haría cambiar al régimen del PRI, salvo el uso de la fuerza. Ignoraban aún que su secuela tendría consecuencias muy graves en la Selva. Carlos Salinas y Cuauhtémoc Cárdenas acababan de disputar unas semanas antes la Presidencia de la República. Las movilizaciones de los cardenistas, por esos días, tenían cimbrados a todos los estados del país, entre los que destacaba Chiapas. Los resultados obtenidos por el ingeniero Cárdenas -tan altos, a pesar del fraude que sufrió- entusiasmaron a muchos de los miembros del grupo Slop. Javier Vargas, su mentor, tenía de hecho relaciones de amistad con personas cercanas al ingeniero, algunas de las cuales llegaron por esas fechas a trabajar con él a Chiapas. El apoyo que le dio Slop a la lucha de los cardenistas -tan ajena a la de los zapatistas- generó divisiones muy profundas entre los índígenas de las Cañadas. Una de sus víctimas fue, sin duda, Santiago Lorenzo, entonces coordinador de proyectos especiales de la ARIC. Santiago, vale decir, tenía fama de ser muy intrigante. En aquél otoño voló con un grupo de compañeros al ejido Las Tazas, en Avellanal, para visitar uno de los talleres que mantenía, en esa región, la diócesis de San Cristóbal. Era una zapatería que, según Santiago, financiaba la embajada de Canadá. En Las Tazas fue recibido por los miembros de Slop que militaban a favor del ingeniero Cárdenas. Estaban instalados en aquel ejido, donde trabajaban con los campesinos de la zona en proyectos de desarrollo. En una reunión que tuvieron con ellos hicieron críticas muy duras al subcomadante Marcos, a quien acusaron de querer imponer sus ideas a los indígenas de las Cañadas. La noticia de la reunión corrió de boca en boca por todas las comunidades de los alrededores. A partir de entonces, Santiago fue tachado de traidor por fomentar, con esos cardenistas, divisiones en el seno del EZLN.
Unos días más tarde tuvo lugar una reunión de zapatistas en Ibarra. Los insurgentes estaban a punto de terminar allí, al lado de la pista del ejido, una clínica muy grande, equipada con dormitorios, letrinas y comedores, y provista con una bodega llena de medicamentos. Santiago llegó con quien había ya sido -y sería nuevo- presidente de la ARIC, Francisco López, militante del EZLN con el nombre de Castelán. Marcos y Daniel los recibieron en Ibarra. Ambos eran altos, corpulentos, y barbudos. Santiago los saludó con la izquierda, en posición de firmes, pero no puedo bajar la mano de la ceja porque no le contestaron el saludo. Los subcomandantes estaban al lado de Mónica, una mestiza de Sabanilla, gorda y simpática, que trabajaba para los servicios de sanidad en Ibarra.
-Pa que veas, Mónica -le comentó Daniel-. Aquí viene lo mejor… y viene la pura mierda.
Santiago Lorenzo tomó la decisión de salir del EZLN luego de terminar la reunión en Ibarra. Así lo revelaría más tarde, sin ambages. “Le dije al compañero Pancho López que, a partir de ahí, yo no”. Su decisión, al margen del resentimiento, era también producto de la reflexión. Tenía dudas sobre la viabilidad de la violencia. “En mi persona empecé a recibir otra orientación, que no es por ahí”. Así las cosas, él sería -junto con Ramiro, como llamaban a Flaviano Alonso- uno de los primeros en dejar el EZLN. Ellos dos, incluso, encabezarían después una fracción de Slop que pretendió recurrir a las armas para defender a sus comunidades del acoso de las FLN. Lo llamaron la Autodefensa. Tenía su campamento en los alrededores de Las Tazas, el poblado de Flaviano. Eran alrededor de 60 combatientes, vestidos de café, con grados, casi todos exzapatistas. Flaviano, su promotor, había sido insurgente del EZLN. Sin ser catequista -era más bien tecatista, decían sus compañeros-, realizaba funciones muy importantes en el ámbito de Slop, al igual que el resto de los cuadros de la Autodefensa. Para financiar las actividades del grupo desvió por esas fechas, en su calidad de tesorero del proyecto, un crédito de Banrural que tenía como propósito fomentar la cría de becerros en Las Tazas. Eran alrededor de 20 millones de pesos. En la frontera con Guatemala, secundado por unos compañeros, adquirió con ese dinero rifles 22 y carabinas M-1. Hizo después otro viaje para comprar escopetas de repetición manual cerca de Belice, pero regresó con las manos vacías (todas las armas -inventó- habían sido confiscadas en un retén por el Ejército). Con las pocas que tenían -quizá una docena- realizaban sus entrenamientos los miembros de la Autodefensa. Los apoyaba, con discreción, Javier Vargas, secundado por los cardenistas que trabajaban con él en Las Tazas. Eran dos, llegados a finales de 1988, con el compromiso de participar en las reuniones de Slop. Los indígenas sólo los conocían por sus nombres de pila: Martín y Hugo. Eran también sus nombres de verdad. Ambos trabajaban en Enlace, la asociación de Vargas. Uno de los dos, Martín, el más activo, llegaría después a ser diputado por el PRD.
La ruptura del grupo Slop con el EZLN contaba por supuesto con la bendición del obispo de la diócesis de San Cristóbal. Fue para los zapatistas una ruptura muy costosa. Ella significó que muchos de sus cuadros
-los más cercanos a Slop- abandonaran las filas de la guerrilla, entre ellos algunos de sus oficiales, como el capitán Ramón. Significó también que sus bases de apoyo, entre los campesinos, renunciaran a sostener las actividades del movimiento, sobre todo en la región de Avellanal. “Pueblos enteros se nos salían” recuerdan las zapatistas. “No’mbre se nos armó un desmadre”. El EZLN, en efecto, sufrió por esos días una crisis muy profunda. Fuera de Chiapas, para colmo, los trabajadores que militaban en las FLN comenzaron a dejar el movimiento, encabezados por Panchón, el representante de los obreros en el Buró Político. Su defección fue un golpe para el subcomandante Marcos, que los conocía desde los años en que tuvo bajo su responsabilidad la red de Monterrey. Lo más grave, sin embargo, no era la salida de los obreros; era la desbandada de los campesinos. Los indígenas de las Cañadas recuerdan todavía la reacción de Marcos al embate de la Iglesia: se le crispaban las barbas de la ira contra don Samuel. Por medio de la gente de su confianza, apenas repuesto de la sorpresa, pudo conocer en detalle las orientaciones que recibían los catequistas en las reuniones organizadas por los líderes de Slop. Los guerrilleros -les explicaban en esas reuniones- eran caxlanes. Querían mandar a los indios, a quienes jamás iban a dejar llegar a su nivel. Y querían empezar una guerra, pero ése ya no era el camino; ahora había que defender la paz en las comunidades, apoyar la causa de los cardenistas en el resto del país. Con esas orientaciones, los líderes de Slop dirigían también el trabajo de la Autodefensa. Sus miembros estaban casi todos concentrados en Las Tazas. Allí permanecían armados en los meses por venir, acosados por las tropas del EZLN.
El subcomandante Marcos, al llegar a sus oídos la noticia, exigió tener una reunión al más alto nivel con la diócesis de San Cristóbal. Fue necesario, para ello, recurrir a Rodrigo. Nada más él podía suavizar las asperezas en el trato de los sacerdotes con los guerrilleros. Las relaciones entre ambos atravesaban entonces por momentos muy difíciles. Los agentes de pastoral encargados de las Cañadas sentían que los cuadros del EZLN estaban ya fuera del control que ejercían en la zona por medio de Slop. En el pasado, en efecto, habían pactado con ellos con el ánimo de promover la defensa de las comunidades. Ahora veían, sin embargo, que despreciaban la idea de la autodefensa. “¡Esto es una revolución!”, gritaba Marcos. El grupo Slop, entonces, reforzó sus actividades en la clandestinidad -en el más absoluto secreto- para limitar la influencia del EZLN. En este contexto de recelo tuvieron lugar, en Tuxtla, las reuniones entre las FLN y la diócesis de San Cristóbal. Por el lado de la diócesis participaron, al parecer, Gonzálo Ituarte y Pablo Iribarren, así como también Javier Vargas. Por el lado de las FLN, a su vez acudió nada más el comandante Rodrigo. El jefe del estado mayor del EZLN pidió a los sacerdotes aclarar su postura respecto de la Autodefensa. La presencia de un grupo como ése, armado y clandestino, contrario al de los zapatistas, era, desde luego, inaceptable. Más adelante, en otra reunión, asistió también junto con Rodrigo el subcomandante Marcos. La reunión tuvo lugar en Ocosingo, en casa de Lázaro Hernández. Participaron en ella Santiago Lorenzo y Francisco Gómez, representantes de los indígenas de las Cañadas. Entonces las cosas estaban ya más claras. Los miembros de Slop aceptaron el imperativo de terminar con la Autodefensa. Por su parte, los mandos del EZLN prometieron no tomar represalias contra las comunidades que la sostuvieron en la Selva. El campamento de Flaviano fue desmantelado, sus hombres fueron desarmados, pero los zapatistas, a pesar de los acuerdos, adoptaron medidas sumamente drásticas contra todos aquellos que siguieron las orientaciones de Slop. La semilla de la discordia, ya sembrada, daría con el tiempo resultados muy funestos.

La ofensiva de la Iglesia

Las comunidades que respaldaban al EZLN estaban todas ubicadas en el territorio de la diócesis de San Cristóbal. Eran todas, además, comunidades muy católicas. Su militancia en la guerra significaba, por ello, un desafío a la autoridad de Samuel Ruiz. A mediados de los ochenta, don Samuel había colaborado por un tiempo con los cuadros de las FLN. Los agentes de pastoral que trabajaban con él, en efecto, orientaban a los catequistas para que secundaran a los guerrilleros en el seno de sus comunidades. Utilizaban con ese fin una serie de pasajes extraídos de la Biblia, en especial los libros del Exodo y del Apocalipsis. Por esos días, es cierto, la guerrilla -escondida, desarmada- existía nada más en los planes de sus comandantes. El impacto que tuvo sobre las comunidades, aun así, fue muy profundo.
Los indígenas, al entrar en relación con ella, asumían una vida clandestina, recibían entrenamiento militar, dedicaban a sus arcas una parte de su producción. Monseñor Ruiz rompió con los zapatistas a finales de los ochenta, cuando formaban ya, sin duda, una guerrilla de verdad. En un principio los combatió para recuperar el control en la región; después, también, con el propósito de prevenir una tragedia. No todos sus colaboradores, sin embargo, estuvieron de acuerdo con el rompimiento. Muchos conservaron sus lazos con los rebeldes. “En la diócesis hay gente comprometida en la cuestión política”, deploraba don Samuel, “y eso es algo que yo no puedo aceptar”. Sus tensiones con el EZLN acentuadas con el paso de los años, estallaron por fin al inicio de 1993, luego de conocer el resultado de la votación en Prado. El obispo, entonces apoyado por sus hombres de confianza, empeñó todo su prestigio, toda su capacidad de persuasión, en un intento desesperado por evitar la guerra.
Los colaboradores de monseñor Ruiz concentraron sus esfuerzos en la zona donde el EZLN tenía su mayor fuerza: las Cañadas de la Selva. Entre las más zapatistas estaban Avellanal, Amador y Patihuitz, entre las menos, a su vez, Agua Azul y San Quintín, todas ellas bajo la jurisdicción de la parroquia de Ocosingo (…)
En la primavera de 1993, la diócesis redobló sus acciones para combatir al EZLN en las Cañadas. Fueron implacables. El mismo don Samuel llegaba con otros sacerdotes a los poblados de la región a pedir a la gente que le dejara de dar de comer a la guerrilla. Así sucedió, por ejemplo, en un encuentro que tuvo lugar en Laguna Santa Elena, un ejido muy golpeado por las divisiones entre la ARIC y el EZLN. Los indígenas presentes aquella vez recuerdan todavía la severidad de sus palabras. “Allí es donde dijo: Una organización que busca unidad, que busca el desarrollo de las comunidades, bendita organización. Es lo que nunca se me va a olvidar que dijo: Bendita organización. Pero una organización que busca problemas, enfrentamientos entre hermanos, entre campesinos, maldita organización. Maldita”.